Narcocorrido: el Romancero de la muerte
08.12.07 @ 14:46:13. Archivado en Cultura y actualidad
“Alça la visera arriba / por ver el que tal le dixo. / Assestárale a la frente, / salido le ha al colodrillo”. El adelantado de Andalucía, gobernador civil y militar enviado por el rey a las campañas contra los musulmanes -situémonos en torno al primer tercio del siglo XV-, es derribado de su caballo de un golpe seco con una saeta que le atraviesa el cráneo, lanzada por un morico con una ballesta desde la almena de un castillo. “Álora la bien cercada, / tú que estás en par del río, / cercóte el adelantado / una mañana en domingo”. Así comienza este romance y así termina, brutal, violento, mortal: “A las primeras palabras / el testamento les dixo”. En Oaxaca, México, a ambos lados de Río Grande, el narcocorrido -el romancero de temática en torno al narcotráfico- está sembrando un canto de muerte y sangre: tres poetas han sido asesinados, que “assestárale a la frente...”.
Los octosílabos de rima asonante en los versos pares transmitieron desde la Edad Media una sabiduría popular y una forma de cantos noticieros y fronterizos. Cuando en su país de origen, España, la fórmula se ha extinguido, en México y en otras áreas hispanohablantes de Estados Unidos, el Romancero ha resurgido de la forma más violenta que pueda imaginarse. La balada realista ha realizado un viaje transatlántico y se ha instalado en los márgenes de la cocaína; Camelia “la Tejana” comenzó a cantar el dolor y la muerte del contrabando de armas y drogas, allá por 1972. Reunidos en torno al palenque, donde se celebran peleas de gallos y el polvo, el sudor y las salpicaduras sanguinolentas se agarran al rostro enfebrecido del público, los narcocorridos atestiguan una realidad a la que la sociedad da la espalda con temor. Chalino, otro poeta del romancero mexicano, fue ejecutado en 1992: demasiadas verdades en sus labios, demasiada poesía rota entre sus dientes.
El narcocorrido se escribe con sangre. Las últimas víctimas cantan, mudas, una melodía sieniestra: Aquino, cuyo cadáver apareció flotando en el río; Sergio Gómez, encontrado sin vida con señales de tortura en el rostro y los genitales; la vocalista Zayda Peña, tiroteada y rematada en el hospital, en el mejor estilo de Corleone; el asesinato a balazos de los cuatro miembros de la Banda Fugaz; “El Gallo de Oro”, cosido a balazos junto a su chófer; Javier Morales, tiroteado desde un coche en marcha; etc.
El corrido tradicional mexicano, como nuestro Romancero, circula al margen de la ley. Es la otra cara de la literatura, la que está más viva, la que no se enseña en la Universidad porque los alumnos podrían comprenderla más allá del conocimiento escaso y parcial del profesor. Michoacán, Sonora, Baja California... ciudades donde el narcocorrido se ha convertido en una forma imprescindible de comunicación, teñida de sangre, como la propia realidad humana, que no es de papel, sino que nace de las entrañas. "Ando fuera de la ley, / me dedico al contrabando, / yo no nací pa ser pobre / y tampoco soy dejado. / Me gusta rifar mi suerte, / ya se los he demostrado."
El aprendizaje resumido en unos versos del narcocorrido, un género temido, cuando la literatura cobra vida y se escapa de los libros: "Julián tuvo que robar / pues no había qué comer; / Julián tuvo que escapar / y María fue con él. / Los dos andan por el norte / perseguidos sin cesar; / ahora roban para ellos / y a los pobres dan lugar."
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