El chitón de las tarabillas

Un nicho submarino como espectáculo posmoderno

01.04.09 | 01:44. Archivado en Cultura y actualidad
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¡Oh, estupidez de estupideces! Todo es estupidez. Quiere este hombre del siglo XXI, de la sociedad globalizada --"mi nieta, cuando crezca, será ya una globalizada... e incluso mi nuera lo es ya", me comentaba hoy mi amigo Juan--, pergeñar la performance de los hechos más trágicos de la existencia. La anormalidad del ser actual, extraño cruce de individualismo e indiferencia ensombrecida por el ansia y la rutina, lleva a la aceptación colectiva de la institucionalización del espectáculo incluso de hechos tan espantosos como un accidente. ¿Se imaginan un tiovivo hecho de aviones caídos en la II Guerra Mundial? ¿O un tren de la bruja compuesto de vagones estrellados en un accidente en cualquier lugar del mundo en el que murieron decenas de personas? ¿Y un parque de atracciones en el que se exponen los juguetes encontrados en la pista de Barajas tras el accidente del avión de Spanair?

Pues bien, Southampton prepara una experiencia vicaria similar a la que vivieron las víctimas del ya célebre --merced en especial al cine-- naufragio del transatlántico Titanic, que duerme a 3.800 metros de profundidad en el gélido fondo del Atlántico Norte. La primera vez que tomé contacto con este accidente histórico fue a través del largometraje británico La última noche del Titanic (A Night to Remember, 1958): jamás olvidaré la tristeza que me produjo su visionado ni el descubrimiento de ver aquellos personajes que aceptaban con resignación que los latidos de su corazón estaban contados por minutos. En especial me dejó una honda impronta la imagen del ingeniero que creó aquel gigante de hierro al que venció el hielo, abrumado sobre una mesa en el salón mientras se dejaba zarandear por los quiebros e inclinaciones de la estructura, que se retorcía hasta anegar 1.500 almas.

Fue mi admirado Eric Ambler quien tuvo la audacia de adaptar al formato de la ficción cinematográfica el estremecedor ensayo de Walter Lord, publicado en 1955; fue Ambler, sí, quien abrió la caja de los truenos e impulsó los fantasmas de aquellos pobres ahogados para que emergieran de nuevo del abismo helado, obligándolos a revivir su experiencia, como en Thunder Rock (1943), de Roy Boulting, esa maravilla que he descubierto recientemente y que recomiendo: los colonos muertos mantienen vivo y cuerdo a un farero (Michael Redgrave) que fue periodista en otro tiempo, quien sabe que sólo reviviendo el relato de las desdichas de aquellas gentes, sintiendo la punzada del dolor ajeno, podrá sentir el propio pulso.

Lo digo para que no quede lugar a dudas: el tinglado que ha proyectado el Museo del Titanic de Southampton me parece repugnante, aunque haya transcurrido un siglo desde aquellos hechos, en 1912; quieren conmemorar el centenario haciendo que el visitante al museo --y cito a los organizadores de esta feria macabra sientan "lo que sintieron los pasajeros cuando la llamada 'ciudad flotante' se fue a pique". Para ello, cual reliquias que ya fueron combatidas por nuestros humanistas en el XVI --como Alfonso de Valdés en sus inteligentes diálogos--, los 5.000 objetos originales y pertenencias recuperados todos estos años, recrearán el ambiente, la vista y la atmósfera. Si hubieran localizado una burbuja retenida bajo un mamparo oxidado, no me cabe duda de que hubieran conservado su aire para venderlo embotellado en el museo a cambio de unas cuantas libras y que el "curioso" se colocara con unas cuantas inhalaciones, sólo para respirar el aire de los muertos.

Pero dejemos atrás estos argumentos de orden poético y vengamos a la prosa. Que el hombre de la posmodernidad gusta más de la prosa que del verso. Sí, recreemos --dicen en Southampton los politicastros-- los últimos momentos de los pasajeros que murieron en el Titanic, pero sin olvidar... que el barco, según el concejal de turno, "era un crucero de clase olímpica y en 2012 tendrán lugar los Juegos Olímpicos". Insisto: repugnante, propagandístico, morboso; la insoportable levedad del yo posmoderno y su agridulce voluptuosidad por el dolor de los demás, permutable en votos, poder... y riqueza (o los votos de riqueza, que diría Ignacio Castro). Es el simple final monetario del relato actual. No le demos más vueltas y no esperen más: pasen y vean, revivan aquella experiencia de 1912 de morir con el agua al cuello en el Atlántico Norte. ¿Alguien da más?

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1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Miguel 01.04.09 | 14:22

    Inteligente es el hombre... con la crisis que hay y que se anden preocupando por vestigios del pasado y objetos personales que bien estarían bajo las aguas, en la tumba del mar.

    Saludos

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