Estimada Ministra:
Con la complicidad que me brinda la juventud que vd. comparte, la ventaja de la edad lozana y la desventaja de la falta de experiencia y de conocimiento respecto de nuestros mayores, quiero hablarle de igualdades, sí, y de desigualdades también; pero quiero hacerlo desapasionadamente, de una forma distanciada, como se abordan estos asuntos de Estado que competen al buen gobierno de una nación. Pues, Ministra, mejor es el alejamiento que la implicación emocional, la que puede llegar a pulverizar las coronarias del vehemente, del que siente que su razón se encuentra desamparada. En política –y en casi todo en la vida, menos en el amor– mejores son las distancias largas que las cortas; seguro estoy de que vd. también está de acuerdo en esto, pues su discurso y su expresión denotan en primer lugar perspicacia e inteligencia, grandes ausentes en nuestra clase política.
El Ministerio de Igualdad, isla de Utopía acaso escapada del célebre texto de Tomás Moro, ha abierto sus puertas en esta nueva legislatura. Sé, Ministra, que vd. apuesta por el diálogo social, lo dice en su blog al que con gran acierto no ha renunciado: “Es el momento de la igualdad”, reza el título de su artículo -o post, qué horrendo anglicismo-- de 30 de abril, que he leído con sumo interés. En él habla de la lucha que aún nos queda a todos para equiparar las condiciones laborales de hombres y de mujeres. De acuerdo con eso, Ministra, de acuerdo al cien por cien, pero me preocupa, y mucho, otro tema.
Creí que con el nombre del nuevo ministerio en algún momento aparecería sobre el tapete el engorroso, doloroso, inicuo y lamentable asunto de la desigualdad social, no de sexo, sino de algo que creíamos haber abolido con el ancien régime: la sociedad de clases, la segregación en estamentos, la división en categorías humanas, la compartimentación de las cualidades -¿?- para formar grupos de personas en el trabajo; sí, Ministra: en el trabajo.
Permítame que deslice alguna reflexiones para concretar un poco más lo que quiero transmitirle: el sistema de producción occidental, y el español es el que centra nuestro interés, ha erigido un aparato que podríamos denominar de consentimiento social que asegura la hegemonía de la clase dominante, de la clase dirigente, del poder capitalista. Son los que se encuentran en la cúpula directiva y en los consejos de las grandes corporaciones los que deciden sobre las vidas de millones de personas cada día. Deciden ellos porque han de legitimar de alguna forma su dominación ilegítima y revestirla con conciencia de clase, con desprecio de clase..., con desdén de clase.
Ministra, ya hemos salvado el escollo del binomio entre razón y religión a favor de la primera. Nos queda la tarea de luchar contra la verdadera desigualdad, la que más allá de las fronteras provenientes de la diferencia de sexo engloba a hombres y a mujeres, sin distinción: la desigualdad social y laboral. Le aconsejo que también profundice en ese campo, que no lo desampare... porque al igual que yo, que sencillamente me encuentro huérfano de tutela por parte del Estado en este punto, millones de españoles también sienten que aún se ha de derrocar el feudalismo.
¿Cómo resolver la desigualdad entre los hombres, Ministra? Defienda los intereses no sólo de las mujeres, sino del proletariado, que lo forman por igual, esta vez sí por igual –vd. lo sabe mejor que nadie-- hombres y mujeres. En algún punto de nuestra historia nos alejamos de nuestra igualdad, de la equidistancia enre unos y otros, de nuestro estado natural; parece, Ministra, que cuanto más conocimiento acumulamos, más nos distanciamos –a pesar del “acercamiento” que brindan las TIC— del objetivo último: la realización social del hombre.
La cuestión de la desigualdad moral ya la propuso Rousseau en 1754 en el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres: “la desigualdad moral o política depende de una especie de convención y se halla establecida por el consentimiento de los hombres. Ésta consiste en los diferentes privilegios de los cuales gozan algunos en perjuicio de los demás, como el ser más ricos, más honrados, más poderosos que éstos o en condiciones de hacerse obedecer”. ¿Acaso los que mandan, Ministra, valen más que los que obedecen? Su sabiduría, su virtud y su fuerza de cuerpo y de espíritu ¿se hallan acaso en mayor proporción en los individuos que ostentan el poderío o la riqueza? Se lo preguntaba Rousseau. Qué incomodidad, qué cuestiones tan espinosas, la verdad.
Eso de vivir en un mundo más libre y más igualitario, el que vd. desea y así lo expresó en la toma de posesión de su cargo, está aún lejos de verse realizado. Estoy convencido de que su equipo se está empleando a fondo en trabajar contra la Nueva Edad Media. La democracia es, ante todo, igualitaria, basada en la soberanía popular, es expresión de la voluntad general. No convirtamos ese esfuerzo en una reválida de la guerra de los sexos. Vuele más alto, Ministra, a vista de un águila joven y enérgica: trascienda las diferencias de sexo y sitúese por encima, lance cada día una serie de andanadas a la línea de flotación del monstruo de la desigualdad social.
La desigualdad, Ministra, vd. lo sabe mejor que nadie, es una categoría jurídico-ética, asentada sobre las diferencias provenientes de las relaciones sociales de clase. Las clases dirigentes –grandes empresarios, presidentes de emporios mediáticos, financieros multimillonarios – afirman que ellos tienen más derecho a la propiedad y a la riqueza porque no somos iguales, que la igualdad no es una cuestión natural e ineluctable, sino que la sociedad entera, hombres y mujeres, deben renunciar a ella en su favor. Dígales que están equivocados, Ministra. Dígales bien alto, a gritos si es preciso, que su Ministerio no es una utopía.
Con toda cordialidad y con la esperanza del prometido cambio social se despide.
David Felipe Arranz
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Amigo bloguero,has tocado un tema delicado. Casi nada, igualdad y libertad. Esto no se arregla con la creación de un ministerio dirigido por una inexperta. La libertad tutelada por estos gobiernos socialdemocratas choca con el concepto igualdad. Primero igualdad porque previamente todos tenemos la misma libertad, y esto no sucede aqui.Esto solamente tiene solución, como escribió Rousseau "con una vuelta a la naturaleza y una educación que fomente el individualismo y la in dependencia del hombre", porque, como dice Alexander Berkman "la igualdad no significa la misma cantidad sino la misma oportunidad".
No obstante, apoyo tu carta a la Ministra, aún convencido como estoy que este Ministerio más que una utopia es una excentricidad inutil. Salud. Joaquín
(...) educación, no sólo gratuita y puesta al alcance de todos sino obligatoria para todos, las ideas crecerán y es necesario que la igualdad crezca con ellas; la igualdad, en lugar de permanecer con los pies hundidos en el barro, debe asentarse en las más altas cumbres; una gran nación no debe reconocer más que la igualdad que eleva, y no la que rebaja; la igualdad que rebaja no es la del titán, sin la del bandido; no es el lecho caucasiano de Prometeo, sino de Procusto. ¡Eso es la IGUALDAD!”. Estas palabras fueron recogidas por Alejandro Dumas padre, y pertenecen a un discurso del Conde de Cagliostro pronunciado bajo las baldosas donde se construían las barricadas de la revolución. Si este hombre viviera ¿qué diría de este nuevo Ministerio de Igualdad? Quizá preguntaría si está en proyecto un Ministerio de la Libertad y otro Ministerio de la Fraternidad.
“La igualdad es la abolición de todos los privilegios transmisibles; el libre acceso a todos los empleos, a todos los grados, a todas la jerarquías; la recompensa concedida al mérito, al genio, a la virtud; dejará de ser la herencia de una casta, de una familia o de una raza; por eso el trono, suponiendo que quede un trono, no es, o más bien no será más que un puesto más elevado al que podrá llegar el más digno, mientras que en los grados inferiores y según sus méritos, se detendrán los que sean dignos de los puestos secundarios, sin que para reyes, ministros, consejeros, generales, jueces, tengan que preocuparse de dónde proceden. Por eso, realeza o magistratura, trono de monarca o sillón de presidente, no serán la herencia de una familia: serán ELECCIÓN. Para el consejo, para la guerra, para la justicia, no habrá ya privilegio, sólo APTITUD. Para las artes, para las ciencias y las letras, ya no habrá favor, sólo CONCURSO. ¡Esa es la Igualdad social! Luego, a medida que con la educaci...
Sí, a mi me parece muy bien el Ministerio de igualdad, pero se lleva luchando por ella desde el inicio de nuestros orígenes y veo que no se ha avanzado mucho, que la sociedad en un nivel teórico reconoce la igualdad, pero en la praxis no. Sólo hay que echar un ojo a las empresas para corroborar las discriminaciones que sufrimos las mujeres.
Bueno Ministra, no lo tiene tan difícil porque algo si se ha avanzado: Platón en El Timeo nos equiparaba a la categoría de las plantas.
Desde la Declaración de la igualdad de los derechos del hombre y del ciudadano, 1798, poco se ha hecho: se siguen considerando injusticias ciertas desigualdades, pero nadie ha sido capaz de solucionarlas.
Un arduo camino tiene usted, señorita ministra: espero que le vaya bien en esta empresa en la que se ha aventurado, porque los españoles lo necesitamos.
Viernes, 17 de febrero
David Felipe Arranz
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Ángel Sáez García
Paulino Toribio
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Carlos Ferrer
José Donís Català