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¿Y si el Vaticano no existiera? (4)

Permalink 21.05.09 @ 09:00:10. Archivado en Espiritualidad, Iglesia


Pedro Miguel Lamet
Jesuita, escritor y periodista

El guardia suizo me miró sorprendido: “No, el Papa ya no vive aquí. Nada más elegido, decidió marcharse al Trastevere. Esto se ha convertido en un museo”. “¿Y los cardenales, las oficinas de la curia, el Estado Vaticano?” –pregunté. “¡Uy, eso lo ha disuelto todo!”
Me apresuré a comprar un periódico para salir de mi ignorancia, pues había estado un mes retirado en un monasterio. Decía: “El nuevo papa Juan Pedro I sorprende al mundo. En un gesto insólito ha declarado: ‘Comprendo que es muy duro para mis electores, el cuerpo diplomático, los nuncios y cuantos ostentaban el poder y la gloria de la vieja Iglesia. Para los dicasterios y sus trabajadores he dispuesto una salida laboral: una comisión que creará una gran ONG, que se volcará en remediar en lo posible el hambre en el mundo. En su beneficio se abrirán los palacios como un gran museo artístico e histórico. La Santa Iglesia arrastra mucho lastre a través del tiempo. He despedido a todos mis policías y guardaespaldas. Viajaré por el mundo predicando la Buena Noticia, nunca con honores de jefe de Estado. En adelante mi única fuerza será la Palabra del Señor. Invito a todos los pastores del mundo que se conviertan a Jesús de Nazaret y se unan a mí. Pedro vuelve a ser Pedro’”.
El periódico italiano añadía que la decisión del Pontífice había causado tal estupor que algunos sectores de la Iglesia amenazaban con un cisma, pues decían que no podría subsistir sin curias, códigos de derecho canónico, tribunales y nunciaturas. A los pocos días decidí visitar al osado Papa. Pregunté por él en el Trastevere. El dueño de una trattoria me dijo: “Vive en ese piso de la esquina. Pero él no está aquí, ¿sabe usted? La gente, los periodistas, no le dejaban en paz y se ha largado. Dicen que anda predicando el Evangelio en un suburbio de Belo Horizonte, en Brasil”.
Regresé a Madrid pensativo. ¿Qué iba a ser de la Iglesia de Dios sin la burocracia del Vaticano, sin la Doctrina de la Fe, el tribunal de la Rota, los guardianes de la ortodoxia? ¿A quién pedirían orientación los obispos? ¿Podrían ahora comulgar los divorciados? ¿Serian ordenadas las mujeres? ¿Qué iba a ser de la Iglesia sin un poderoso jefe que prohibiera puntualmente las relaciones prematrimoniales, el uso del preservativo y la píldora, sin nadie dedicado a excomulgar?
En los telediarios escuché voces discrepantes: “Esto es el caos, se ha cargado veinte siglos de historia. El pastor ha abandonado a sus ovejas. Los hombres de bien hemos de unirnos contra ese hereje que ha roto los diques del dogma, la tradición y la moral. Ahora tendremos que decidir por nosotros mismos”.
A los pocos días un atrevido equipo de informadores, adentrándose en lo más recóndito del Amazonas, logró dar con Juan Pedro I. “Santidad, ¿ignoráis lo que habéis provocado con vuestras decisiones?” El Papa, sentado en una barca predicaba a una tribu indígena. Sonrió y dijo: “Felices los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. Si queréis poder, honores, cambiar las leyes de los Estados, amenazar con condenas de excomunión, no acudáis a mí. El Papa sólo os hablará de amor, de perdón, justicia y misericordia. ¿De qué nos ha servido convertir la Iglesia en un castillo a la defensiva y la palabra en piedra arrojadiza contra la frente de los incrédulos? Convenceos: increyentes, abortistas, homosexuales, miembros de otras religiones o agnósticos sólo encontrarán en mí a un hermano, pues el que esté libre de pecado que lance la primera condena”. Muchos se conmovieron con estas palabras, y no pocos fieles apartados, jóvenes y disidentes regresaron a la comunión eclesial.
A las pocas semanas un comando de sicarios lo ametralló a la salida de un café de San Salvador. Reunido el cónclave, eligió un nuevo papa, “como Dios manda”, que reabrió la curia y los dicasterios. Roma volvió a ser Roma. Pedro dejó de ser Pedro.


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Comentarios:
¿Cómo se llamaba ese tipo que afirmaba que quien no creyera en él se condenaría, que había que comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna, que quien mira con lujuria a una mujer ya cometía adulterio?
Lo tengo en la punta de la lengua. Era un hombre que vestía una túnica inconsútil, que dejó que una mujer le lavara los pies con un perfume carísimo, que acepta a ricos y pobres, que tenía hasta un tesorero y que había mujeres que lo servían con sus bienes.
A ver, si hasta dijo que era Dios y que si la gente decía amarlo debían cumplir sus mandamientos.
Creo que era un tal Jesús de Nazaret.
Enlace permanente Comentario por Librepensador 03.06.09 @ 11:42
Como párrafo para una de las novelas de este autor no estaría mal... solo como eso. Pero de ahi a archivar estos párrafos en "Espiritualidad"
Enlace permanente Comentario por pepe 22.05.09 @ 11:13
No hay mucho que comentar. El artículo es un dechado... pero de buenismo, de ideas "light" que tanto gustan ahora. Si el Papa ha de ser representante de Cristo, lo será en las "maduras"... pero también en las "duras": ofreciendo misericordia, pero también testimonio; siendo humilde con los humildes, pero fuerte ante los fuertes (otra cosa es ver qué entiende la gente por "Fuerza"). Puede que el Papado hoy por hoy muestre aún "el morir de Jesús", pero precisamente por ello se podrá manifestar mejor en esta debilidad "que Él está resucitado" cuando se vea todo el Amor que es capaz de ofrecer (aunque no se vea o se tergiverse). Hoy por hoy, me quedo con lo que hay: humano a la par que divino, divino sin dejar lo humano.
Enlace permanente Comentario por marcos 21.05.09 @ 10:51

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