Se ha convertido en el ejercicio nacional y se le llama de diferentes formas; añoro la clásica “hacer zalamerías”, aunque la más extendida, en el registro coloquial, es la de “lamer culos”. Realmente es ya una plaga ésta de la langosta rastrera: apenas uno se descuida y alguien le está tirando de la levita por diferentes razones que sí vienen al caso: el afán de medro. Recuerdo que hace años era una actitud bochornosa.
Estos días estoy sufriendo varias agresiones que me ofenden el oído. Por doquier escucho de amigos y conocidos, periodistas y gente soez y “baja canalla”, que tal o cual cosa está “detrás mía” y “delante suya”. Es decir, que confunden el lugar con la posesión; pero bueno, creo que es un mal que se extiende a otras facetas de la vida, no sólo la de la lengua. La posesión, que consiste en cosificar y convertir en valor de cambio realidades intangibles humanas, como el pensar o el amor, es algo normal hoy en día. Lo poseen a uno y ya está. Aquí paz y después gloria
El gato, que tiene siete vidas, es un animal huidizo; dicen que, dependiendo del carácter del dueño, éste elige una mascota canina o felina: si es dependiente en el amor y necesita de una compañía solícita y servil, elegirá un dogo como compañero; si lo que le gusta es un cierto tira y afloja, una tensión -lo que los clásicos llamaban eutrapelia- necesaria para mantener viva la llama del amor, elegirá un gato para que le enseñe que las relaciones funcionan a partir de la libertad. En El gato con botas, cuento recopilado a finales del siglo XVII por Charles Perrault, el minino, al que su dueño provee de los conocidos complementos que le va solicitando, termina por corresponder su generosidad y ayudarse también a sí mismo mediante una prodigiosa inteligencia: las habilidades felinas aumentan el bienestar del humilde hijo del molinero. Ahora está colgado en ARCO junto a un compañero como premio a sus desvelos: el belga Jan Fabre lo ha disecado y suspendido del techo en la instalación 'The protestation of the dead alleycats'.
La organización espacial en el ámbito del trabajo singulariza a los individuos. Nada es inocente y cada acción se encuentra revestida de significado: no se equivoquen. El hombre delinque hasta cuando duerme. Recurriendo a la semiótica, podemos atisbar fácilmente el sistema binario de signos que articulan las redes organizativas y culturales de los recintos laborales, esas cárceles disimuladas: como diría Foucault, en torno a las microestructuras de poder edificadas sobre el concepto de premio y castigo. Fueron las prisiones y las escuelas en el siglo XVIII las que llamaron su atención: hoy, nuestro Estado de bienestar provocaría en él un inmenso disfrute analítico… “Cuánto comportamiento patológico”, diría el autor de Las palabras y las cosas.
Martes, 29 de mayo
David Felipe Arranz
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Juan Luis Recio
Paulino Toribio
Ángel Sáez García
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez