La vida se va cuando lo considera oportuno. No quiero dejar que termine el año sin recordar a aquellos que contribuyeron con su obra al mundo del cine, la literatura y el periodismo: sin los caballeros de las letras, el cine y la información nos será más difícil caminar por los campos de la cultura, cada vez más huérfana de genio. Ellos nos dan su abrazo de conocimiento desde las sombras y, a la vez, desde el luminoso legado que generosamente nos regalaron para ampliar los horizontes de nuestra sensibilidad y sentido crítico.
El año comenzó con la muerte del maestro Éric Rohmer, que nos dejó el 11 de enero: no sólo cineasta, sino novelista e incluso profesor de francés, Rohmer fue un verdadero filósofo de la imagen, que trascendió a la propia nouvelle vage. Su canto de cisne, El romance de Astrea y Celadón (2007), es una extraordinaria adaptación de L’Astrée, de Honoré d’Urfé, el relato de los amores bucólicos de dos jóvenes en la Galia del siglo V. Nos deja las series cinematográficas de los “Cuentos morales”, “Comedias y proverbios” y los “Cuentos de las cuatro estaciones”, que muestran el gozo del temblor de los efectos de Cupido sobre el corazón humano a través de una ingravidez fílmica única.
El 12 de marzo se retiraba de este mundo Miguel Delibes, maestro de maestros y periodista, el mejor escritor en lengua española hasta entonces vivo y quien supo aunar como ningún otro ingredientes literarios de forma ética y comprometida: naturaleza, realismo y estudio y difusión a través del costoso oficio de las letras de las costumbres de Castilla la Vieja. Su obra, que hermana periodismo y literatura codo con codo, culmina con El hereje (1998), la epopeya de los que combatieron la ceguera de la Contrarreforma en pleno Renacimiento jugándose la vida. De su célebre obra queremos nombrar quizá la menos conocida –si tal cosa es posible–: Un novelista descubre América, Diario de un emigrante y USA y yo, fruto de sus múltiples viajes al extranjero como conferenciante y profesor, en especial en la Universidad de Maryland.
La teórica de la comunicación, Elisabeth Noelle-Neumann, la ideóloga de la "espiral del silencio" nos dejó el 25 de marzo, no sin antes ampliar sus trabajos acerca de la presión de la opinión mayoritaria sobre las minorías, que se vuelven silenciosas ante la uniformidad del resto. Sus audaces experimentos demostraron que nuestro deseo por ser aceptados por la comunidad nos hacía renunciar a expresar libremente nuestras opiniones por miedo al rechazo. Somos, a fin de cuentas, animales sociales que deseamos ser aceptados por los demás y que llegamos a engullirnos nuestras propias verdades y a no comunicarlas con tal de agradar y no despertar suspicacias o incomodar al otro. La independencia y la autonomía crítica tienen, afirma la teórica, un alto riesgo de exclusión social. En ese último anejo que Noelle-Neumann redactó antes de morir a orillas del lago Constanza (ver su edición revisada en la editorial barcelonesa Paidós de 2010), los nombres de Erasmo de Rotterdam o Maquiavelo brillan como los primeros teóricos de la comunicación y la pragmática lingüística: al final de su vida, la politóloga berlinesa que bregó con miles de encuentas de votantes alemanes acerca de la opinión que tenían de sus líderes rendía tributo a los pensadores del Renacimiento.
El habitual actor Dennis Hopper, que falleció el pasado 29 de mayo, deja en su haber como cineasta media docena de filmes más que notables, en los que dejó impresa una huella personal, a caballo entre el desengaño de la condición humana y el retrato de toda una generación: entre ellas cabe destacar Easy Rider: buscando mi destino (1969), Caído del cielo (1989), Colors: colores de guerra (1988), Camino de retorno (1990) y el febril y desasosegante thriller Labios ardientes (1990). Buscando líneas de desnudo, Hopper partió de la libertad hippie y navegó atrevido por las nieblas del cine negro en la década de los ochenta.
El escritor luso José Saramago se marchó el 18 de junio en Tías (Lanzarote), tras iluminar con su pensamiento de parábola el cielo de las letras universales. Su primera novela, Tierra de pecado (1947), abre una obra en lengua portuguesa que culmina con Caín (2009) y que posibilitó un diálogo cultural en la Península Ibérica entre dos naciones que se venían ignorando permanentemente. Para aquellos viajeros del pensamiento nos deja Saramago La balsa de piedra (1986), una apuesta por la consideración de los habitantes de esta “balsa” como un solo pueblo al encuentro del Atlántico.
Otro de los grandes cineastas franceses, Claude Chabrol, dejó definitivamente huérfana al movimiento de la Nueva ola el 12 de septiembre tras estrenar su último y melancólico trabajo, Bellamy (2009), que respira la narrativa de las novelas policiacas de George Simenon. El retratista de la sangre fangosa de París y de las alcobas de sus ciudadanos, los subterfugios del poder y se retiraba de la vida dejando a su paso más de medio centenar de lo mejor del cine galo. Chabrol les quitó las tapas como nadie a las alcantarillas de esa red secreta que la burguesía construye para evacuar sus miserias. El bello Sergio (1958), Una doble vida (1959), Landrú (1963), La mujer infiel (1969), Prostituta de día, señorita de noche (1978) o la reciente Borrachera de poder (2006) le quitan la cal a la pared de la trastera de los hogares que matan.
Nuestro Luis García Berlanga se fue despacio, con la cámara colgada al hombro, y cerró la puerta del laboratorio de montaje el 13 de noviembre; sus tramas y tipos quedan tiritando bajo el polvo de la memoria, desamparados, y el cine español -tan de sal gorda cuando adopta las formas cómicas- sin su agudo vitriolo. Sus garbosos trabajos enseñaron a varias generaciones que la bestia parturienta de la Guerra civil había alumbrado un parto tragicómico, negro en cualquier caso, y que bajo el oscuro beso de la pobreza y la exclusión social, el humor ofrecía la trinchera donde reconstruir una nueva vida. Esa pareja feliz (1951), Bienvenido, Mister Marshall (1952), Novio a la vista (1954), Calabuch (1956), Los jueves, milagro (1957), Plácido (1961), El verdugo (1963), La boutique (1967), ¡Vivan los novios! (1970) o La escopeta nacional (1977) dejan muy pocas dudas: junto con Bardem, Berlanga es el cineasta incontestable por antonomasia de nuestro cine clásico, el que, implacable, le sacó las vergüenzas al Régimen de Franco sin que éste se diese cuenta y compartiera su risa.
La rosa del desierto (2006), ambientada en el desierto de Libia en la Segunda Guerra Mundial, fue la última película de Mario Monicelli, cineasta de la comedia italiana y un referente para millones de espectadores en todo el mundo. Filósofo de la vida, librepensador, inimitable creador de escenas sociales atravesadas por un fino sentido del humor e hijo de periodistas, Monicelli es responsable de ese monumento que es Rufufú (1958), además de sensacionales largometrajes que trascienden los límites de la comedia, como La gran guerra (1959), Los camaradas (1963) o La armada Brancaleone (1966). Se lanzó desde el quinto piso de un hospital romano el 29 de noviembre, donde había entrado para tratarse un cáncer de próstata, privándonos de su persona y de sus intervenciones en los medios criticando a Berlusconi. No compartimos su terrible decisión, pero lo respetamos.
Blake Edwards, el rey de la comedia y hacedor de gran parte del imaginario colectivo del último tercio del siglo XX, le tomó la última medida a la risa de la Parca el 15 de diciembre. Fue el realizador de grandísimas películas, como Desayuno con diamantes; La pantera rosa (1964); La carrera del siglo (The Great Race, 1965), una joya, más que una comedia... una de las mejores películas de aventuras de todos los tiempos y que resume todos los géneros en uno; El guateque (1968), la mejor interpretación de Peter Sellers; Dos hombres contra el Oeste(1971), un western único y melancólico con un William Holden que se sale de la pantalla; ¿Víctor o Victoria? (1982), extraordinario homenaje al teatro y a los equívocos sexuales, etc.
El periodista Luis Mariñas quiso el 27 de diciembre, en plena Navidad, recordarnos a los cronistas que la vida del informador es dura en extremo; que lejos de ser reconocido por la opinión pública como se debe, un referente del periodismo español puede terminar como jefe de prensa de un oscuro gabinete estatal, el de Puertos del Estado, dependiente del Ministerio de Fomento, por cierto incapaz de emitir una miserable nota de prensa recordando la figura de este gran profesional de la comunicación. Mariñas, un gran innovador de los informativos de televisión y un buscador de la otra cara de la noticia, entrevistó en Bagdad a Sadam Husein antes del inicio de la Guerra del Golfo. Así recuerda el Gobierno, con un vergonzoso silencio, a las figuras sobresalientes del Periodismo que han dedicado a la comunicación del Estado la energía de sus últimos años de vida o que han enarbolado la bandera de la libertad de opinión en tiempos donde hacerlo era complicado. Lo hizo el pasado año con la muerte de mi querido Julián Lago, compañero del coruñés en TeleCinco, y lo vuelve a hacer ahora: periodismo y Poder nunca se llevaron bien -salvo algunas deshonrosas excepciones-.
El mundo abre mañana y un año más, en ausencia de todos ellos, la lámpara del esfuerzo creativo e intelectual. Celebremos en 2011 que sigan aún con nosotros mientras estemos vivos.
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¡Oh tempora, oh mores! ¡Cuánta gente auténtica se nos ha ido! Personas que, en realidad, hicieron de lo que fue su hobbie su trabajo. Maravilloso esfuerzo al recordar a todo este elenco de figuras de primera línea que hemos perdido en el 2010. Se nos van personas auténticas que amaban su profesión por encima de todo y cada vez nos quedamos con más de los que toman la cultura como un mero medio en aras de la fama.
¡Cuánto maestro fenecido!...Descansen en paz...e intentemos disfrutar de su legado en el proceloso 2011.
¡Feliz Año Nuevo!.
Martes, 29 de mayo
David Felipe Arranz
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Juan Luis Recio
Paulino Toribio
Ángel Sáez García
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez