El chitón de las tarabillas

A Indiana Jones se le adelantaron en Machu Picchu

06.06.08 | 22:20. Archivado en Cultura y actualidad
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David Dodge fue uno de los escritores norteamericanos más célebres del género negro y de aventuras en Estados Unidos; en una de ellas, Plunder of the sun (El robo del sol), Al Colby recibe en el parque una singular petición del enfermo Alfredo Berrien, al que acompaña su asistenta, una bella muchacha latina, Ana Luz, “de ojos grandes y oscuros, sedoso cabello negro, piel brillante y figura esbelta”. A cambio de mil dólares, Colby ha de transportar un misterioso paquete de Chile a Perú en el barco americano Talca. Se trata, según el avejentado Berrien, de restituir a Perú un objeto que sacaron del país violando las leyes peruanas y que terminó en territorio chileno, de donde –a menos que sea a través del contrabando– no podrá volver a su lugar de origen. Ahora parece que la fortaleza de Machu Picchu fue saqueada por un aventurero alemán, Augusto Berns, en 1864, con la colaboración del gobierno peruano, que se quedaba con el 10% de las joyas esquilmadas y sacadas del país por el hábil teutón.

Me divierten mucho los críticos literarios que desechan la literatura pulp o novela de quiosco porque dicen que su categoría es muy inferior a la literatura “seria”. Una y otra vez he tenido que escuchar esta tontería de labios de circunspectos académicos y catedráticos cuando me han visto con la obra de David Dodge en las manos, con la de Silver Kane (Francisco González Ledesma) o con la de Ian Fleming. Lo que voy a decir seguramente a ellos les parecerá una herejía digna del más furibundo anatema, pero la arquitectura de este tipo de ficción, asentada sobre la acción más que sobre la introspección psicológica, ofrece una enorme satisfacción al lector y no está exenta, ni muchísimo menos, de momentos brillantes a la altura de la gran literatura. Ni que decir tiene que son mejores –o, al menos, a mi me lo parece– que decenas de estas novelas juveniles que colapsan las estanterías de las librerías y a las que, en España, últimamente somos tan aficionados.

No quiero citar nombres, pero el modelo lo conocen de sobra: joven ofuscado que malvive junto a su pareja en un pisito de alquiler, se busca la vida en trabajos mal pagados que lo conducen a la frustración y al nihilismo perpetuo y que termina volcando sus anhelos en un diario. La identificación entre el autor –casi siempre primerizo— con el protagonista es absoluta, y el final abierto –claro– deja al lector que ha conseguido llegar al final con unos enormes remordimientos por haber empleado su tiempo en semejante pastiche. A Lucas y a Spielberg les ha llevado diecinueve años hacer algo similar en el cine con esta película, en la que Indiana le ha llegado el cambio generacional: la coprotagoniza un adolescente, su hijo, al que encarna sin convicción el televisivo Shia LaBeouf. Connery, que a veces --no siempre--, tiene buen olfato a la hora de elegir los proyectos, sabía lo que hacía quitándose de en medio.

Está claro que ya no estamos en un tiempo de héroes y que el estreno de Indiana Jones, el guión de David Koepp, ha venido a subrayar la pérdida de la sutil capacidad observadora del aventurero. Hasta el canciller peruano, José García Belaunde, ha animado a los espectadores a que no vayan a verla: los errores garrafales, como el hallazgo de la ciudad maya en medio de la selva amazónica, las rancheras –propias de México– que cantan en Perú o la afirmación que hace Indiana de haber aprendido quechua junto al mexicano Pancho Villa, cuando se trata de la lengua del pueblo inca, predispone a elegir un plan alternativo. Cuando Jerry Hopper, Ranal MacDougall y Boehm Maximum decidieron aventurar a Harry Steele por las ruinas de Machu Picchu para filmar un modelo de género del que bebieron hasta emborracharse Spielberg y Lucas, nació el padre de Indiana Jones: El secreto de los incas (The Secret of the Incas, 1954) es un indiscutible trabajo que marca el hito de la narrativa que combina arqueología, selva, aventuras y codicia. Antes que Harrison Ford, Charlton Heston sedujo a una ambigua heroína en cuyos ojos no se distingue la ambición del torrente selvático. Pero Hopper lo hizo mejor que Spielberg y Koepp: incorporó para la música a la maravillosa voz de Ima Sumac, que hizo además un enigmático papel, que no era mexicana, como las rancheras que tocan en la nueva entrega de Indiana Jones, sino nacida en el pueblecito de Ichocán, en Cajamarca (Perú).

“Incluso una mujer sencilla cambia de aspecto cuando se está arreglando el cabello. La enfermera de Berrien no era una mujer sencilla”, observa Al Colby, al que espera una impresionante aventura inca. Ahora que los mimbres del cine y de la literatura comercial ya no se trenzan con la materia de lo original para aportar mayor verosimilitud, sentimos que el doctor Jones añora los viejos tiempos: seguramente Indi eche de menos a David Dodge, a Jerry Hopper e incluso a Lawrence Kasdan , el guionista de esa obra maestra a la que ni su propio autor, Steven Spielberg, es capaz de superar: En busca del arca perdida. Hay genialidades que marcan para toda la vida.

En cualquier caso, jamás sabremos cómo era la maravillosa fortaleza inca en realidad. A Indiana, el bondadoso y benefactor arqueólogo que restituía a los museos las antigüedades por las que se jugaba la vida, se le adelantó en la vida real Berns, el alemán desvalijador, y se llevó todos los tesoros a la vieja Europa, repartiéndolos aquí y allá. Mucho nos tememos que Jones, en baja forma, esté más agotado que nunca.

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