El Ciervo

La tercera encíclica

25.09.09 | 13:26. Archivado en Espiritualidad, Iglesia
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La tercera encíclica, como las anteriores de Benedicto XVI, cuesta de leer. Y, por ello, plantea el interrogante sobre la utilidad de las encíclicas papales incluso para los miembros de la Iglesia. Aunque se agradezca la buena voluntad del Papa al escribir sobre el problema actual de la humanidad, una crisis económica que no es sólo un fenómeno de hoy sino que es un reflejo de hondas heridas en la estructuración de la sociedad, del mundo, que exigen respuestas no coyunturales sino un hondo replanteamiento de toda la organización social, económica, política.
Caritas in veritate ha sido quizá la encíclica más esperada del papa Ratzinger y también la que más se ha hecho esperar. El resultado se resiente de esta larga elaboración. Porque es una mezcla de lo característico del esfuerzo de reflexión teológica de Benedicto XVI –quizá se le podrá definir como el papa teólogo– con todo lo que en los últimos meses de elaboración del texto, sus asesores, más técnicos en los ámbitos económicos, han ido añadiendo para dar respuesta a los problemas más actuales. El lector se pierde entre una y otra línea, lamenta que un último redactor no haya utilizado las tijeras para evitar repeticiones y el buen sentido para dar mejor coherencia a todo el texto. No ha sido así y por ello tanto esfuerzo de redacción queda en buena parte perdido por el exceso de ambición de hablar de todo. Sepultando en este todo, la intuición inicial, básica, de Benedicto XVI. Una intuición muy propia de su visión teológica, tampoco fácil de comprender, que resume el título de la encíclica: la respuesta a los problemas sociales de la humanidad sólo puede venir del amor –de la caritas– que actúe no por sentimentalismos o ideologías de dudosa calidad sino con fidelidad a la veritas, es decir, a la realidad honda del ser humano que el creyente halla en la fe.
Este planteamiento intenta concretarse en un extenso elenco de propuestas socioeconómicas. La sorpresa es que Benedicto XVI se inspire para bastantes de ellas en la casi olvidada encíclica de Pablo VI Populorum progressio, la más radical del papa Montini, aquella que el portavoz del poder económico, el Wall Street Journal, definió como “un refrito de marxismo”. Nos hallamos, pues, ante una visión más exigente de la denominada Doctrina Social de la Iglesia. Aunque, todo hay que decirlo, los redactores usen a menudo aquel estilo eclesiástico que se pierde en los meandros del “sí, pero” o del “no, pero”. Falta fuerza profética, la lectura se hace enojosa y quizá el lector se pregunte para qué sirven encíclicas que pocos leen y pronto olvidan.


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