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¿Y si el Vaticano no existiera? (2)

Permalink 14.05.09 @ 09:00:18. Archivado en Espiritualidad, Iglesia


Joaquim Gomis
Escritor

El modelo de la Iglesia durante sus primeros mil años de existencia, podría servir para imaginar como podría ser en este tercer milenio. No tenía poder, o por lo menos mucho menor, y parece que le iba bastante mejor. Por ejemplo, los grandes cismas, las grandes rupturas en la comunidad de los seguidores de Jesús, vinieron luego, cuando Roma aumentó y luchó por su poder. Y la imagen actual del Papa, de la curia, incluso del conjunto de la Iglesia, como institución que se entromete en asuntos políticos, que intenta dominar las conciencias, imponer sus creencias en temas morales, va ligada a una estructura de poder que no existió como ahora la consideramos como normal hasta el siglo xvi, es decir, hasta el concilio de Trento.
Mi propuesta es reducir todo este poder. Leo que uno de los primeros sucesores de Pedro como obispo de Roma era un palafrenero. No pretendo tanto, pero es un ejemplo. Leo también que durante siglos el Papa se limitaba a tener un pequeño grupo de consejeros, los después llamados cardenales, que eran simplemente sacerdotes romanos. En ocasiones el obispo de Roma, con sus consejeros, intervino porque así se lo pedían desde diversos lugares de la geografía católica, para resolver conflictos, sobre todo para poner paz. Pero no dominaban, no se autoconstituían en un poder central que ordena y manda, controla y organiza. Todo hay que decirlo: con escaso éxito. Porque probablemente no existe hoy en la Iglesia institución menos querida, menos valorada, que la curia romana. Por qué, pues, no armarse de valor y emprender la tarea de reducirla a lo menos posible. Sobre todo, a suprimir su concepción y práctica de poder central que intenta controlarlo todo en la Iglesia. A sus miembros, como es comprensible, no les haría ninguna gracia. Lo siento porque algunos son buenos amigos, pero así evitaríamos que –salvo excepciones– actuaran consiguiendo más fracasos que éxitos, más antipatías que reconocimientos.
Hay ejemplos reveladores de esta pretensión de poder y control central que ronda lo ridículo. ¿Sabe el lector que no puede aprobarse ninguna traducción de los textos que se utilizan en la liturgia sin la aprobación de la congregación romana que cuida del culto? Aunque se trate de textos en minoritarias lenguas africanas que ningún oficinista de dicha congregación conoce. Las desconoce pero debe aprobarlas –o no– para que los obispos de aquel país puedan publicarlas. Me contaba un buen sacerdote que había trabajado en dicha congregación que en ocasiones se limitaban a contar las palabras de la versión propuesta para constatar si coincidían con las del texto original latino. Es un ejemplo, no el más importante pero revelador, del principio dominante en la curia: ninguna confianza en los obispos del mundo.
No entro en otra desconfianza dominante. La que se refiere a los teólogos. Estos, hay que reconocerlo, han sido y son rigurosamente vigilados, pero gracias al prestigio de algunos de ellos, desde antes del Vaticano II –donde algunos pasaron de la categoría de sospechosos y aun prohibidos, a la de asesores e incluso redactores de algunos de los documentos más importantes que los obispos luego aprobaron con sorprendente mayoría– han conseguido que sus casos sean del dominio público. Sin faltarles al respeto, diría que hoy en la Iglesia suelen ser una categoría respetada, incluso por sus rivales en la curia o en los organismos de las conferencias episcopales. Mucho más, sorprendentemente, que los obispos. Estos, aunque la mayoría de católicos lo ignore, son el mayor objetivo de algunos organismos de la curia romana. Al fin y al cabo, si han llegado a obispo es gracias a la curia, con frecuencia tras un riguroso examen en el cual pesan decisivamente los informes de los infiltrados.
Los infiltrados son otros obispos o sacerdotes, del país o con cargo en Roma, que gozan de la confianza del alto mando. El nombramiento lo firmará el Papa, pero no es él el alto mando (¿cómo va a conocer a todos los obispos que debe nombrar en el mundo?). El alto mando lo forma el tingladito de quienes en cada etapa del gobierno eclesiástico, incluso más allá de quién sea el Papa, piensan que saben cómo debe orientarse la Iglesia y, por tanto, qué obispos deben nombrar o promocionar. Y, luego, controlar. Las luchas entre quienes integran el tingladito o quisieran cambiarlo, son inevitables, aunque suelan llegar a pactos. Desde quienes dominan en la curia romana, luego en cada conferencia episcopal, hasta llegar al nivel de muchas diócesis. Se suelen librar, afortunadamente, muchos obispos del denominado Tercer mundo, que interesa poco en Roma. Pero el control pesa, por ejemplo, en España. Cada obispo lo sabe.
Todo ello debería desaparecer. Bastaría reducir al mínimo el poder de la curia. El jesuita Díez-Alegría, años atrás, con su humor sabio, propuso el remedio: disminuir radicalmente el presupuesto de la curia. Al fin y al cabo, la mayoría de asuntos que asume podrían resolverse desde cada conferencia episcopal o desde cada diócesis. Y así, muy importante, se daría un gran paso hacia la posibilidad de unión entre las diversas Iglesias cristianas. Porque lo que ellas nunca admitirán es que su acercamiento al obispo de Roma implique entrar en este ámbito de dominio de la curia romana. Si en sus Iglesias no existe organismo semejante, ¿por qué admitirlo como poder en una Iglesia reunida?
Como también sería bueno que desapareciera el Estado de la Ciudad del Vaticano. El cardenal Montini, entonces arzobispo de Milán, en vísperas del inicio del concilio Vaticano II, pronunció una sorprendente conferencia ante un muy selecto público, en que proclamó lo sano que había sido para la Iglesia católica ser desposeída de los llamados Estados Pontificios. No había sido, como los anteriores papas habían repetido, una “usurpación” sino un “alivio” el quedarse sin poder temporal. Ahora cabría dar un paso más. Ochenta años después de los pactos lateranenses entre la Iglesia y el Estado italiano que constituyeron el Estado vaticano, este podría dejar de ser tal. Es decir, que el Papa dejara de ser un jefe de Estado, aunque se trate de un miniestado como es el Vaticano. Para que quedara mucho más claro que el sucesor de Pedro es simplemente un servicio espiritual, sin ninguna implicación política. Que, por ejemplo, los nuncios, si deben continuar existiendo, no sean embajadores de un poder político ante las autoridades de cada nación sino simples coordinadores de la relación de cada iglesia local con el Papa. Y lo que hoy es Estado del Vaticano quedara como una amplia autonomía, con libertad pero sin poder, dentro del Estado italiano. Así se acabaría, entre otras cosas, con toda la tediosa literatura sobre la riqueza del Vaticano. Y cuando el Papa viajara a cualquier país, sería acogido como líder espiritual, no como jefe de Estado. Es decir, como lo que es.


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Comentarios:
Y dale con los primeros siglos de la Iglesia. ¿Acaso entonces había en el mundo más de mil millones de católicos, como ahora? ¿Acaso la sociedad de entonces era tan compleja como en la actualidad? Por favor.
Y en cuanto al Estado Vaticano, insisto en que garantiza la independencia espiritual del Papado. El Papa no puede estar sometido a ninguna autoridad política porque ello podría comprometer su independencia espiritual. A ver cuándo os enteráis.
Enlace permanente Comentario por Hermenegildo 15.05.09 @ 18:48

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