¿Y si el Vaticano no existiera? (5)
25.05.09 @ 09:57:11. Archivado en Espiritualidad, Iglesia

José Ignacio González Faus
Teólogo Jesuita
1.El Vaticano como Estado. Yo no soy enemigo de que exista. Pienso que sería peor si una figura como el Papa fuera ciudadano de otro estado poderoso: su falta de libertad sería clara. Pedro estuvo muy bien en Roma mientras era un pescador desconocido. Pero luego, la presencia de una figura como el Papa en plena capital del imperio, fue un factor negativo de eso que llamamos “constantinismo”. Y, tras la caída del imperio romano, algo parecido (o mayor) ocurrió en Oriente entre el emperador y el patriarca de Constantinopla.
Pero una cosa es el Estado vaticano y otra cosa que el jefe de ese Estado sea el sucesor de Pedro. Esto me parece profundamente antievangélico, antipetrino e infiel al espíritu de Jesús. Ya sé que se trata de un Estado muy pequeño y ridículo. Pero el problema no es el tamaño sino la condición y el status: el sucesor de Pedro pertenece a club de los poderosos de la tierra. Esto le obliga a tratar “con los suyos”. Y si Jesús daba como señal de su misión que “se anuncia la buena noticia a los pobres”, la señal del Papa parece ser que anuncia el evangelio a los ricos.
2. El Vaticano como institución. Creo sinceramente que la Iglesia no tendrá solución mientras no se lleve a cabo la profunda reforma de la curia romana que reclamó el Vaticano II. La curia no fue fundada por Cristo. El legado de Jesucristo es sólo el colegio apostólico con su cabeza. Y el cuerpo administrativo que toda institución necesita, debería estar al servicio de ese colegio apostólico con su cabeza, en lugar de ser una cuña que se interpone entre la cabeza y el resto del colegio. Un requisito indispensable para ello es que los miembros de la curia acepten su condición de servidores de los apóstoles sin pretender ser “sucesores” suyos: quiero decir que no sean nombrados obispos, contraviniendo así lo que ordenó el concilio de Calcedonia, de que no hubiera obispos sin diócesis. Esa ordenación ilícita no pretende más que dar a los miembros de la curia un poder sobre el episcopado universal que no deberían tener. Así se interponen entre el colegio apostólico y su cabeza.
Me parece innegable que estas dos cosas son hoy voluntad de Dios para la Iglesia. Me duele ver que esa voluntad no se cumple. Y por eso termino con las palabras del evangelio: “¿Por qué quebrantáis el mandato de Dios acogiéndoos a las tradiciones de vuestros mayores?”.
Rezo para que esto cambie; pero quizás me falta fe.
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