El chitón de David Felipe Arranz

Leopoldo Calvo-Sotelo o la inconveniencia de la cultura

10.05.08 | 22:51. Archivado en Cultura y actualidad
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Un presidente culto tiene todas las papeletas para despertar la animadversión de la clase política y obtener la etiqueta de aburrido. El ex presidente Leopoldo Calvo-Sotelo fue, ante todo, un hombre de pensamiento, de un vasto conocimiento que abarcaba desde las matemáticas a la astrofísica, pasando por la historia del arte o la literatura. Quizá por eso, cuando fue investido presidente del Gobierno, Suárez se marchó inmediatamente de vacaciones a la isla de Contadora, en Panamá, sin dejarle orientación alguna de lo que debía hacer con su responsabilidad, la más alta a la que puede aspirar un político. Calvo-Sotelo no pudo contar con la experiencia de Suárez, pero sí con su bagaje y su propia formación.

Estaba llamado a ser un hombre culto: sobrino no sólo del asesinado José Calvo-Sotelo, político derechista cuya muerte fue el detonante de la Guerra “Incivil” --la justificación que Franco necesitaba para sublevarse y rebelarse contra la II República--, sino del célebre dramaturgo Joaquín Calvo-Sotelo, Leopoldo fue desde su juventud un hombre con inquietudes de conocimiento, lo que le llevó a leer la encíclica de Pío XI que había censurado el dictador, Con ardiente preocupación (Mit brennender Sorge, 1937), un aldabonazo contra la extrema derecha hitleriana, y a discutirla en su casa, nacionalcatólica, con los problemas que le acarreaba.

Muchos son los testimonios de su interés por la música, la literatura, el arte... Ahí están para comprobarlo sus libros de memorias y conversaciones: Memoria viva de la Transición, Pláticas de familia, Cinco lustros apenas: 25 años de economía y sociedad española, Sobre la transición exterior, Papeles de un cesante: la política desde la barrera, etc. No en vano, su padre, también llamado Leopoldo, escribió Ribanova, El libro español en América e Historias de suicidas. El origen coruñés de la familia también fue determinante a la hora de contemplar el mundo a través de una visión distanciada y humorística. Ribanova (1928), novela atravesada por el humor de la llamada “La otra generación del 27”, recoge un delicioso cuadro de costumbres de la Ría de Ribadeo.

Fue Calvo-Sotelo un dirigente europeísta, que sabía que la única manera de modernizar el país era afrontándola mediante un espíritu ilustrado, que mirara hacia Europa. Simpatizó con Francia, de cuyos enciclopedistas tanto había aprendido, convirtiéndose después en ministro para Asuntos Exteriores durante las difíciles negociaciones de la entrada de España en la Unión Europea y en la OTAN. Con estos mimbres, el buen talante del futuro jefe del Ejecutivo estaba determinado por la literatura y el humor. Los que lo conocieron afirman que hacía gala de una fina ironía gallega. En una ocasión, en el interior del ascensor del Congreso se produjo una anécdota que muestra ese agudo sentido del humor; Calvo-Sotelo subía en el elevador junto a Julián Lago y a Ramón Pi y éste, ignorante de que el interpelado había padecido la poliomielitis, advirtió al presidente: “Leopoldo, ¿estás cojo?”, a lo que el jefe de Gobierno le respondió lacónico, “No estoy cojo: lo soy”.

Esta agudeza de la risa proveniente de la solfa de los propios defectos sólo la encontramos en Quevedo, cojo ilustre de quien fue deudor y seguidor; algunos llegaron a memorizar el soneto que escribió contra el ex ministro de Cultura e historiador Ricardo de la Cierva, quien se empeñó en zaherir con saña en las páginas del diario Ya al entonces ex presidente; dice así la composición que Calvo-Sotelo le dedicó:

Ayer, en su cacatio matutina
que tan píos sermones nos reserva,
me dicen que Ricardo de la Cierva
vuelve a insultarme tanquam medicina.

¿Qué tengo yo, que mi persona inclina
pluma tan docta a la pasión proterva?
¿Qué tengo que tan lúcida Minerva
conmigo disparata y desatina?

Mira, Cierva, que en coplas y sin ganas
correspondo a tus cóleras insanas
y ni te tomo en serio, ni me enojo.

Mira que de color y de adversario
conmigo te equivocas por sectario:
fui ministro contigo y no soy rojo.

Genio y figura los de Leopoldo Calvo-Sotelo. Descanse en paz y nosotros sigamos acaso más huérfanos de una clase dirigente que brilla por su necedad, su boca caliente y que cojea también mucho, sí, pero de las neuronas; una clase política que confunde la reflexión, la moderación y la discreción con lo inane, país éste de alharaca y exhibicionismo. Quizá en otro contexto y lugar su papel crucial en la Transición hubiera sido reconocido por la historia (siempre que no hubiera sido escrita, claro está, por Ricardo de la Cierva), mas reunió en su persona todos los inconvenientes de ser en España un político inteligente, perspicaz... y encima culto.

A quién se le ocurre, don Leopoldo.


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