Los gatos de ARCO
16.02.08 @ 14:25:33. Archivado en Cultura y actualidad
El gato, que tiene siete vidas, es un animal huidizo; dicen que, dependiendo del carácter del dueño, éste elige una mascota canina o felina: si es dependiente en el amor y necesita de una compañía solícita y servil, elegirá un dogo como compañero; si lo que le gusta es un cierto tira y afloja, una tensión -lo que los clásicos llamaban eutrapelia- necesaria para mantener viva la llama del amor, elegirá un gato para que le enseñe que las relaciones funcionan a partir de la libertad. En El gato con botas, cuento recopilado a finales del siglo XVII por Charles Perrault, el minino, al que su dueño provee de los conocidos complementos que le va solicitando, termina por corresponder su generosidad y ayudarse también a sí mismo mediante una prodigiosa inteligencia: las habilidades felinas aumentan el bienestar del humilde hijo del molinero. Ahora está colgado en ARCO junto a un compañero como premio a sus desvelos: el belga Jan Fabre lo ha disecado y suspendido del techo en la instalación 'The protestation of the dead alleycats'.
El felino del cuento de Perrault hizo campaña electoral para que su amo, el hijo del molinero, convenciera al monarca de que era el candidato idóneo para obtener la mano de su hija: se adelantaba al paso de la carroza y convencía a los segadores y vendimiadores de que el molinerito era el Marqués de Carabás y aquellas eran sus tierras. Ni el doctor Goebbels llegó tan lejos en su propaganda. Para conseguir un castillo para su amo, el gato provocó al gigante metamórfico para que se convirtiera en ratón y así poder engullirlo. Cara a las inminentes elecciones generales, gatos y gigantes andan a la greña, como los dos gatos callejeros de Fabre.
Los gigantes con cartera ministerial se echan las culpas de las reformas de un ático “palacio”, con armaduras, escudos y estandartes, en Plaza de España. Comer o ser comido: ésa es la cuestión. Resulta que nos hemos enterado -si alguno quedaba sin hacerlo- de que viven muy bien, en amplios salones. Y... de la cultura, para qué vamos a hablar, ¿no? Decían en la Edad Media que somos enanos a hombros de gigantes y que la historia de los logros del hombre viene a ser una continua recapitulación de los hitos anteriores. Negarse unos a otros, tirios y troyanos, el pan y la sal de los avances evidentes que hemos conseguido en nuestra democracia, desde la muerte del caudillo, parece de un cainismo que raya en la escaramuza barriobajera. No hay manos tendidas. Si el castillo de los gigantes cambia o no de inquilinos, acaso les afecte anímicamente a ellos: el pueblo sigue padeciendo la misma hambre y sed. Los conejos que cazaba el gato con botas para llevarlos ante el rey se han escapado y andan dando brincos por Madrid, a ver quién les hinca el diente: son las competencias autonómicas, que se las rifan en la periferia.
Si el hijo del molinero y la princesa del cuento se casaron gracias a la astucia del gato con botas, poco importa. Lo estratégico es quitarlo de en medio, colgarlo de un pincho de carnicería. Hay favores tan grandes que no es posible agredecer. En cualquier caso, fijémonos en la siniestra instalación de ARCO: agotadas ya las siete vidas, no uno, sino dos son los gatos muertos, Micifuz y Miarramiau, los dos contendientes irreconciliables de dos bandos arrabaleros. Dicen los niños que, sentados, han observado atónitos estos días el mortuorio espectáculo, mientras tomaban su bocadillo y su cocacola, que el nailon del que cuelgan los dos cadáveres estaba muy tenso.
En cualquier caso, tampoco se preocupen demasiado: el gato es el único animal que puede ser dos a la vez: gato... y araña. Como los políticos, sólo que con menos encanto y sin el marquesado de Carabás.
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joaquin
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