Los cambios en las cosas, tal y como son, terminan modificando los principios para adecuarlos a ellas y sus nuevas circunstancias. Los principios han perdido su rigidez mítica: ya nadie se acuerda de cómo comenzaron las historias. Algunos han conseguido que nos olvidemos de cuándo empezó el desastre económico: fue la codicia y la connivencia millonaria entre banqueros y casta política la que ha puesto en jaque al mundo entero, cuyo punto de arranque fue la creación de un subproducto financiero, las hipotecas basura.
Su adalid en nuestras fronteras fue el actual ministro de la cosa económica, Luis de Guindos, nombrado presidente para España y Portugal de Lehman Brothers, recién salido del Gobierno de Aznar, y marchado del negocio basuril cuando la filial estadounidense quebró por el escándalo de las hipotecas subprime. Nos creemos que somos capaces de ordenar nuestro mundo, pero esto no es más que otra ficción: del pasado de De Guindos ya nadie se acuerda. Como la historia la escriben los hombres, al final resulta que la verdad sigue incógnita, porque a los españolitos nos falta una habitación propia rebosante de libros, como la que tenía Virginia Wolf, que nos entró por la ventana una mañana de verano en que ventilábamos el encantador Frestón, que era ministro de Educación y Cultura, y nos tapió la biblioteca después del donoso escrutinio.
Somos un poblachón de sarao y de barra de bar, con un sentido que va de lo político-atávico-cavernícola a lo deportivo, de prurito discriminador hacia lo cultural, lo profundo, lo reflexivo. El intelectual tiene que ser relegado para que entren los políticos por la puerta de la tele hasta la cocina, a decirnos qué es lo que tenemos que hacer: por ejemplo, borrar el principio de todas las cosas: ex nihilo nihil fit, que es muy aristotélico y uno se fía más de los padres del pensamiento occidental, aunque ahora los helenos, que inventaron la filosofía, estén apunto de ser expulsados del euro. Hoy, el 24,4% de desempleo que existe en España es el más alto de la Unión Europea, incluso dos puntos más que el que existe en Grecia. Están emergiendo verdaderos apartaheid laborales de millones de jóvenes que jamás encontrarán empleo y cuyos padres habrán de continuar pagándoles la manutención, que no se desarrollarán como verdaderos adultos ni conocerán la emancipación. Hemos contrapuesto, así, sin darnos cuenta, la dariniana ilusión de la juventud, divino tesoro, al exhibicionismo noticiero de la crisis. El aspecto del origen del lío, mientras tanto, en la opinión pública va mutando en secreto, porque esta opinión es muy pública y muy puta ella y se encandila y se le hace el culo agua de limón con cualquier novedad.
El banquero ultramontano, que acude a los mercados con el trabuco y con urgencias y apremios, gana siempre al hombre sensible, que colecciona más sus fracasos que el gañán –ya lo decía Stendhal–. El flâneur suele tener un sentido de la permanencia y del rubor, lee mucho, escribe y no necesita exhibición: es presa fácil del Mario Draghi de turno, que transforma sus rubores en recortes, que está muy puesto el presidente del BCE en el tijeretazo: “quien dé marcha atrás en los recortes presupuestarios provocará una sanción inmediata en los mercados (…) gracias a este tratado (el Pacto Fiscal europeo) los Estados pierden uan parte de su soberanía nacional”, según declaraciones suyas recogidas por The Wall Street Journal, el pasado 23 de febrero. La amenaza fantasma no puede ser más clara ni los mecanismos psicológicos de ese homo superior que es el tecnócrata a la europea.
Los ricos descubrieron hace siglos las ventajas de la pobreza y que había que acabar con el tejido idealista del mundo: Heráclito, Dante, Garcilaso, San Juan de la Cruz, Shakespeare, Quevedo, el Bosco, Goya... Se necesita mucha sofisticación para hacer lo que ciertos intelectuales de otras épocas, es decir, seguir con entusiasmo y résistance las investigaciones de nuestro drama hamletiano de crisis prolongada: la colocación obsesiva en portada de pasado, presente y futuro en un momento que sólo exige de acción. Contra el elitismo del Poder económico –el poder metaforizante del euro–, el elitismo de la alta cultura para todos. Y en ciernes de adopción un Pacto Fiscal europeo que obligará a los Estados firmantes a reducir en salarios, en inversión social y educativa y en pensiones. Mientras permitamos, ante la indiferencia general, que los mercados, las reglas y los tratados tomen decisiones que determinan la vida de las gentes, nuestro Fortinbrás particular de la troika –el BCE, la Comisión Europea y el FMI– pondrá el colofón a nuestros sueños.
El dinero es sólo una idea: la idea del dinero, la única que la casta político-bancaria tiene en la cabeza. Lo del resto, lo nuestro, es amnesia pura: con ella ya contaban.
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