
Charo Mármol
Directora de "Alandar"
La primera vez que fui al Vaticano recibí tal impresión que me salí escandalizada. Una pregunta me golpeaba: ¿qué tiene que ver este montaje con la Iglesia de Jesús de Nazaret? Después he podido volver en distintas ocasiones, y la pregunta sigue siendo la misma.
Escribo estas líneas estamos en plena Semana Santa, periodo propicio para revivir, orar y meditar en la vida y muerte de Jesús, para reflexionar sobre la resurrección y el encargo que nos dejo. Lo pienso, lo oro, lo medito, y apenas encuentro nada que relacione la vida, muerte y resurrección de Jesús con lo que encuentro en el Vaticano como Estado y en la Iglesia como institución.
Comienzo por echar una primera mirada al Vaticano como Estado. De los 2100 años de vida de la Iglesia sólo 80 son los que tiene reconocimiento como Estado. Un reconocimiento dado por un dictador, Mussolini, que a través de los Pactos de Letrán concedió la creación de este estado a cambio de reconocimientos y favores mutuos.
Un Estado, donde en un momento en el que se lucha por las democracias y los socialismos en todo el mundo, el poder lo detenta un señor al que sólo lo pueden elegir otros señores y no todos sus ciudadanos y ciudadanas, como se hace en una democracia.
Un Estado que participa en las Naciones Unidas, que está presente en muchos de los organismos de la Carta Internacional de Derechos Humanos, que incluyen al Comité de Derechos Humanos (HRC). Pero que no tiene firmado ni ratificado el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, el Segundo Protocolo Facultativo destinado a abolir la pena de muerte, la Convención Internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familiares, la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer.
Un Estado en el que no se respetan los derechos humanos, principalmente los de las mujeres que se ven, nos vemos, relegadas a un segundo plano, de trabajadoras sumisas (al menos eso quisieran) pero relegadas de todo tipo de estructuras de poder y decisión.
Jesús dijo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Sin embargo el Vaticano pretende conjugar los intereses del César con los de Dios y en la mayoría de las ocasiones son opuestos.
Creo que hoy no tiene sentido mantener, con sus numerosas embajadas, un estado que no representa a casi nadie, porque muy pocos son los que han elegido a sus representantes, aunque se empeñen en legislar, no sólo para los católicos sino para toda la humanidad. La Iglesia de Jesús de Nazaret era, fue y tendrá sentido si es de iguales.
Cuando se veta el sacerdocio de la mujer, una de los argumentos que se dan es que Jesús no nombró mujeres entre sus apóstoles. Sirviéndonos de este mismo argumento, Jesús quiso una Iglesia pobre, sin poder, al servicio de los más pobres y excluidos. Repasando entre los elegidos y sobre todo el primero, Pedro, no nos encontramos a ninguno de los instruidos y más ricos de la sociedad ¿Quién era Pedro? Un pescador, un inculto pescador, pobre, como muchos de sus compañeros.
¿Qué pasaría si el Vaticano no existiera? Seguramente seríamos más creíbles cuando hablamos del mensaje de Cristo. Quizás quien lea esto crea que es una quimera pensar que es posible este cambio. Muchas y muchos creemos que es posible otra iglesia, sin el Vaticano e incluso sin clero, como afirma Teresa Cortés en su reciente artículo en Alandar
Hoy más que nunca tiene sentido una iglesia de base, de iguales, sin poderes políticos y económicos, que sepa dialogar con otras religiones en pie de igualdad y no desde el poder y la prepotencia.
Lunes, 13 de febrero
Pedro Tarquis
Mariano Fresnillo Poza
Josemari Lorenzo Amelibia
Juan Fernandez Krohn
Carlos Corral
Vicente Haya
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Isabel Gómez Acebo
Francisco Margallo