Cuántas veces pasamos sin detenernos por los clásicos; cuántas “verdades” damos por sentadas ignorando la premisa cartesiana, fundamento de todo racionalismo crítico: cogito, ergo sum. Cierto es que somos enanos a hombros de gigantes, que decían en la Edad Media, y que nuestro saber se asienta sobre el conocimiento de los que nos precedieron. Pero no es menos cierto que quienes un día arrojaron luz, bien pudieron alguna que otra vez equivocarse. Es el caso del natalicio de Quevedo, aceptado comúnmente por la comunidad académica como el 17 de septiembre de 1580.
Decía que basta demorarse un poco o ni siquiera eso, para escuchar, para leer con los ojos a los difuntos, que le gustaba decir al genial autor de El Buscón. José Luis Rivas, presidente de la Fundación Francisco de Quevedo, así lo ha hecho y donde Quevedo dice miércoles, él lo ha entendido de esa forma; allí donde don Francisco habla de las Llagas del santo de Asís, también lo ha comprobado; y en los dos maravedís de luna, Rivas ha visto claramente una fase lunar, a cuya observación era tan aficionado el poeta madrileño. No me voy a entretener en su razonamiento, pero de momento sólo cabe decir que es incontestable. Dice así unos versos del romance “Parióme adrede mi madre”, que le ha servido de base a Rivas, poema ignorado por los historiadores:
Parióme adrede mi madre,
¡ojalá no me pariera!,
aunque estaba cuando me hizo,
de gorja naturaleza.
Dos maravedís de luna
alumbraban a la tierra,
que por ser yo el que nacía,
no quiso que un cuarto fuera.
Nací tarde, porque el sol
tuvo de verme vergüenza,
en una noche templada
entre clara y entre yema.
Un miércoles con un martes
tuvieron grande revuelta,
sobre que ninguno quiso
que en sus términos naciera.
Así se define Quevedo en este romance que contiene alusiones cifradas por el poeta referentes a su natalicio; Quevedo proponía una vez más un enigma, en un tiempo en que los lectores eran capaces de descifrarlo. Ahora han tenido que transcurrir cuatro siglos para establecer definitivamente su nacimiento, el miércoles 14 de septiembre de 1580, día en que a San Francisco se le imprimieron las llagas que menciona el escritor en una informativa carta a Sancho de Sandoval. Para más detalle, acudan al último número de La Perinola. Revista de investigación quevediana.
Sólo hace falta la paciencia de leer y un infinito amor a la literatura y a su transmisión. De devorar el saber anterior para volcarlo en nuevos moldes, para hacer funcionar la cadena del conocimiento. No se trata sólo de una fecha: se trata de descubrir que Quevedo confió a la metáfora que le brindaba la teología y la astrología el juego secreto de su cumpleaños.
Enhorabuena, querido José Luis.
Viernes, 21 de noviembre
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