El chitón de David Felipe Arranz

El fenómeno del fútbol

12.07.10 | 20:02. Archivado en Cultura y actualidad
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Sin duda estamos ante un fenómeno social que desborda y excede todos los pronósticos sociales y antropológicos. Los aficionados resuelven el enigma de la adhesión universal a este deporte con un simple “fútbol es fútbol”, pero sin duda es más que eso. Su popularidad sin competencia con ningún otro deporte, sus ingredientes característicos –una mezcla de azar y de aparente simpleza– y el arrastre masivo de millones de personas que se unen para vitorear los éxitos de una selección, merecen una mínima reflexión, más allá de las filias y las fobias concitadas en torno al balompié.

En la posguerra de una Europa que remozaba su espacio público emergiendo de sus cenizas tras la contienda bélica el fútbol comenzó a tomar un protagonismo que hasta la fecha jamás había conocido. El Real Madrid y el Manchester United se configuraban entonces como los mejores equipos y rivalizaban en los afectos de sus seguidores… hasta que el 6 de febrero de 1958 un accidente de avión de la British European Airways en el aeropuerto de Munich-Riem sesgó las vidas de la mayoría de la plantilla del equipo británico. Empezó entonces el mito, con la muerte de ocho de los dioses del balón que habían de ser inmortales, en concreto de Duncan Edwards, el prodigio inglés. Hasta seis de las diez finales ganó el competidor más duro del Real Madrid entre 1955 y 1965. El mundo entero se conmocionó y el juego se volvió más popular: el fútbol se convirtió en el esfuerzo y el sacrificio de sus integrantes, reflejo de los seguidores que arrastraba.

El fútbol se ha convertido en un elemento muy digno de proyección política de España en el exterior y en una herramienta “limpia” –hasta donde el fútbol lo es– que ha devuelto la esperanza a un país asfixiado por la indolencia, la ineficacia, la incapacidad y la ineptitud de la clase política. En medio del páramo intelectual de nuestros dirigentes, el deporte español reclama para sí un lugar que ha quedado vacío, el del liderazgo social: Alberto Contador, Pau Gasol, Gemma Mengual, Fernando Alonso, Marta Domínguez, Rafael Nadal y los veintitrés jugadores de la selección se han convertido en los sólidos referentes de una ciudadanía que ha vuelto la espalda a sus líderes políticos, quienes no han dudado en engañar a sus votantes para mantenerse firmemente asidos al poder el mayor tiempo posible y que han olvidado el compromiso social para el que fueron elegidos. Sus opiniones interesan, sus vidas, sus hechos… y ya se configura la épica de esos nombres, que corre de boca en boca, y que ha sustituido completamente borrando del discurso social a cualquier otro personaje. La opinión pública es hoy, ante todo, deportiva. Algunos a este fenómeno lo han calificado, con razón, de la Edad de oro del deporte español. El fútbol no se reduce sólo a un balón que va y viene y al que veintidós hombres dan patadas para encajarlo en la portería del equipo contrario.

Holanda ha quedado desprestigiada por su juego sucio: sus jugadas son metonimia de un país y jamás un entrenador debería aleccionar a sus jugadores para que rompieran las tibias, los peronés y los esternones de sus oponentes, porque a eso es a lo que salieron los guerreros naranjas ayer. El fútbol está determinando visiones nacionales que quedan fijadas en el imaginario colectivo y la imagen de Holanda no ha salido bien parada. El fútbol es un deporte esencialmente colectivo y colaborativo, contrario a los medros individuales y, aunque a Borges no le gustaba nada –prefería los desafíos entre cuchilleros por “una cierta nobleza que no he podido encontrar en un hombre que patea una pelota”–, por una vez y sin que sirva de precedente le vamos a quitar la razón. La afición proyecta sus anhelos, ilusiones y pasiones en los jugadores; exorciza su miserable cotidianidad de oficina, suegros e hipoteca en los nuevos guerreros de la era de la globalización.

Alguno ha aventurado la hipótesis de que el buen juego de los chavales de nuestra selección va a reactivar la economía y a ayudarnos a salir de la crisis. Tendría gracia que nuestros jugadores, ajenos por completo a la teoría económica, reactivaran nuestras maltrechas cuentas. Aunque, bien mirado, a la vista del erial en materia económica del que hacen gala el Ejecutivo y la oposición, no estaría de más darle una oportunidad a Iker Casillas y a su equipo: hasta les pueden meter una ristra de goles a Zapatero y a Rajoy a favor de España (que por cierto no estuvieron en Johanesburgo). Iniesta sería un claro ministrable de Economía y Hacienda; Piqué podría responsabilizarse de Industria; el propio Casillas, hecho manantial de emociones, de Igualdad; Villa y el milagroso lavado de imagen patrio que ha pergeñado podría dedicarse al Ministerio de Exteriores; Sergio Ramos y sus patadas de cine al de Cultura, etc.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por José Manuel Parra Aguilar 16.07.10 | 22:27

    Ciertamente, grandioso artículo David Felipe. Una vez nos preguntaste en una clase como el fútbol podía unir tanto a las masas. Creo que, después de este breve pero intenso mes lleno de partidos, has podido comprobarlo tú mismo. Y es que, como bien dices, el fútbol no son solo 22 hombres/mujeres corriendo detrás de un balón. Es más, representa aquellos valores que la gente ha perdido con el paso del tiempo: unidad, entrega, sacrificio...las personas que nos representan solo buscan el interés propio, por desgracia: unos se critican a otros y así continuamente. Con el deporte, y con el fútbol en especial debido a su fama, las personas han encontrado un prototipo digno de alcanzar y en el cual verse representado. Y es que a veces nos sentimos tan perdidos en cuanto a nuestra forma de ser que no hay mejores personas, viendo el panorama de la vida social, que aquellos que, siendo como nosotros, han conseguido alcanzar la fama.
    Un saludo muy grande, siempre tu alumno
    José Manuel

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