Pues, señor, que sí que hay descendientes de Quevedo; que don Francisco sabemos que tenía una hermana monja, la carmelita Felipa de Espinosa, que tomó el nombre y apellido de la abuela materna y profesaba en el convento de Carmelitas Descalzas de Santa Ana en Madrid, y que, pues consagrada que estaba, no se le conoce descendencia. Pero también tuvo otras dos hermanas, Margarita y María, y hete aquí que aparece una amable lectora que dice ser descendiente de una hermana de Quevedo. Esto empieza a ponerse interesante, señores galenos, los que hacéis música con los huesos del ilustre cojo.
El caso es no dejar tranquilo a don Francisco. Parece que ahora los responsables de la autorizada exhumación no saben qué hacer con la bolsica de la decena de "güesecillos" quevedianos hallados en la cripta misteriosa, la cripta de los 167 cadáveres y algunas arañas más. Si se respetara la voluntad testamentaria de Quevedo, el destino sería el Convento de Santo Domingo en Madrid; si se hiciera caso del párroco de la iglesia de San Andrés y del alcalde, se volverían a dejar que chocaran en caída libre con los demás restos, en una danza macabra al mejor estilo de Saint-Saëns.
En el codo se aloja traicionero un nervio desprotegido, al que comúnmente se le llama "hueso de la risa", que no es de materia ósea ni maldita la gracia que hace cuando se golpea sin querer contra algún esquinazo, de ésos que se encuentran por la vida. El cuerpo se estremece de un dolorcillo tontorrón y le entra a uno una risa floja acompañada de un "ayayayayyyy", que suele remitir transcurridos cinco minutos, más o menos. Sin embargo, el doliente reflejo permanece más tiempo, como las penas de amores.
Sábado, 21 de noviembre
David Felipe Arranz
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Juan Fernandez Krohn
Siro López
Marie-José Martin Delic Karavelic
Juan Luis Recio
Julián Moreno Mestre
Ángel Sáez García
Carlos Ferrer
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora