Gabriel de Henao, Alejandro Dumas y el símbolo del Sol
30.12.07 @ 22:08:41. Archivado en Cultura y actualidad
Estos días navideños he estado recorriendo, envuelto en un frío reconfortante –no hay nada como protegerse del invierno para reconocernos en él, más vivos que nunca-, las orillas del río Pisuerga y he descubierto la sorprendente poesía de Gabriel de Henao en la librería de Pepe Relieve. En la portada de la edición de las Rimas, realizada por la Fundación Jorge Guillén en 1997, figura la estatua con la efigie del astro rey que preside el frontispicio de la Casa del Sol en Valladolid. Don Diego de Sarmiento de Acuña, Conde de Gondomar, compró la casa en 1599 con el fin de instalar una de las mayores bibliotecas de su tiempo, ahora en la Biblioteca Nacional. La modernidad de este poeta vallisoletano me ha dejado sorprendido; así lanzaba Lisi la nieve, en palabras de Henao, a su amado en pleno invierno: “Las que fueron espejo a las estrellas, / puras linfas del cierzo congeladas, / ¡oh misterio de amor! brotan centellas”. Los copos, “puras linfas del cierzo congeladas”, son para Henao símbolo de su materia opuesta, la llama. Sí, que el amor es, lo sabían los clásicos mejor que nadie, juego de opuestos, lucha, estragos de incendios de hielo.
Cada librería guarda celosa una sorpresa; mayor si es una librería de lance o de viejo, pues el valor del tesoro hallado en ella puede resultar infinito. Aún embebido con las rimas de Henao, me tropecé en un puesto callejero con un volumen de título equívoco, Aventuras de cuatro mujeres y un loro (Les Aventures de Quatre Femmes et d’un Perroquet, 1846), escrita por Alejandro Dumas hijo, y hoy en día descatalogado. Digo que puede llevar a equívoco, si no se tuviera en cuenta al autor. A mediados del siglo XIX, la novela se publicó traducida por entregas en El Norte de Castilla, y la edición de bolsillo de Sopena a la que me refiero, que no deja constancia de su traductor, data de 1980. Fue, en cualquier caso, muy traducida en nuestros tiempos románticos. Dos años más tarde Dumas publicaría su universalmente conocida La dama de las camelias, novela decimonónica hoy completamente olvidada, narrada en primera persona por Armand Duval, quien evoca aún enamorado la vida de su amada Marguerite Gautier, cuyo enlace truncó el progenitor de Armand. Aunque piensen que no merece la pena, léanla: quizá el Romanticismo les parecerá algo más que una campaña de los grandes almacenes el próximo 14 de febrero.
El caso es que las reflexiones de Dumas son muy agudas; refiriéndose a una actriz, Lea, una de las protagonistas, dice que lo corriente era que tuviera tres amantes: el eterno, el verdadero, que es el público; el segundo, un joven elegante, descendiente de una estirpe de nobles y arruinado, a quien se le conoce como amante del corazón; y el tercero, que es quien le proporciona sustento, es un hombre casado, de edad madura. Toda la novela está trufada de finos comentarios y asombra leer hoy en día algunos pasajes por la fuerza y la vivacidad que contienen. He probado a leerla en voz alta entre mi familia y amigos sin revelarles el nombre, y cuando les descubría que era Dumas, no salían de su asombro. “Era, no queremos negarlo, una cabecita loca que sembraba el oro como una segunda fuente del Pactolo; pero se filtraba ese oro entre unos dedos tan perfectos, tan admirablemente modelados, que se necesitaba ser muy malicioso para no creer que alguien tenía el gusto de arruinarse sin más atractivo que el de ver cómo se escurrían sus monedas a través de unas manos tan lindas”. Lea, la perdición de los hombres, tan emparentada a la Lisi cantada por Gabriel de Henao dos siglos antes:
¿Pero qué acciones dejas reservadas,
Lisi, a las luces de tus ojos, bellas,
si vibran rayos, manos delicadas?
Las manos poseen un lenguaje propio y aquellas más hermosas diríase que poseen autonomía. Henao y Dumas, hermanados por la delicadeza de unas estilizadas manos… Mas el sorprendente paralelismo no termina ahí; un loro que Luisa, una de las protagonistas, había heredado de su madre, jalona las escenas cantando “El oro es una quimera”, que el animal –dice Dumas- cantaba “con pureza prodigiosa y filosófica ironía”. El quinto soneto de Henao está dedicado “A un papagayo”; en esta ocasión, el ave es “Esmeralda volátil de la tierra”.
Con estas femeninas y gráciles manos, el Sol del Conde de Gondomar, los loros cantarines de Henao y de Dumas y un revelador título de un soneto del vallisoletano, “Pues es mejor no tener bien que perder”, a la luz de una débil bujía me despido de mis generosos lectores hasta 2008, que ya está muy cerca, orgulloso, llamando a la puerta, mientras el que nos deja ya se retira con fatigado aliento a su tumba. Con estas imágenes acaso hayamos constatado una vez más lo íntimas, insospechadas e imprevisibles que pueden llegar a ser las misteriosas relaciones nacidas en el ilimitado y apasionante universo de la literatura. Hasta el año que viene.
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De como en Valladolid
tierra de trigo y de vid
ganó el libro una batalla
en un pueblo con muralla.
Urueña la señalada por la fama
y por la espada.
Donde halló buena ocasión
la noble diputación
de poblar con librerias
estancias antes vacias.
villa del libro llamaron
al proyecto que pensaron
Y allí los libros esperan
a lectores que los quieran.
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