El Ciervo

Cómo debe ser la laicidad bien entendida (II)

07.10.09 | 11:19. Archivado en Iglesia

El derecho a la crítica recíproca
Pere Lluís Font
Teólogo

Teniendo en cuenta que, en los países de nuestro entorno, el régimen político-religioso de laicidad sustituye al de cristiandad, si se me pide que reduzca a tres las características indispensables de aquél, más allá de los diversos modelos y de la solución de diversas cuestiones concretas destacaría las siguientes:
a) La separación entre Iglesia y Estado (o entre religión y política), que supone la neutralidad religiosa de las administraciones públicas (ni confesionales ni laicistas) y la no intromisión entre política y religión, pero que no excluye necesariamente ni el reconocimiento del peso social y cultural de la religión ni la eventual colaboración entre administraciones públicas e instituciones religiosas.

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Cómo debe ser la laicidad bien entendida (I)

07.10.09 | 11:19. Archivado en Iglesia

Los tres jalones de una laicidad inteligente
Alfredo Tamayo Ayestarán
Doctor en filosofía y teología

1. Es importante ante todo saber distinguir entre laicidad y laicismo. Laicidad remite al carácter de justa autonomía, al derecho a regirse por leyes propias de cualquier quehacer humano que no tenga que ver directamente con lo religioso, se trate de la actividad científica, técnica, económica, literaria, artística, filosófica, jurídica o política. La laicidad conlleva una actitud de neutralidad frente a lo religioso, al contrario del laicismo, que implica una postura beligerante, de exclusión, de revanchismo histórico frente al fenómeno religioso.

2. Desde una apuesta decidida por la laicidad me parece importante adoptar una actitud crítica frente al talante de nostalgia histórica del que es portadora una buena parte de nuestra Iglesia, nostalgia de un pasado nacionalcatólico, de un Estado a su servicio. No es de recibo tampoco una reivindicación de omnisapiencia en el terreno de lo moral y del derecho natural cuando se presentan problemas éticos inéditos y en extremo difíciles y frente a los cuales el Concilio Vaticano II aconsejaba modestia y diálogo con instancias seculares (Gaudium et Spes, 33). Al margen de esto no creo que sea el laicismo como tal el gran enemigo de la fe hoy. Yo lo veo más bien en la indiferencia de las masas frente a Dios, en la carencia de valores y referentes éticos, en la inmersión en la vulgaridad y la chabacanería, en la conversión en mercancía de la vida.

3. Por fin, creo importante recordar a nuestros laicistas alejados de una laicidad inteligente que tampoco ellos tienen el monopolio de la racionalidad y de la verdad. Además no deben olvidar que vivimos en un país de dos mil años de fe cristiana que ha conformado, nos guste o no, nuestra historia y cultura. Y que la fe católica no reviste tan sólo formas de poder sino también de profunda mística, de organizaciones de atención a los necesitados, que atiende y acoge a aquellos de los que nadie quiere saber nada, incluido el mismo Estado.

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La penitencia de confesar

07.10.09 | 11:18. Archivado en Vida cotidiana, Iglesia


Joaquim Gomis
Un pecado cometí en este “Diario” del pasado junio donde recordaba mis inicios como cura de pueblo: me comprometí a contar algo sobre mi tarea de confesor. Pecado porque después de tantos años ejerciendo de escribidor ya debería saber que nunca debe uno comprometerse a hablar de eso o aquello. Porque pasas semanas pensando qué dirás y al llegar el momento de escribirlo ya te aburre el tema, te falta la chispa divertida de la improvisación. Pero lo prometido es deuda, dicen, y aquí me tienen cumpliendo mi penitencia.

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