
Eduardo Cierco
Abogado
En 1977, el entonces Presidente de las Cortes, Antonio Hernández Gil, ordenó retirar el crucifijo de su despacho oficial. No fue, pues, expresión de “laicismo”: Hernández Gil, además de un reputadísimo jurista, era un confeso católico. A pesar de ello, semejante decisión desató una furiosa polémica e inició la tristemente célebre “guerra del crucifijo”.
Que en 1977 semejante decisión, sin precedente desde la guerra y la dictadura, desatase una furiosa polémica, fue normal. Pero destaco: 1) que Hernández Gil, como eminente jurista que fue, se limitó a adivinar, en 1977, el espíritu y la letra de la Constitución de 1978; 2) que también anticipó el espíritu de consenso que la haría posible, dando ejemplo de cómo todos tendrían que ceder; 3) que todo fue obra de uno de los seglares católicos de más hondo y extenso prestigio en la España del momento; 4) que han transcurrido 30 años desde la Constitución; 5) que de todo ello se deduce que España padece un síndrome agudo de déficit democrático. La inmadurez cívica de ciertos sectores de la población ha impedido que el espíritu de la democracia y del Estado de Derecho hayan calado en el conjunto de la ciudadanía.
La Constitución configura al Estado como “aconfesional” (o como no confesional). Y nótese claramente que es éste un principio expresamente sostenido por Benedicto XVI cada vez que nos habla de “sana laicidad”: o legítima separación de la Iglesia y el Estado.
Al mismo tiempo, la Constitución determina que el Estado “cooperará con la Iglesia católica y las otras confesiones”. Ni hacía falta decirlo: “coopera” con todos; con las ONG, cristianas o no, por ejemplo. Ahora bien: “cooperación” nada tiene que ver con “presencia” del crucifijo, de la media luna o de la estrella de David en la escuela o en cualquier ámbito público. Por eso, el juez que (él, no el gobierno) ha ordenado la retirada del crucifijo, jurídicamente hablando, tiene razón. El deber del juez es hacer cumplir la ley. No lo es, bien al contrario, hacer cumplir ni unas ni otras creencias, convicciones, opiniones.
Dado que “soy el hombre que tengo más a mano” –que diría Unamuno–, me tomo a mí mismo como ejemplo. Hoy, no soy creyente. No le encuentro su gracia al crucifijo, pero tampoco me molesta en lo más mínimo. Ni un dedo movería si solo se tratase de eso. Ahora bien, soy abogado, con muchos años de ejercicio. En 1948 comencé derecho en el viejo caserón de San Bernardo. Y lo primero que me enseñaron es que debo cumplir la ley, incluso si no me gusta: Dura lex, sed lex.
Me rebelo contra cuantos diluyen la aplicación de las leyes en “juicios previos” del tipo que sean. Por supuesto, más me rebelo todavía contra cuantos quieren priorizar “sus leyes” sobre las que promulga el Parlamento, sanciona el Rey, refrenda el presidente del Gobierno de turno, y publica el BOE. Podrá haber, aparte, cualquier otra cosa. Pero no normas emanadas de la soberanía nacional, que reside en el pueblo y representan las Cortes.
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El artículo del señor Cierco es una alabanza a la obediencia. El señor Cierco muestra su ejemplo de obediencia a las leyes establecidas y anima al resto a que sean obedientes como él lo es. Maestro de Obediencia. Y no le ha ido mal. El señor Cierco se rebela contra los que no son obedientes, los desobedientes en potencia. Es un postura genérica y simbólica que se ofrece como ejemplo moral basado en una vida de experiencia.
Lo raro es que nadie ha desobedecido, en el caso que se presenta ni se incumplía la ley antes de la sentencia ni nadie ha dicho que se niegue a cumplirla. No hay caso de desobediencia real. Lo que hay es una llamada del señor Cierco a la obediencia mental. No desobedezcáis a los que mandan ni siquiera con la intención. Ese es el mensaje del señor Cierco a sus hermanos en la fé de la obediencia, los poderosos. El Estado debe vigilar a los desobedientes con el pensamiento.
No lo descartemos, veremos la pata de conejo y como libro de texto las pegajosas argumentaciones maquilladas por los de siempre, los que han nacido para guiarnos el próximo siglo de fantasías en retrospectiva. Es una idea de futuro realmente brillante. Por ahora hace falta un siglo de hipoteca política para ir escogiendo amuletos y argumentaciones de la estupidez con las que decorar la Educación.
Por cierto que el señor Cierco no ha necesitado un siglo de superación, parece que suele estar con lo que se lleva, en 1948 con los unos y ahora con los otros. Y no es el único caso. Hay muchos millones de casos como el suyo y no hace falta señalar mucho. Se notan enseguida.
Una dictadura tarda cien años en superarse. El crucificado, siempre aupado o vigilado por Franco y Jose Antonio. Yo vería mucho mejor en el frontal de las aulas una pata de conejo.
Esto sí que es revelador. El señor Cierco se rebela y se rebela pero en el año 1948 estaba aprendiendo leyes en una dictadura y todavía no se ha rebelado contra lo que le enseñaban aquella pandilla de profesores nombrados por la autoridades dictadoras. No hagas juicios previos, cumple la ley, y así cuarenta años de nada.
Envidio cada día más a los USA que nos acaban de dar a los decadentes europeos, una vez más, una lección. Su presidente (al que sospecho, Sr. Cierco, que Ud. admira no se si en grado de exaltación mitificante como nuestros ilustres progres)ha invocado públicamente a Dios al ser investido; ha acudido a rezar como la cosa más natural sin que ningún ateo o agnóstico o indiferente -que los hay indiscutiblemente- se haya sentido agredido por ello. Eso es tolerancia, eso es libertad; eso es laicismo o laicidad o como quiera llamarse y no la cutrez analfabeta de nuestra ceporra España liderada por analfabetos funcionales. Así lo veo. Saludos.
Martes, 29 de mayo
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