Llamo retroceso social a que en España se haya fraguado durante años una red de cerca de dos centenares de pederastas, que se dice pronto, y ¿nadie? se haya dado cuenta; llamo retroceso social a que haya movilizaciones masivas y simultáneas en todas las ciudades españolas para manifestarse contra el terrorismo y que las multitudes no salgan a la calle para denunciar esta abominable realidad que se acaba de destapar, salpicándolo todo de vileza; llamo retroceso social a que la justicia no tenga mano dura con los pederastas y que salgan a la calle con permisos penitenciarios y atenuación de la pena por buena conducta; llamo retroceso social a la prontitud con que la sociedad olvida que un niño indefenso ha sido violado y torturado, dejándolo herido y roto por dentro para toda su vida.
No, no es lo mismo, señores; no es lo mismo un huevo que una castaña. “Allí donde hay un niño, existe una Edad de Oro”, decía Novalis, y no hay nada más sublime, más puro, más esperanzador en el género humano que un niño, que tiene toda la vida por delante, que enfrenta su día a día con ojos de renovada ilusión, que cree en la magia y que carece de maldad, del torcimiento social a que conduce al individuo la comunidad en la que va creciendo. Ha de protegerse mucho para no volverse un depredador desalmado como sus congéneres. Si tuviéramos que calificar la trayectoria del hombre, a la vista de noticias como ésta no podríamos dejar de afirmar que Rousseau se equivocaba y Thomas Hobbes acertó.
Ayer por la noche me decían que también los ancianos maltratados daban lástima y hoy en el desayuno me comentan que también los animales y las mujeres sufren malos tratos. También, sí, pero no es lo mismo. No es lo mismo quien ha vivido y conocido el siglo y se ha equivocado y ha amado que un bebé que apenas ha abierto sus bracitos a la vida le sea cercenada su dignidad, pisoteada su inocencia y masacrada su integridad. Apenas le ha dado tiempo a abrir los ojos. Un niño, un hombrecito en estado puro, lleno de ingenuidad e ilusiones, de pensamientos brillantes y felices ocurrencias aún no corrompidos por los mayores, esos mayores que no les permiten soñar porque les tienen envidia. Ellos, tan aburridos. Ellos, que dan tanto asco, que huelen mal y que recurren a las más inicuas vilezas para obtener un objetivo, casi siempre de índole económica o sexual. A los niños eso les da igual: son cosas de mayores.
Hace escasos meses clamábamos contra el “Monstruo de Amsteten”, aquel viejo repugnante que secuestró a sus propios vástagos en un pueblecito de Austria para violarlos durante décadas. Como en la “Solución final” del III Reich, parece que los vecinos desconocían que a pocos kilómetros los hornos crematorios trabajaban a pleno rendimiento. Nadie parecía saber nada de esta más que desarrollada red de pederastas.
La sociedad entera es culpable. Sin embargo, aún hay esperanza en los millones de niños que pueblan el planeta y que llegarán a cuidar del mundo y de todos nosotros… si les dejan las cobardes alimañas a los que se contempla con tanta benevolencia y que tan poco estupor y alarma social causan.
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Simplemente dan asco, gentuza depravada que se atreven con los niños xq no se han atrevido con la vida, ¿qué es ésto? esto es España, un país permisivo, callado y cómplice de asesinatos, sin valores el ser humano está vacío vagando por la vida como depredadores, ya nada importa, ya no hay respeto, ya no hay ley, sólo existe la ley del que la hace, NO ES PAÍS PARA NIÑOS.
Comparto tu consternación. Depredadores de esa (y otras) índole ha habido siempre pero gracias a los medios de comunicación hoy podemos tener constancia de su existencia y vileza, aunque sólo nos señalen las puntas de nauseabundos icebergs. Lo malo es que estamos tan acostumbrados al horror, al espanto, que lo hemos asimilado y aunque los informativos puedan convertirse en el cobertizo de Ed Gein o la consulta de Jack el Destripador, el mal es algo tan común que la mayoría de la gente se ha insensibilizado.
Por otra parte, el error, el gran error, es tratar a esa gente como enfermos. Ya me pueden venir con tesinas, legislaciones o documentos científicos que aboguen por llamar "enfermedad" a lo que es una abominación. No hay argumento que defienda un comportamiento que ni siquiera vemos en los animales. Yo sueño con que esta escoria, cuando les acotan su miserable existencia entre los muros de una prisión (en el mejor de los casos), les dejen ser carnaza del peculiar código crimi...
Martes, 14 de febrero
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