
Josep Maria Margenat
Profesor de filosofía social ETEA
El catolicismo es “todo un mundo” y, ciertamente, lo es este cuarto
bloque mayoritario, que llamé el pasado mes catolicismo “popularista”.
El catolicismo popularista representa una importante mayoría de las
élites católicas, y una parte no despreciable de las bases
parroquiales y de las instituciones más prestigiadas de la Iglesia
(Cáritas, Manos Unidas, HOAC). No creo equivocarme si digo que el
mundo que circula en torno a las órdenes religiosas alimenta este
popularismo, que nada tiene ni de populismo, ni hace referencia a
ningún partido político. Es popularismo más bien en su sentido
italiano: se refiere a ese tercer polo “popular”, ni liberal ni
socialista en sus orígenes, articulado en torno a instituciones de
fundación o de inspiración católicas: medios de comunicación,
escuelas, colegios y universidades, scouts, voluntariados, ong,
asociaciones profesionales y servicios sociales, así como al rico y
variado mundo de muchas parroquias.
Este catolicismo, por lo general democrático y sobre todo social,
tiene buenas relaciones con la sociedad. Al no haber en España una
democracia cristiana como en Alemania, o las dos posibilidades que
existen en Italia, la genuina de izquierda en los Demócratas (la
Margherita) y la reactiva del Popolo della Libertà, sospecho que en
este grupo el voto anda dividido: la mayoría se inclina por votar al
PSOE o al PP. Este dato es muy importante y no lo deben olvidar los
sucesivos gobiernos. Vimos lo que pasó con la guerra de Iraq, veremos
lo que pasa con la ley del aborto. Algunos siguen votando a IU, aunque
muchos menos que la época dorada en que el mundo católico tenía
fuertes conexiones con la izquierda más popular y cercana a los
pobres. Ésta casi no existe, pero los católicos siguen ahí. El
catolicismo popularista es el más plural, quizá el único
auténticamente plural porque en él coexisten y conviven tendencias
políticas y eclesiales de todo tipo, a diferencia de aquellos otros
catolicismos “político” y “nacional”, ambos encuadrados en las
posiciones más conservadoras, o el llamado “catolicismo republicano”,
que probablemente vota unánimemente por el centroizquierda. ¿Qué
ocurre con los dos catolicismos nacionales más diferenciados: el vasco
y el catalán? Ciertamente en Cataluña y en Euskadi hay fuertes
mayorías de este mundo que votan CiU y PNV: es comprensible que así sea.
En cierta manera se superpone el catolicismo “popularista” a ese
sector mayoritario de nuestra Iglesia que vivió el Concilio, o fue
formado en su estela, creyó en un cambio de perspectiva a favor del
diálogo social, de la aceptación de las mediaciones seculares como
lugar de evangelización y de un cristianismo abierto. Es un
catolicismo popular, aunque prefiero llamarlo popularista, defensor de
un humanismo integral y solidario, no necesariamente progresista pero
mucho menos conservador.
Este catolicismo tiene base y realizaciones orgánicas, aunque carece
de proyecto y liderazgo. Más o menos la mitad de la jerarquía viene a
encontrarse ahí y, aunque desde la época de Tarancón ha ido perdiendo
peso, resiste aceptablemente bien el paso del tiempo. Las más
recientes elecciones de la conferencia episcopal han mostrado que este
sector, frente a los otros dos, no logra ejercer el liderazgo: sólo la
alianza ocasional e inestable de la mayoría de prelados vascos y
catalanes con un sector de andaluces y pocos más permitió un
paréntesis en la larga, aunque exigua en votos, gobernación episcopal
conservadora.
Habrá que estar atentos para ver si Roma sigue manteniendo apoyo a las
dos estrategias descritas en primer lugar, o prefiere ir apostando por
un talante más moderado y de largo alcance para un proyecto que es
necesario; habrá que estar atento a los recientes y próximos
nombramientos de algunos arzobispados periféricos, pues podría darse
una sustitución del poderoso eje Santiago-Madrid-Valencia que domina
la estrategia institucional desde hace más de veinticinco años.
En los años 30 este “popularismo” era muy minoritario y hoy es
mayoritario, mucho más en las bases, aunque también en los aparatos de
poder. Este catolicismo “popularista” y conciliar ha realizado dos
lecciones: ha captado la profunda descristianización social de las
Españas en los años 30 y desconfía radicalmente de cualquier intento
de hacer avanzar la recristianización social (que es lo que pretende)
con la ayuda de cualquier poder, por eso siente alergia a la fábula
nacionalcatólica o al agresivo catolicismo político. El catolicismo
“popularista” vivió un profundo encuentro con el mundo social, popular
y, más tarde, universitario y democrático, que ya no tiene vuelta
atrás. Los hijos de los vencedores, a medidos de los años 50,
elaboraron la primera “memoria histórica” crítica, rechazando la
visión triunfalista y profundamente falsa de la generación de sus
padres, y permitieron el mayor avance social que ha conocido España en
su contemporaneidad. Pero a este catolicismo popularista,
esencialmente pluralista y medularmente conciliar, le sigue faltando
un proyecto, un proyecto cultural. Habrá que seguir reflexionando.
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Frente a la liturgia, su opuesto: el samaritano. Es todo lo que hay que saber de religión. Me lo enseñaron Foucauld y Juan 23. Cuestión de credibilidad. Porque la iglesia es radicalmente injusta. Pocos católicos son coherentes con el evangelio.
Nunca había leído teología, salvo que me encuentro en el tren la revista Encrucillada de marzo-abril. Con un escrito de Torres Queiruga sobre Ramón Piñeiro, del que entresaco sin rigor y sin pudor:
"Una iglesia que en lugar de facilitar el acceso a la fe se convirtió en un obstáculo. Ni trabajó por el perdón y la reconciliación ni supo ser gallega". Y habla en extenso del cardenal Quiroga y el prestigio social.
"Mons. Peteiro, siendo arzobispo de Tanger, contaba con noble orgullo como, después de llevar en su coche en amigable conversa a un viejecito musulmán, este se despidió diciéndole: Veo que usted es un buen musulmán".
Miércoles, 15 de febrero
Salvador García Bardón
Pedro Tarquis
Carmen Guaita
Josemari Lorenzo Amelibia
Desiderio Parrilla Martínez
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Francisco Margallo
Antonio Aradillas