El horror de Amstetten
09.05.08 @ 00:26:28. Archivado en Cultura y actualidad
Hemos dejado atrás, demasiado atrás, el siglo XX, aquel periodo que hizo que el hombre se preguntara, a la vista de los totalitarismos, qué papel juega la razón en la aventura humana y cuál es la relación que guarda la filosofía con los hechos de la humanidad. Fue la del siglo XX una centuria comprometedora, que puso en jaque la capacidad del ser humano de alcanzar metas nobles, haciéndolo descender a los abismos más insondables del horror.
Una ola de espanto golpeó Europa entera, que se estremeció, retorciéndose de dolor, ante el genocidio del III Reich. Lo dejó escrito el dramaturgo comunista Bertolt Brecht en El resistible ascenso de Arturo Ui (1941): “Hombres, no os alegréis de la derrota de los que nos dominaban hasta hace poco. Aunque el mundo se alzó y detuvo al bastardo, la perra que lo parió está de nuevo en celo”.
Estas preguntas formuladas al albur de la apisonadora totalitaria cuestionaron, incluso, el destino del hombre, entregado al cainismo más descarnado y sistemático, la primera vez acaso que el hombre planificó científicamente la manera de exterminar a sus semejantes, anulando, de paso, el pilar básico de toda socialización: el diálogo. La posibilidad, sin embargo, que tenía el hombre de demostrarse a sí mismo que podía comportarse como un hombre fue rechazada, destinada a la muerte, a las penumbras de la razón y al dolor. El hombre eligió para sí el peor de sus múltiples rostros con plena libertad, con absoluto conocimiento de lo que hacía. No nos engañemos, la culpa de Hitler es la culpa del mundo entero, de algunos empresarios de Estados Unidos –cuya maquinaria y tecnología fueron importadas en la década de los años 30 por Alemania–, de Winston Churchill –que en una ocasión puso al führer como ejemplo de mandatario, antes de que estallara el conflicto–, y de la Santa Sede –que firmó un concordato con él–.
La voluntad maligna guía, qué duda cabe, en muchos momentos la conducta de los hombres. La voluntad maligna, la demostración de su existencia, supone, cierto, un escándalo y es mejor no revolver en ello. Kant, Schelling y Hegel, nada menos, la rechazan. El idealismo alemán se opone a que tal concepto exista. Pero existe, tozudo, y se resiste a ser negado con su presencia en la realidad misma. El esfuerzo de coherencia se desbarata y el mal entra por la puerta grande, salpicándolo todo de espanto y de muerte. Lo acabamos de comprobar con Josef Fritzl, el delincuente que secuestró y violó durante más de dos décadas a su propia hija, con la que tuvo siete criaturas. Un electricista jubilado, un perfil que parece extraído de los horrores surgidos tras la Segunda Guerra Mundial y sacados a la luz, cadáveres putrefactos, por los escritores: funcionarios anodinos que llevan en sí la semilla del mal.
Secuestro y terror subterráneo. Ahora los vecinos, los inquilinos que vivieron en el piso superior de la Casa del dolor –que hubiera dicho H.G. Wells– dicen que escuchaban ruidos extraños... durante 24 años que duró el cautiverio de las víctimas del espantoso individuo de Amstetten. No están exentos de culpa. Tampoco su mujer Rosemarie, que no sabe o no quiere distinguir por teléfono entre la voz de su hija, que afirmaba que había abandonado otro niño más a la puerta de su casa, y la de su marido, quien hizo en realidad esa llamada. Adoptó tres de sus hijos nietos y con la poco avezada Rosemarie tuvo "oficialmente" siete hijos. Lo de su mujer se llama omisión. O sumisión. O simplemente imbecilidad.
Nos entregamos a los rodeos, provocados por el rechazo de pensar en el mal y está ahí, dispuesto a no ser ignorado: debe ser urgentemente integrado en las categorías del pensamiento. La voluntad maligna actuando en una sociedad regulada produce desajustes de tipo ontológico, referidos a las concepciones clásicas de la sociedad y del hombre. Hannah Arendt lo explicó muy bien en Eichmann en Jerusalén, pero le volvemos la espalda porque nos provoca un temor cerval pensar que eso es el hombre.
La voluntad maligna vuelve a demostrar su capacidad activa y reglamentada de destrucción. Al ignorarla, al negarnos a estudiarla una vez más ante sus ladridos de perro rabioso, de bestia dispuesta a desjarretar el sistema del Estado de bienestar, nos hacemos un flaco favor. El horror pide a gritos y a dentelladas ser explicado: no le hagamos oídos sordos.
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