Estos días estoy sufriendo varias agresiones que me ofenden el oído. Por doquier escucho de amigos y conocidos, periodistas y gente soez y “baja canalla”, que tal o cual cosa está “detrás mía” y “delante suya”. Es decir, que confunden el lugar con la posesión; pero bueno, creo que es un mal que se extiende a otras facetas de la vida, no sólo la de la lengua. La posesión, que consiste en cosificar y convertir en valor de cambio realidades intangibles humanas, como el pensar o el amor, es algo normal hoy en día. Lo poseen a uno y ya está. Aquí paz y después gloria
Quien ha resultado generoso en grado sumo ha sido el alcalde de Madrid, que en un magacín nocturno –ahora lo llaman late show, que a mí me suena a show girl– ha dicho “Y no dejaré yo de besar a nadie que quiera regalarme un beso”. Eso, dicho en román paladino, viene a significar lo que aquel refrán, “a caballo regalado, no le mires el diente”; es decir, si me lo regalan, no voy a hacerle ascos. Habría que empezar por recomendar a Gallardón que la mejor manera de principiar un ofrecimiento no es mediante la modalidad negativa: “Y no dejaré yo de besar a ninguna persona, etc”; claro, que el contexto sí es negativo, presupone o de la frase se infiere un dejarse besar por la presidenta de Comunidad, besable política del besuquerío nacional de la Españeta.
Hemos convertido el beso en algo pornográfico al vincularlo con las acciones y usos sociales relacionados con el saludo. Lo ha dicho el propio Gallardón: “Un beso es un saludo”. No. Un beso es un acto de amor, no un estrechamiento de mano. Yo me voy a empezar a negar a dar besos a diestro y siniestro, porque quien los recibe seguramente no lo merece. Pensemos por un momento: si en el beso los labios rozan ligeramente las mejillas del besado, la boca, que es la salida natural de las palabras y de los sentimientos, se somete a un estrecho contacto con el rostro. Esto, dicho así, puede parecer muy crudo, pero es necesario para entender que hay personas que no son merecedoras de un beso.
Entonces, don Alberto, no estoy de acuerdo con usted. Sí en el sentido de que hemos incorporado, deturpándolo, el beso al saludo cotidiano, como quien alza la vista y saluda con un movimiento de cejas al vecino. Lo hemos vulgarizado. Te descuidas y un hijo o hija de la Gran Bretaña te estampa un beso envenenado. No saben si besarlo a uno o empalarlo, como hacía Vlad Tepes a los rebeldes y a los turcos en el siglo XV. Mejor que lo dejen en paz. Sólo son dignos los besos que se daban Cupido y Psique, con aquella ternura que ha sido inmortalizada en mármol por Antonio Canova y que puede visitarse en el Museo del Louvre. O el que la bella heredera a uno de aquellos tronos europeos de ensueño le dio al príncipe rana, recogido por los hermanos Grimm: eso sí es amor verdadero, estamparle un ósculo en el húmedo hocico a un batracio verrugoso.
Ya saben, protéjanse de los besos falsarios, esquívenlos, distingan los sinceros de los de Iscariote; si no, miren lo que le ocurrió a Jesucristo por dejarse besar así como así: que terminó crucificado en el monte Calvario. Pero, sobre todo, que no se los den “delante suya”, que del beso podrido del labio al uso falsario de la lengua hay un paso, y, por los clavos de Cristo, no dejen que les de un beso su jefe ni un político: a ver si van a terminar nadando en un estanque.
El beso,aunque es un lenguaje universal,hoy en día está devaluado. ¿Por qué se empeñan en aniquilar la belleza? Cuando visité el museo Rodin pasé largo rato moviéndome alrededor de la escultura de"El beso", observándola desde todos los ángulos posibles,¡inolvidable!Pasead por la galería de los Ufizzi y despertad vuestro síndrome Stendhal.¡Salud!
ya ves...estoy yo todo el rato diciéndole a mi vecina detrás mío jajaj
pasaba por aquí...bonito flog
Martes, 10 de noviembre
David Felipe Arranz
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Vicente Luís Mulero Carbonell
José Donís Català
Santiago Delgado Martínez
Antonio García Fuentes
Alicia Antolín de la Hoz
Juan Fernandez Krohn
Padre Fortea
Javier Orrico
Julio César Izquierdo