El chitón de David Felipe Arranz

La prédica navideña del rey Felipe

28.12.14 | 16:09. Archivado en Cultura y actualidad

No puede ser con la que está cayendo. La noche del 24 el rey Felipe VI salió con toda su barba de guapo de spot de ropa y nos dio el sermón navideño; nos la coló con el pavo y, de guarnición, la tradicional perorata en la que, al igual que su padre en los últimos tres años, nos dice lisonjero que los españoles tenemos la suficiente capacidad y coraje para sobreponernos a la devastación social perpetrada por la alianza entre la política y la banca, por los miserables. Como si no supiésemos quiénes estamos haciendo ese esfuerzo.

Gran estadista de la vida ha resultado ser el rey. Hace falta valor en esa Casa para asomarse a los hogares de todos sus súbditos y decirnos a los demás que debemos cortar de raíz y sin contemplaciones la corrupción. Hace falta desparpajo para arengarnos con la perorata de que desempeñar un cargo público no es un medio para aprovecharse o enriquecerse. Lo que han hecho algunos destacados miembros de la Casa Real española es demostrar el poco amor que le profesan a la patria y el mucho que le tienen a la bolsa del pillaje.

Viste mucho enseñar el álbum de fotos de las niñas y la reina republicana por la tele para acompañar la fraseología navideña lanzada sabiendo el perjuicio criminal contra el Estado de la infanta y su chico, el balonmanista que acabó por robar más que pelotas. Y, a la vez, transigir con los mendigos de levita y el matonismo parlamentario, donde entre los retruécanos de tertulia se asiste a la hemiplejia nacional. El escenario político, con la lista de cargos públicos imputados más larga de la última era, se ha convertido en una gran necrópolis de mefítica atmósfera, y los españoles lo sabemos. La situación nacional exigía más que agitar la campanita de la happy family con la flor de pascua de fondo en el espacio de visitas contiguo a la sala de audiencias, convertido ahora en salón hogareño merced al atrezo telenavideño, grabarlo el lunes y hacer un falso directo. Hay muchos que aún creen que su rey ha hecho un alto antes de cenar para dirigirse en vivo y en directo a todos los españoles. El rey estaba, pero no estaba, es y no es.

El juez José Castro -bendito sea en Navidad y el resto del año-, en contra de los matusalenes del Ministerio Fiscal y de la Abogacía del Estado, preocupados por acomodar esta "causilla", ha tomado la decisión de sentar en el banquillo de los acusados a la infanta Cristina, con o sin corona. El auto es un regalo de Papá Noel que nos ha hecho el magistrado con más redaños de la historia de España. La infanta, acusada de cooperación en el fraude fiscal del "duque Em... Palma... do" -como solía firmar- se ha negado a renunciar a sus derechos dinásticos, una renuncia que supondría una generosidad que jamás ha asomado por el balcón a escote de todos los contribuyentes del palacete de Pedralbes donde, después de pagar por su casita de papel la fruslería de 5,8 millones de euros, la pareja feliz supuestamente contaba monedas, hechos reyes Midas de la malversación, el fraude, la prevaricación, la falsedad y el blanqueo de capitales.

El asunto del separatismo también estuvo presente en la plática; alguien de entre los cortesanos reptantes y palafreneros palatinos que lo rodean debería decirle al Rey que para que el catalanismo no sea un problema de Estado, haría falta que la política española se sanee de verdad: podrido el núcleo del partido del Ejecutivo y corrupto hasta los tuétanos el que fue presidente de la Generalidad de Cataluña, el codicioso anciano de CiU y sus retoños de mano larga, es inviable cualquier política orientada a la conformación de una nueva España, la que todos deseamos y la que no nos dejan hacer. El catalanismo, además de cuestión pecuniaria, es un asunto de sentimiento colectivo montado hábilmente sobre una máquina propagandística y electoral y que ha desarrollado en Cataluña una fuerza política aplastante. Mientras, en Madrid, los políticos siguen con los pantalones bajados y su oficio de gorrones, haciendo de las suyas en los escaños del Congreso -y lo que te rondaré, morena-, descomponiendo con su desleal latrocinio el sentido de la nación española. No hay almuerzo, cena ni trago en que no se hallen con la boca llena.

Tras el expolio desaforado de su familia al que hemos asistido, Felipe VI no nos ha convencido de que en la Casa Real no hay intereses creados; se nos anuncia aquí y allá una cohesión que no se sabe por dónde ha de venir, como un mesías tremulante que parece que asoma y no llega. Rajoy dijo el jueves 11 que "la crisis ya es historia", no sabemos tras escuchar semejante baladronada si el presidente ya había brindado abundantemente con champán, con la población activa juvenil en paro o encadenando becas miserables; parece que sí.

El rey Felipe nos dijo anoche, sobrado de monarquía y hecho vedette de la tele, entre halagos y consejas y desde el escaparate zarzuelero, que somos una democracia consolidada. Algunos pensamos, viendo la postal navideña televisiva de todos los 24 de diciembre y el discurso precocinado de teleprompter, que la Transición todavía no ha terminado. A los únicos reyes que muchos queremos ver en Navidad es a los Reyes Magos: esos, por lo menos, no nos quitan, sino que nos dan. Aunque sea ilusión.

Hay ocasiones en que no procede chupar cámara en fechas tan señaladas, sino dejar a la elocuencia del silencio que fluya, que son noches de estar en familia. Lo demás, Majestad, son vanidades de campanario.


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