El Ciervo

No oscurecer el mensaje de la Iglesia

29.01.08 | 16:10. Archivado en Espiritualidad, Iglesia
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José Jiménez Villarejo
Ex Magistrado del Tribunal Supremo

La Iglesia vista por los laicos: qué conservarían, que añadirían y qué suprimirían de esta institución.

La conservaría a ella misma. A pesar de todo lo que hacemos los cristianos para empañarla, es a través de la iglesia como llego, a tientas, a vislumbrar al Díos que reveló Jesús de Nazaret. Seguramente no es ella el único camino para descubrirlo pero es el que recorro desde niño para acercarme a Él y en ello sigo. En una de las últimas páginas de sus memorias decía Lorenzo Gomis que le gustaba haber sido cristiano. A mí también. También a mi me proporciona una compañía entrañable estrechar la mano, en la misa de los domingos, a los sonrientes desconocidos que están a mi lado.

Añadiría lucidez para discernir –y valor para hablar de ello públicamente– entre lo que es esencial en los contenidos de nuestra fe y lo que son mitos, venerables por supuesto, o fórmulas dogmáticas elaboradas con conceptos tomados de filosofías ya muy lejanas. En este sentido echo de menos, precisamente en la misa de los domingos, un credo más elemental y libre que pueda ser dicho por todos sin reserva de ningún género. Y echo de menos también, con harta frecuencia por desgracia, una actitud de atención respetuosa hacia los cristianos que se esfuerzan con honestidad intelectual por sacar a la luz, entre aquel conjunto de mitos y fórmulas ya casi ininteligibles, lo que en la vida y las palabras de Jesús interpela más directamente a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Y suprimiría todo lo que en este momento oscurece el mensaje de Jesús, especialmente lo que distancia de este mensaje a los que fueron destinatarios privilegiados de su buena noticia: los pobres, los desheredados, los humillados, los oprimidos, los hambrientos de pan y de justicia. Pienso, como rasgos a suprimir –aunque comprendo las dificultades con que tropezaría la supresión– en esa imagen que confunde a la Iglesia con los demás poderes de la tierra, con los que convive y eventualmente compite; en su casi sistemático alineamiento –hay excepciones naturalmente– con las opciones políticas conservadoras; en su aparente incapacidad para abandonar normas y pautas que sólo son históricamente explicables; en la rigidez de una estructura jerárquica que se diría impermeable a los valores de la cultura democrática; en la pretensión de ser infalible instancia moral en todos los aspectos y problemas de la vida individual y social; en un cierto europeísmo cultural, quizá consecuencia inevitable de que Europa sea en medida muy importante, como tantas veces se ha dicho, producto de la fusión de la filosofía griega, el derecho romano y el cristianismo, pero que en definitiva obstaculiza la visión y el reconocimiento de los valores de otras culturas. Y pienso también en el arcaísmo de muchos rasgos puramente formales –ropajes, títulos, tratamientos, pompas, solemnidades– a través de los cuales no resulta fácil adivinar la presencia del Profeta itinerante de Galilea


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