El relato de Jed Mercurio es crudo, real y hasta áspero; un ajuste de cuentas con el mito del considerado mejor presidente de los Estados Unidos. Un adúltero americano (American Adulterer, 2009) acaba de ser traducido por Jaime Zulaika y publicado por Anagrama en su extraordinaria colección Panorama de narrativas. Mercurio ha entrado sin pedir permiso en la alcoba del trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos y le ha dado la vuelta a su ropa interior para que hable. Es una novela de no ficción, género que instituyó el maestro Truman Capote con A sangre fría (In Cold Blood) , clásico habitual de Anagrama.
Joe Klein en Primary Colors y Curtis Sittenfeld con American Wife, despacharon, si bien dentro de ciertos límites impuestos por el decoro, las intimidades de Bill Clinton y Laura Bush respectivamente. El libro de Jed Mercurio, narrado con una voz fría, clínica y neutral que trata de imprimir una objetividad –que es imposible–, desgarra hasta los intestinos, con cinismo y, por qué no decirlo, a las claras la figura y la memoria hasta ahora inviolable de Jack Kennedy: sus cefaleas, náuseas, diarreas e inflamaciones, las secuelas de la enfermedad de Addison y los desajustes de una glándula tiroides hipoactiva son expuestas en la mesa de disección con la gelidez y el desapego de un galeno que no le tuviera ninguna simpatía al malogrado presidente. El rosario de las conquistas y la eficacia de la ejecución coital nos dibujan el rostro de un ambicioso senador que llega a la presidencia con un pasado sexualmente promiscuo, que sufre un leve parón nada más ser elegido en su orgásmica actividad ante la veneración que despierta, pero a cuyo lecho acuden mansas, una detrás de otra, desde rutilantes estrellas del celuloide hasta becarias, pasando por jóvenes meritorias del partido, viejas amigas casadas y hasta novias de mafiosos. Marilyn Monroe, Angie Dickinson o Judith Exner entran y salen de su alcoba mientras los escoltas y la policía mira hacia otro lado y la sufrida Jacquie está cuidando de los niños en la finca de Palm Beach.
Ante la imposibilidad de que JFK entendiera los beneficios de la fidelidad y el descarte del divorcio, Jacqueline Bouvier Kennedy exigía tres reglas a su esposo: que su amante fuera preciosa, que sólo hubiera estado con ella una sola vez y que nadie lo supiera. Con estas régles du jeu, el matrimonio Kennedy toreó el morlaco de la opinión pública durante años. De hecho, Mercurio desvela cómo los medios silenciaron su aventura en Georgetown, cuando aún era senador y mantuvo una relación extraconyugal con su ayudante, Pamela, a la que irónicamente dio una patada hacia arriba como secretaria de prensa de… su mujer (esto lo vemos todos los días por estos lares de la empresa hispánica). Si la veterana y discreta secretaria de JKF, la señora Lincoln, hubiese hablado en su momento, probablemente el libro de Mercurio en vez de 360 páginas hubiera alcanzado el millar. “La idea de perder la ocasión de saciar sus impulsos sexuales le producía la misma desesperación que si perdiera la facultad de caminar”, escribe Mercurio para referirse a su estado emocional cuando Jacqueline no podía mantener relaciones íntimas con su esposo debido a la cesárea que le practicaron en el alumbramiento de su hijo John.
El “hombre”, el reconocido protagonista –al que Mercurio nunca cuelga nombre y apellidos– compara la vivencia de la seducción “con el acto de desenvolver un regalo”. Nacido en el seno de una familia formada por una madre glacial y un padre adúltero, JFK aprende desde muy pequeño que la perspectiva de la monogamia puede compararse a la condena de una cárcel. Altiora peto (“busco cosas más elevadas”), les susurraba al oído y en latín a sus inmediatas compañeras de sábanas para, una vez satisfecho su apetito, expulsarlas de su cámara apenas transcurrida media hora. El interés de esta eficaz biografía novelada reside en la pericia de su autor para trenzar el periplo político con el recorrido donjuanesco; o, por mejor decir, la influencia del estado emocional-sexual del presidente en sus decisiones de Estado, desde la invasión de Bahía Cochinos en la crisis de los misiles de Cuba a la carrera espacial con la URSS. Más que encuentros furtivos, a JFK el baile de féminas le parecía un admirativo homenaje.
De entre tantas sombras, resplandece la luz de su gestión política y el objetivo de un hombre que se propuso emplear su mandato en establecer una asociación entre la esfera del poder y la del pensamiento, sabia estrategia política a la que son completamente ajenos el Partido Socialista y el Partido Popular, quienes han vaciado de ideología sus programas y acciones políticas, repintados con el barniz de la oportunidad, el pragmatismo y el golpe bajo. “El presidente electo aspira a reunir una corte compuesta de los mejores y más brillantes hombres del país: […] intelectuales, historiadores, economistas y similares” son invitados continuamente a sus oficinas, ya que “los intelectuales que cuestionan el poder pueden prestar un servicio igualmente importante cuando ayudan a determinar el uso que se hace de él”, escribe Mercurio, quien a pesar de revolcarse en la intimidad más intersticial, salva su gestión al frente del país más poderoso del mundo.
No deja de sorprender el hecho de que su hija Caroline, activa militante del partido Demócrata y otrora rival de Hillary Clinton –el fantasma de su marido planea deliberadamente por el despacho oval de la novela– por su escaño en el Senado, continúe en silencio ante semejante desnudamiento. A los Kennedy, cuyo líder fue un golfo, se les considera la “familia Real de Norteamérica”, es decir, una saga informativamente intocable. Y aquí, en el ámbito de nuestra clase dirigente, los chicos de la prensa sabemos qué astados pisan el albero político y quién lleva mayores pesadumbres sobre su frente; o, por decirlo con más galanura, qué recompensas políticas han recibido ellos y ellas a cambio de sus favores sexuales: decenas de candidatos y candidatas que extrajeron todos los beneficios de un buen blow job. Que de golfos y busconas vamos bien servidos. Pero, al igual que en la Norteamerica de los años 60, la prensa cosmética sigue siendo pudorosa con las interioridades de la casta política… Esperemos que, como en el caso del otrora impoluto JFK, no tengamos que esperar medio siglo para conocerlas.
Martes, 29 de mayo
David Felipe Arranz
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Juan Luis Recio
Paulino Toribio
Ángel Sáez García
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez