La providencia en mi día a día: "Alguien sigue mis pasos"
16.06.08 @ 09:10:17. Archivado en Espiritualidad, Vida cotidiana, Iglesia

J. A. González Casanova
Catedrático de Derecho constitucional
Para la teología, la providencia es siempre divina. Es una intervención de Dios en la vida de las personas o en su historia colectiva. Es un acto libérrimo y gratuito de amor. Dios vela por nosotros, va a nuestro favor (pro-videre). Por tanto, la providencia es benéfica en todo momento. Los clásicos, en cambio, la llamaban diosa Fortuna, sinónimo de azar y de arbitrariedad, mientras que la razón utilitaria afirma que sólo el creyente en ella llama providencia a la suerte, a la casualidad favorable, a un hecho positivo inesperado que tiene su propia causa próxima o lejana, o a un proceso temporal que parece bien orientado y que da fruto.
Yo no necesito creer en la providencia porque la sé. ¿Cómo no saber algo que para mí es evidente según la experiencia? No me refiero al peliagudo tema de la providencia en la historia, sino a mi modesta biografía, que ha recibido a lo largo de los años bastantes muestras providenciales de que algo o alguien seguía mis pasos, era mi guía poniéndome en circunstancias animantes y me daba en el momento preciso la ayuda necesaria. ¿Eran pura casualidad o coincidencias afortunadas?
Los fundamentos cosmológicos y el lenguaje matemático-simbólico de la Astrología me enseñaron, a la edad de 50 años, que mi vida había seguido un sentido lógico, coherente, como proyecto innato de mi persona. Sus hitos principales estaban reflejados en los símbolos astrales de mi horóscopo natal. Eso quería decir que en el sistema cosmológico de interrelaciones somos un elemento más, condicionado por ellas, y que cada uno despliega la acción vital correspondiente. El azar no existe, pero tampoco la fatalidad, porque podríamos no seguir nuestro camino, sino otro. Pero, a toro pasado, se comprueba siempre que, dentro del condicionamiento genético y social, hemos hecho lo propio y apropiado. En el proyecto cósmico hay una finalidad benéfica providencial. Leibniz la llamaba “armonía preestablecida”. Yo suelo darle el nombre convencional de Dios. Una señal matemática de esa lógica armónica es que casi todos los momentos importantes de mi vida han ocurrido alrededor de un 25 de febrero.
Si me refiero a mi buena suerte en momentos apurados achacándola a la providencia divina es porque se me aparece como un detalle personal hacia mí. Varias veces, una deuda económica, contraída pero de inesperada reclamación, me ha angustiado por carecer de liquidez suficiente. Al poco tiempo me llegaba una cantidad de dinero por un trabajo no previsto. El detalle personal lo cifro en que dicha cantidad era aproximadamente la misma que debía.
Otras veces mi ángel contable se adelantaba y yo erraba al gastarme alborozado una parte del ingreso caído del cielo sin esperarlo, porque a los pocos días me llegaba un costo que parecía pensado para atenderlo, pues su importe era algo mayor o menor que el antes recibido. ¿En la armonía cósmica entran esos factores tan personales? Yo más bien creo en mi ángel de la guarda, dulce compañía.
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