Lagoteros, paniaguados y saltimbanquis
28.02.08 @ 14:05:13. Archivado en Cultura y actualidad
Se ha convertido en el ejercicio nacional y se le llama de diferentes formas; añoro la clásica “hacer zalamerías”, aunque la más extendida, en el registro coloquial, es la de “lamer culos”. Realmente es ya una plaga ésta de la langosta rastrera: apenas uno se descuida y alguien le está tirando de la levita por diferentes razones que sí vienen al caso: el afán de medro. Recuerdo que hace años era una actitud bochornosa.
Siendo propio del político, especialmente del que llega a ser líder, el ejercer una lagotería perpetua para escalar en el poder –no merced a sus obras, sino a sus tragaderas-, se ha extendido y ha pasado a ser una actitud habitual en las gentes de bien. En el momento en que una de estas reptantes lombrices detectan en uno un medio para alcanzar un fin (el que sea), lo llenan de moco por todas partes y de peste. No sé a ustedes, pero a mí me causa una náusea sartreana tremebunda.
El problema es que ya no es suficiente con desempeñar bien un oficio, con dignidad y eficacia, sino que si uno pretende o tiene la osadía de alcanzar metas legítimas para las que está formado o siquiera conservar su empleo, ha de convertirse en un solícito y jadeante perro faldero de su cohorte de jefes y directores que, como suele ocurrir, son muchos más que los que verdaderamente sacan el trabajo adelante. Los lagoteros profesionales han de ejercitarse en el funambulismo, en hacer ante sus superiores verdaderos equilibrios como los saltimbanquis de tiempos pretéritos, con el incierto fin de un aumento de sueldo o, díganme si me equivoco, ni siquiera eso. Simplemente brincan –literalmente- y escupiendo la palabra “jefe” como una retahíla, hacen malabares para provocar en ellos un sucedáneo de orgasmo del que carecen en su vida personal.
Cuando la psique del individuo se encuentra dañada, como sucede en los marimandones de ego desatado, es lógico pensar para un escarabajo pelotero que la mejor forma de ganar un espacio confortable en esa maltrecha y deturpada mente es teñir de rosa cualquier acción que pueda emprender la escasa materia gris del que lleva la gorrilla y el silbato para “pastorear” a los borreguitos. La regla de oro consiste en pensar que no existe mejor discurso que el del jefe ni mejores decisiones que las suyas. Esta actitud se traslada del ámbito del trabajo al familiar o al simplemente amistoso, y ya me he encontrado a más de un paniaguado llamando jefa a su mujer, a su suegra o jefe al "líder" de turno.
Ya lo dice el refrán: “Lamiendo culos, a la cumbre subieron muchos”. La culpa no es del gusano, sino del capullo que le proporciona la seda. Pero, como dejó escrito en una formidable obra de teatro Ruiz de Alarcón, que sabía mucho del difícil empeño del pretendiente de Corte, la verdad es siempre sospechosa, o en el Examen de maridos, cuando uno de estos funambulistas del halago, candidato a desposarse con la protagonista, le hace decir a doña Inés: “¿Pretende? / Triste de él. / ¿Tenéis por bueno / para mi marido a quien / ha de andar siempre pididendo?”.
Pronto, junto a la educación para la ciudadanía, veremos impartir en los colegios e institutos las asignaturas de Ética del lagotero y la Filosofía del paniaguado. El conocimiento y la especialización se suplirá con las habilidades trapaceriles y de treperío aprehendidas en la mejor juventud: las matemáticas de la esfera de goma, los enjuagues del palanganero y el muy noble oficio de la degustación de nalgas, con el que abríamos este Chitón. Que lo de la lengua estropajosa no es metafórico y, si los pisan sin querer por los pasillos o en el suelo de los despachos empujando una gran bola de estiércol, no tengan cargo de conciencia, que la especie no se extingue: se reproducen entre ellos a gran velocidad. Los culos de Felipe González y de Aznar están limpios y brillantes como una patena: adivinen quién los ha lustrado.
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