Me cuentan que siempre pasa, que uno cuando entra en un hospital para operarse puede terminar a los pocos días con una infección que le abra las puertas de la antesala de la muerte. Me dicen que no me ofusque, que tiene su lógica, pero sigo sin encontrársela al hecho de que un amigo entre en un quirófano, allí lo intervengan con éxito y al poco se lo lleve, sin más ni más, una sucia y traicionera insuficiencia pulmonar provocada por vaya vd. a saber qué, que habita en los hospitales. Exactamente eso es lo que le ha ocurrido a Alberto Sánchez Álvarez-Insúa, escritor, químico y humanista –de los grandes–, director de la revista Arbor de ciencia, pensamiento y cultura, una exquisitez editada por el CSIC, institución de la que era científico titular, y habitual contertulio del programa cultural “El Marcapáginas” que hacemos unos cuantos románticos del conocimiento en Radio Inter.
Conocí a Alberto en octubre de 2007, en el VIII Congreso Internacional de Literatura Española Contemporánea dedicado a Valle-Inclán que coordinó el buen profesor Fidel López Criado. A la salida de una de las sesiones –yo tenía que regresar a Madrid–, almorcé con él y con Julia Labrador, su pareja, en un céntrico restaurante, donde entre el primer y el segundo plato intercambiamos impresiones a manera de sabrosos entremeses sobre la literatura y sobre amigos comunes. Rápidamente vimos que la sintonía era muy grande: hablábamos el mismo idioma, como si una brisa limonera hubiera entrado en las habitaciones de la memoria refrescando sus rincones. “Cualquiera diría que nos conocemos de toda la vida”, pensé, “¡claveles de resonancia!”. Me llamó mucho la atención desde el primer momento su sentido festivo de la cultura, frente a los académicos de puro y oscuro metal, monocordes y de charla única que amarillean de simposio en simposio.
Desde entonces, a través de almuerzos y de programas culturales radiofónicos, los antiguos días se fueron transformando poco a poco en la promesa de un reencuentro aún mejor, como efectivamente así fue las sucesivas veces que fuimos reuniéndonos. Los estudios de Alberto floreaban en cada nueva entrega, fecundándolo todo, salvando el polvo de la nostalgia y de los siglos para sostener en carne viva cientos de personajes, de autores, de obras tal vez consideradas por muchos académicos de vía estrecha como “marginales”: las apasionantes colecciones de cuentos y de novelas y su retrato del gusto de la época, los ingeniosos atrevimientos de la poesía erótica y la sicalipsis, la osadía del panfleto político-literario… Con él te entraba esa gana ubérrima, de la que hablaba César Vallejo, de querer, de saber, de comprender, de enriquecerte.
Nadie quebró jamás la risa de Alberto, ni siquiera en los momentos en que conoció perfectamente la gravedad de su enfermedad y la inminencia de su intervención, porque él fue ante todo un hombre de encendido y chisporroteante sentido del humor; disfrutaba como el que más en Las Bridas, donde nos reunimos siempre después del programa, como si de una segunda fase de esa edición –aún más interesante y nocherniega– se tratara, rincón mágico e islote que se llena de amigos cada viernes. Alberto Sánchez Álvarez-Insúa hizo mucho por recobrar la memoria del conocimiento de esa España añorada, acaso soñada.
Enamorado del esfuerzo de editoriales como Renacimiento, que con tan buen pulso dirige Abelardo Linares, Alberto recomendaba en la emisora aquellos libros que él sabía eran promesa de un cielo de asombro, disfrute y aprendizaje: “Leed este tomo de lord Dunsany, es una maravilla porque reúne los fantásticos Cuentos de los tres hemisferios” o “He leído el último libro de Murakami, 1Q84: nadie debería perdérselo, porque creedme cuando os digo que es el escritor internacional de referencia”; así, sin los plúmbeos ambages de la retórica academicista, Alberto te ponía la miel en los labios y leías inmediatamente –vaya si lo leías– el libro que acaba de sugerirte así, como quien no quiere la cosa.
Jamás faltó un solo día a mis requerimientos. Cuando organicé el Congreso la Edad de Oro en el Campo de Montiel, en Almedina, el pasado mes de abril, Alberto nos estimuló la imaginación con la España del criptojudaísmo, la de Fernando de Rojas y la extensa y secreta simbología del cerdo, que tantos motivos ha desarrollado en la literatura clásica. Suya fue la labor de recuperar del olvido a pensadores y literatos noventayochistas y de la bohemia, entre los que destacan por derecho propio la figura enigmática y escurridiza de Emilio Carrère, a la que siguió la pista y redescubrió, junto a Julia Labrador, en una deliciosa serie de trabajos publicados en la Revista de literatura, Dicenda o en los Anales del Instituto de Estudios Madrileños. Pero Alberto, que en su persona reunía el ideal renacentista del maridaje de las ciencias y de las letras, no fue un hombre que sólo se interesó por una rama del saber. Trabajó sobre ciencia y medicina, sobre historia de la física, incluso sobre las reformas agrarias emprendidas en la España romántica. Fue también un magnífico guionista de cine junto a su inseparable compañero, el cineasta Javier Aguirre: al ínclito tándem debemos joyas como El jorobado de la Morgue, Carne apaleada o La monja alférez.
Alberto, sí, era una caja de gratas sorpresas y ahora, en este arranque de noviembre luctuoso, nos parece increíble su muerte, como si hubiese querido sumarse, en un guiño literario, a la turbamulta de santos y fieles difuntos que pueblan las calles estos días. Su boca está cerrada ya por el virus maldito, mas no su pensamiento, disponible en decenas de trabajos que, afortunadamente, se encuentran al alcance de todos los que quieran aprender. Quiero trocar esta desnudez propia del espanto de la Muerte en otra cosa, en el mejor homenaje que podemos rendirle los que tuvimos la suerte de quererlo y de compartir los buenos momentos de esta loca aventura que es la vida: el de continuar leyendo, investigando y aprendiendo, preservando nuestro patrimonio cultural, tal y como hacía él.
Alberto, querido Alberto, te veré allí arriba. Por eso me despido de ti con el “hasta pronto” de las cosas que siempre existieron, desde esta tierra pintada hoy de lluvia, que tanto tiene aún que aprender de maestros como tú. Por encima de la Parca, que apaga repentina lo que se le antoja, desde el breve movimiento del pájaro a la alegría de los niños, está el íntimo ardor del conocimiento; esa sorpresa, cómo te lo diría, de las raíces seculares de quienes nos han precedido y que en ti encontraron el más firme, cercano y glorioso de sus voceros.
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Querido David, no sabía que compartíamos también este amigo. Gracias por tu semblanza. ¡Magnífica!
Un abrazo, David, en estos momentos dolorosos para todos los que compartimos ese mundo mágico que es "El Marcapáginas" de Radio Inter y otro para Alberto Sánchez Álvarez-Insúa, allí en el cielo.
Es una auténtiica pena que una persona de la talla de Alberto nos haya abandonado de esta manera. Alguna vez lo escuché en El marcapáginas y era una maravilla cómo hablaba y la simpatía que desprendía. El artículo está escrito con mucho sentimiento y cariño. Alberto, allí donde estés, no pierdas nunca ese magnífico sentido del humor. Ha sido un golpe muy duro. Descansa en paz.
Poca gente se esmera en recordar a los que en vida llamaban "insustituibles" con tan nobles y buenas palabras correspondientes a un gran amigo. Normalmente, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, como en el caso del CSIC, incapaz de publicar una nota en su web sobre el fallecimiento de uno de sus científicos titulares. Grande la labor y estela dejada por Alberto Sánchez Álvarez-Insúa: su obra y su querer pervivirán para siempre, a pesar de las instituciones.
Martes, 29 de mayo
David Felipe Arranz
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Juan Luis Recio
Paulino Toribio
Ángel Sáez García
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez