Estos días estamos recordando a “La Voz”, uno de los artistas más importantes del siglo XX y cantante seguido por generaciones. De él dijo Billy Wilder en una ocasión que si se hubiese centrado en una vertiente de la profesión del espectáculo en vez de dispersarse entre la música, el cine, los coqueteos con la política y la mafia y la gestión de casinos, “este talento en el cine sería formidable”. Sin embargo, con todo lo que hizo, podemos espigar un grupo de filmes protagonizados por Sinatra provenientes de excepcionales novelas herederas de la narrativa de Hemingway y John Dos Passos, la Generación perdida. Sin duda, el líder del “Rat pack” sabía lo que se hacía a la hora de elegir proyectos: olfato no le faltaba.
Dicen que Ava Gardner facilitó el contrato de Sinatra con Columbia para formar parte del reparto de De aquí a la eternidad (From Here to the Eternity, 1953), de Fred Zinnemann, filme por el que obtuvo –por presiones de la mafia a los académicos, dicen las malas lenguas– el Óscar al Mejor Actor Secundario, que ahora llaman de Reparto. La novela original fue publicada por James Jones en 1951 y en ella recoge el desengaño generalizado entre las tropas respecto al Alto Mando en los Barracones Schofield, en Hawai, momentos antes del ataque nipón a Pearl Harbor. Angelo Maggio (Sinatra) es un soldado raso que se ejercita junto a otros jóvenes cadetes, como Prewitt (Montgomery Clift), con mucho carácter y dignidad a raudales, que tras ser encerrado por altercados nocturnos, muere reventado a golpes en el calabozo por el guardián que han designado los responsables del cuartel, el brutal y asilvestrado Fatso que tan magníficamente interpretó Ernest Borgnine. La novela original de Jones pertenece al grupo de obras que surgieron a mediados de la década de los años 40 como protesta, no precisamente contra la contienda, algo que achacaban al propio decurso de los acontecimientos, sino contra el propio ejército, contra una jerarquía militar férrea y represora que contrastaba poderosamente con la democracia norteamericana, algo que De aquí a la eternidad pone de manifiesto de forma contundente.
Obviamente, Sinatra sentía predilección por James Jones, ya que decide protagonizar otro largometraje en 1958 cuya novela original fue escrita un año antes por el mismo autor, Como un torrente (Some came running) y que dirigió con su habitual maestría Vicente Minnelli. Forma, qué duda cabe, un díptico con la novela anterior, por cuanto sigue la vida de quienes hartos de las injusticias de barracón y los malos tratos, abandonaron la milicia y regresaron a su antiguo hogar, a su provincia, llenos de frustración. En el caso de Dave, el Ejército trunca una prometedora carrera de escritor y corroído por el desamparo se abandona entre las francachelas nocturnas que le ofrece el villanchón de Indiana de donde salió hace dieciocho años. Sinatra da vida al desamparado ex militar con una sorprendente convicción y traslada a la pantalla toda la fuerza de un personaje amargado que, apenas sin hablar, deja entrever años de humillaciones y de malos tratos en la Armada Norteamericana. Se trata del mismo poso de amargura que destilan los protagonistas de las novelas de Norman Mailer, James Michener o Irwin Shaw, que inspiraron magníficos largometrajes.
Sinatra se atrevió a afrontar las confrontaciones de la Guerra Fría y los enfrentamientos de los partidos políticos, republicanos y demócratas, en la excepcional El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, 1962), de John Frankenheimer, nacida de la aún más excepcional novela homónima de Richard Condon, recomendabilísima reflexión acerca del poder manipulador de masas de los ideólogos, quienes se sirven de figuras maternales para perpetrar sus horrendos crímenes, magnicidios y genocidios, novela de obligada lectura junto al visionado de esta incómoda película para quienes en Estados Unidos sienten el espanto de su propia amenaza. Sinatra encarna al mayor Marco, quien desenmascara al manipulado candidato "manchú" (Laurence Harvey), víctima a la vez de su propia madre y del enemigo, conducido por la dama de diamantes de la baraja de unos naipes de los que se sirven desde el Instituto Paulov de Moscú. Obviamente, el riesgo que asumía “La Voz” al meterse en la piel del personaje en una trama semejante era directamente proporcional a la andanada sociopolítica que implicaba y que conscientemente apoyó en pleno gobierno demócrata de J.F.K. La novela y por consiguiente el filme es un golpe contra el falso conservadurismo del partido republicano, que esconde nada menos que vinculaciones directas con la Rusia de Khruschev.
No podemos cerrar esta reflexión de las vinculaciones de Sinatra con la literatura social de su época, con su compromiso ideológico, sin citar su espléndido papel de Frankie Machine, el heroinómano de El hombre del brazo de oro (The Man with the Golden Arm, 1955), joya de Otto Preminger basada en la novela homónima de Nelson Algren de 1949, un hito de las letras norteamericanas surgidas tras la crisis de 1929; de nuevo, la incapacidad de reinserción social del protagonista y la felonía de esposa, que finge parálisis, plantea un doble y furibundo fracaso del hombre norteamericano: el social y el sentimental. Algren escribió uno de los pasajes más estremecedores de la narrativa norteamericana en Never Come Morning (1942), cuando se atreve a recoger en su novela la violación colectiva de la protagonista por parte de la pandilla del barrio, inclusive el chico del que está enamorada.
Es el fracaso más absoluto de los ideales el que expone con agudeza y frialdad impasible Algren en estilo naturalista, el mismo que atrajo a Sinatra y con que el cine buscó su expresión más poderosa, cuando la gran pantalla comenzaba a dejar de ser tan dulzona y las comedias de Frank Capra dieron paso a una realidad siniestra en la que se implicó Frank Sinatra, aquel artista que dedicó un espacio de su azarosa vida al cine social, a la literatura poco generosa con el poder.
Por eso, además de por su maravillosa voz, disfruto con su cine: porque nos invita siempre a estar alerta ante la dormidera de esa construcción teórica llamada Estado de bienestar. Tras el Frankie frívolo que acumulaba disparatadas juergas en Las Vegas y derroche de oropel, alcohol y mujeres se parapetaba otro más tímido, comprometido e infinitamente más interesante, ligado a la literatura más activista. Dicen que era conservador: yo no me lo termino de creer.
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Frankie no compuso ni una sola melodía, pero con su voz de barítono hizo suyas todas las palabras del mundo, las que sentimos y las que no sabemos que sentimos. Más allá de ser un icono de la cultura universal del siglo pasado, Frank Sinatra fue uno de los verdaderos dioses de todos los tiempos porque tenía y sigue teniendo el poder o el don de hablarnos a millones de personas pero cada uno sintiendo que le habla sólo a él, con esa intimidad extraordinaria que convierte la comunicación en confidencia, no en confesión.
"I´m losing" fueron las últimas palabras que pronunció La Voz. Su epitafio reza algo más positvo: "The best is yet to come."
He de recordar que uno de los mejores momentos que nos dió Frank Sinatra fue la reconciliación de Dean Martín y Jerry Lewis en el maratón televisivo del día del trabajo en 1976. Lo último que Dean Martin le había dicho a Jerry Lewis e 1956 fue: "Para mí no eres más que un fajo de billetes". Sinatra fue el mago que obró el reencuentro.
Sábado, 18 de febrero
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