Dicen que la opinión pública es esa fuerza anónima –a menudo una fuerza política–, ese árbitro que actúa a manera de conciencia social, un tribunal temible, oiga, e, incluso, el fuero interno de toda una nación: un corazón que late de rumor en rumor y de verdad en verdad. El mecanismo de la opinión pública funciona de manera muy compleja, tanto como el pueblo que la genera –que no hay quien lo entienda ni lo gane a voluble– y que, como decía don Francisco de Quevedo, “es como el aire, que alienta y no mantiene. La multitud tan fácilmente como sigue, deja, y en lugar de acompañar, confunde”.
“Ahora lo veredes”, dijo Agrajes, el primo valetón de Amadís, cada vez que respondía al desafío de los demás caballeros andantes. Hace tres años, el gobierno de Obama, dando cuchilladas en los cueros de vino tinto –que esta vez sí eran gigantes–, intervino in extremis Fannie Mae y Freddie Mac, entidades financieras de crédito hipotecario. Al mismo tiempo, el banco Lehman Brothers anunciaba su quiebra y The Wall Street Journal compraba la principal aseguradora del país, American International Group, hundida por las monumentales bonificaciones concedidas a sus directivos: sí, un diario se hacía con una –hasta la fecha– omnipotente agencia de seguros.
Hay personas muy necias e incapaces, más de las que nos imaginamos, que cuando alcanzan el Poder –merced al combustible de la ambición– escriben las páginas más oscuras de la historia de los países que tienen la desgracia de padecerlos. Decía Unamuno en un artículo publicado en la revista Caras y Caretas, de Buenos Aires, el 26 de mayo de 1923, que tonto de capirote “es el que con un capirote o bonete puntiagudo hace de tonto en las fiestas. Es un tonto de alquiler y casi oficial”.
Juan de Mal Lara, en su obra Philosophia vulgar (1564), explica que en Hornachuelos (Extremadura) “vinieron dos padres a casar hijo e hija, sin que éstos se hubiesen visto; y desposados, en viéndose, concibieron grande odio el uno del otro, por ser tan feos y mal acondicionados, que no se halló cosa del uno que agradar al otro. Y […] comenzaron a llorar de gana ambos”. El debate más esperado del escenario social de los últimos años ha sido una oportunidad perdida para todos: el gran drama que ha sufrido España en las dos legislaturas de gobierno socialista ha sido excluido del cara a cara retransmitido por decenas de canales de televisión e inflado en su más que costoso presupuesto.
Me cuentan que siempre pasa, que uno cuando entra en un hospital para operarse puede terminar a los pocos días con una infección que le abra las puertas de la antesala de la muerte. Me dicen que no me ofusque, que tiene su lógica, pero sigo sin encontrársela al hecho de que un amigo entre en un quirófano, allí lo intervengan con éxito y al poco se lo lleve, sin más ni más, una sucia y traicionera insuficiencia pulmonar provocada por vaya vd. a saber qué, que habita en los hospitales. Exactamente eso es lo que le ha ocurrido a Alberto Sánchez Álvarez-Insúa, escritor, químico y humanista –de los grandes–, director de la revista Arbor de ciencia, pensamiento y cultura, una exquisitez editada por el CSIC, institución de la que era científico titular, y habitual contertulio del programa cultural “El Marcapáginas” que hacemos unos cuantos románticos del conocimiento en Radio Inter.
Martes, 29 de mayo
David Felipe Arranz
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Juan Luis Recio
Paulino Toribio
Ángel Sáez García
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez