El chitón de David Felipe Arranz

La vergüenza europea

19.06.08 | 18:57. Archivado en Cultura y actualidad
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Me siento avergonzado de ser europeo: ayer se ha aprobado la directiva europea sobre inmigración ilegal que contempla, entre otras cosas, en su artículo 14 el derecho de los estados a retener durante seis hasta dieciocho meses a los menores de edad en centros de inmigración ilegal. Para este despliegue, la UE ha reservado 676 millones de euros del Fondo Europeo de Retorno, eufemismo que trata de ocultar el presupuesto que se invertirá para la expulsión de millones de inmigrantes sin papeles que sostienen parte de la economía de cada país. Fondo Europeo de Retorno. Me gustaría saber cuánto invirtieron en el inexistente Fondo Europeo de Acogida y Regularización cuando les interesó.

Acaba de presentarse Incisiones, de Cecilia Dreymüller, magnífico ensayo publicado por Galaxia Gütenberg / Círculo de Lectores, en el que Dreymüller analiza con agudeza y rigor los movimientos sociopolíticos de Alemania después de la II Guerra Mundial hasta nuestros días. Los escritores, desde Thomas Mann a Günter Grass, se desnudan ante los hechos genocidas que cometieron los dirigentes del partido nazi para deportar y exterminar a seis millones de judíos. Antes de denominar a este conjunto de medidas "solución final", los jerarcas asesinos la llamaron reinstalación. Goering le dijo a Heydrich en carta fechada a 31 de julio de 1941 que tomara las medidas oportunas para llevar a cabo la “emigración y evacuación” del pueblo judío al este de Europa. En aquella ocasión se indicaba el lugar de destino aproximado; el texto votado en el Parlamento Europeo, sede de nuestra democracia internacional, dice que se expulsará a los menores no acompañados a terceros países, así, sin especificar. No me parece una comparación baladí ni exagerada, porque los tiempos políticos que estamos viviendo, admitido a trámite el proyecto de ley de ampliación de las horas semanales de trabajo hasta 60 y 68 horas, superan las expectativas más funestas.

Pero nuestra literatura no es inculpatora; antes bien, el libro de Dreymüller viene a llenar un inexplicable vacío que revela el enorme desinterés de nuestros estudios por la literatura política y social. Lo nuestro es practicar el deporte de la tele, como Berlusconi, donde salvando las imágenes de los informativos que muestran los cadáveres de los subsaharianos flotando en las costas del Sur, apenas hay espacio para el debate sobre el racismo, la xenofobia y la ausencia de política de inmigración.

Mientras, los irlandeses han votado no al Tratado de Lisboa y en el hemiciclo europeo de Estrasburgo se ha votado sí a la expulsión masiva, a manera de improvisada y apurada solución final para el problema de los inmigrantes ilegales. Así da carpetazo Europa a la apertura de par en par de las puertas a la inmigración sudamericana y africana para mantener trabajos que los ciudadanos europeos rechazaban: vulnerando los más elementales derechos humanos, empezando por el de la libertad y terminando por el del hogar. Directiva de retorno, lo llaman. Tras la despreocupada e inexistente política de integración de hace quince años, llega ahora la política de represión. Díganme si dieciocho meses en la cárcel es o no un tiempo desproporcionado y descalificativo del proceso que permite que un inmigrante sea expatriado.

Por otro lado, con la normativa de negar el regreso al territorio europeo durante un lustro, se le añade el gravamen de que estas personas no podrán jamás pedir asilo político en Europa si son perseguidos en sus respectivos países o perderán de vista durante este tiempo a aquellos familiares que sí estén regularizados y con los que haya vivido. Por supuesto, los organismos internacionales y el Gobierno de Estados Unidos no atajan la raíz del problema: la perpetuidad de los dictadores bananeros de estos países en vías de desarrollo.

A la vez, concedemos el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales al semiólogo búlgaro Tzvetan Todorov, autor de dos formidables aldabonazos éticos –tras sus primeros trabajos en el ámbito de la Teoría de la literatura– como Memoria del mal o Las morales de la historia.

¿Cabe mayor cinismo? Quizá sí: todo es cuestión de esperar. Con las sesenta horas semanales que ha pedido para toda Europa Berlusconi, el tipo que trata ahora de blindarse jurídicamente con una ley que impedirá juzgar a los dignatarios políticos, habrá tiempo para idear más despropósitos y el diablo matará más moscas con el rabo. Y si tienen las espaldas mojadas, mejor que mejor.

4 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Elena 22.06.08 | 17:18

    Desde luego que es para sentirse avergonzado las cosas que están ocurriendo y cómo se está tratando al ser humano.

  • Comentario por juan a. 20.06.08 | 23:49

    Gracias por reflexión tan lúcida... No cabe duda alguna de que el día en que electrifiquemos nuestras fronteras (y da la impresión de que la expresión no es una mera metáfora), habremos perdido todo vestigio de humanismo. Y un ser humano que se despreocupa de los otros, está ya bajando peldaños en su humanidad.


  • Comentario por Dorothy 20.06.08 | 23:07

    Por cosas como estas cada día me siento más avergonzada del ser humano y de ser humana.

  • Comentario por ELphin 20.06.08 | 08:53

    Para una cosa de sentido común que sale de Bruselas en lustros...
    La demagogia se paga, empezando por la comparación criminal con la solución final nazi -por mucho menos se ha condenado a un locutor de radio-. Muchos dictadores africanos y americanos siguen riéndose en sus poltronas gracias a la actitud suicida y acomplejada de Europa.

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