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Cura de pueblo

Permalink 10.06.09 @ 09:05:41. Archivado en Sobre los autores, Espiritualidad, Iglesia

Joaquim Gomis
Escritor
El destino te llegaba en un pequeño sobre azul. Se suponía que era el
obispo quien decidía el destino, pero en aquellos tiempos, por lo
menos en una diócesis como Barcelona, con el pastor episcopal no había
relación personal. Yo no hablé con él hasta que el Santo Oficio se
enfadó conmigo (por eso a él le molestó que desde la sagrada
congregación se interesaran por un cura suyo que él ni conocía). De
hecho era la burocracia del obispado quien repartía el personal
disponible, sobre todo los curas aún jóvenes, entre las diversas
plazas a cubrir, sin excesiva atención ni a las características de
este personal ni a las necesidades del lugar vacante. Cuando unos años
después llegó la oleada de secularizaciones, entre las diversas
explicaciones que se propusieron, se olvidó esta: la mayoría de estos
curas nunca se habían sentido personalmente tratados por la autoridad
eclesiástica. Eran “números” de una organización a quien bastaba
enviar un pequeño sobre azul.
Mi sobre me llegó el verano de 1959, si no recuerdo mal, cuando un
servidor tenía 28 años. Lo abrí y leí que me tocaba como coadjutor
(vicari decimos en catalán) el pueblo de Sant Just Desvern del que
nunca había oido hablar. Aquella misma noche me llamó el párroco para
pedirme que fuera lo más pronto posible porque era la fiesta mayor. La
fiesta mayor, como tantas otras cosas, pertenecía a un mundo que nunca
había vivido, que fui descubriendo durante los ocho años que allí
intenté ejercer el servicio que el sobrecito indicaba, sin saber con
certeza si conseguía encarnarme en la vida de pueblo y dejar de ser
hombre de ciudad. Ahora, tantos años después, secularizado y casado,
vuelvo a vivir en el mismo pueblo, lo quiero y pienso que muchos me
aprecian, pero sigo sin saber si realmente soy del pueblo o un
trasplantado.
Entonces, cuando llegué a Sant Just Desvern, pueblo cercano a
Barcelona, la población era de unos seis mil habitantes, de los cuales
cerca de la mitad eran andaluces y extremeños de reciente inmigración.
Mi mejor herencia de aquellos años es tener amigos y amigas de una y
otra procedencia. Con todo, como pronto constaté, una cosa era el
mundo del pueblo y otra el de la parroquia. Y a un servidor, como
vicario, le habían designado un lugar, que no era tanto el pueblo como
la parroquia. Nunca me resigné a ello y por ello pienso que de algún
modo me quedé sin ser ni de unos ni de otros. De amigos sí, bien
queridos, pero no de ningún de aquellos pequeños mundos que –para mi
sorpresa como hombre de ciudad– formaban no sin conflictos el tejido
del pueblo.
Pero volvamos a mi llegada al pueblo, a la parroquia. Hubo una primera
decepción que de algún modo marcó mi posterior estancia.
La tradición allí era que el vicario fuera un buen cantor, capaz de
dirigir el coro infantil de la escuela parroquial. En seguida se
constató que yo estaba absolutamente negado para tal tarea. Y algunos
parroquianos se preguntaron: ¿qué haremos con un vicario que no sabe
cantar?
Ya que no sabía cantar, el párroco me adjudicó dar clases en la
escuela parroquial. Así aprendí latín: aunque lo había estudiado diez
años entre el bachillerato de entonces y el seminario, nada se aprende
mejor que enseñándolo aunque fuera a una docena de adolescentes. Y
escribí para uso de mis alumnos una libreta sobre la historia del
cristianismo porque el libro de texto oficial me pareció tan horrible
que me negué a utilizarlo. Afortunadamente el párroco me colocó como
profesor de religión, latín y no recuerdo de qué más, en la sección de
la escuela dedicada a unos treinta alumnos, chicos y chicas, que
estudiaban los cuatro primeros cursos del bachillerato de aquellos
tiempos, sección comandada por un excelente profesor, Paco Soria,
quien quizá con la ayuda de una botella de ginebra medio escondida en
un armario, conseguía motivar a los alumnos, dar alegría y cariño, sin
distinciones entre los que pertenecían a los sectores pudientes o
trabajadores del pueblo y quienes eran hijos de inmigrantes. Allí pasé
los ratos mejores e hice amigos que aún conservo. Quizá de esta
experiencia nació una característica personal: me es más fácil forjar
amistad con los más jóvenes que con el personal de mi edad.
El párroco tenía dos características, una positiva y la otra negativa.
La primera, que era muy trabajador (“hay que estar siempre al pie del
cañón”). La segunda, que era radicalmente autoritario y por ello
absolutamente convencido de tener la razón. Mi suerte fue que gracias
a una buena idea de un antecesor suyo, vivíamos separados y ello
favorecía mi independencia. El vicario vivía en una vivienda que era
poco más que un cuchitril, pero bien cuidado por una viuda murciana
que vendía bacalao en el mercado y cuya ambición era engordar a los
sucesivos jóvenes curas que pasaban por allí. Con el párroco
discrepábamos, y lo sabíamos, pero desde el inicio se estableció como
mal menor un régimen de tolerancia mutua, de no intervención en los
respectivos campos. Como anécdota recuerdo que sólo al final, cuando a
él le trasladaron, además de proponerme paradójicamente –pienso que
por influencia de una maestra que era su mano derecha– que fuera su
sucesor, al decirle yo que mi fama en parte del pueblo era dudosa,
vino a decirme que con razón, ya que recibía en mi casa a chicos y
chicas a altas horas de la noche o ponía discos a excesivo volumen
(los discos, todo hay que decirlo, eran de Raimon o de mi favorita de
entonces, Rita Pavone).
Los campos, como decía, estaban relativamente separados. Él se había
reservado la gente más adicta a la parroquia y la de más categoría en
el pueblo. A mí me tocaba los más jóvenes y los inmigrados. Es decir,
estuve de suerte. Aunque el talante de toda la acción pastoral era
preconciliar, ya que en el preconcilio estábamos. Pero de ello, por
ejemplo de la tarea de confesar, quizá hable otro día.

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