Edgar Allan Poe en Sant Romà: la ciudad bajo las aguas
12.11.07 @ 20:25:28. Archivado en Cultura y actualidad
La pertinaz sequía se muestra aún más sedienta en noviembre, en pleno otoño, cuando las hojas de los árboles se acumulan sobre el suelo para volver a ser humus, sombra, tierra, polvo, nada. Estos días que han seguido a las festividades de Todos los santos y Fieles difuntos ha descendido como pocas veces se ha visto el nivel del agua del Pantano de Sau del río Ter que surte de agua a Barcelona… y ha emergido de sus aguas, imponente, estremecedor, el pueblo de Sant Romà, como un aldabonazo a la conciencia dormida.
La espadaña de su iglesia románica ha comenzado a tañer sus campanas a medianoche y las aguas se han retirado del cementerio y han dejado las lápidas y osamentas al descubierto. “¡Mira! La muerte se ha izado un trono / en una extraña y solitaria ciudad / allá lejos en el sombrío Oeste, / donde el bueno y el malo y el mejor y el peor / han ido a su reposo eterno. / Allí capillas y palacios y torres / (torres devoradoras de tiempo que no se estremecen) / no se asemejan a nada que sea nuestro. / En los alrededores, olvidadas por vientos inquietos / resignadamente bajo el cielo / las melancólicas aguas reposan”. Así comienza la primera estrofa del poema “The City in the Sea”, de Edgar Allan Poe, el Divino Edgar que tanto le gustaba al profesor Humbert Humbert al que un día para su mal sedujo Lolita, la pequeña nínfula creada, acaso soñada, tal vez conocida, de Nabókov.
Como en la inolvidable Naturaleza muerta (2006) –creo que aún está en los cines-, de Jia Zhan-Ke, que ha obtenido el León de Oro en el Festival de Venecia, la antigua ciudad, su esqueleto, las vidas de los que la han habitado, sus recuerdos… van cubriéndose poco a poco por las aguas. En Sant Romà, la torre gótica del siglo XI se eleva hacia el cielo fantasmal y olvidada excepto de sus propios difuntos. Algunos turistas se han aventurado a descender por las calles empedradas y a acercarse a las capillas, monumentos de piedra cubiertos por el verdín y las algas, el hogar de los peces ocasionalmente descubierto por los rayos del sol y una brisa que huele a muerte húmeda. "¡Ah de la vida! -grita Quevedo en medio del pueblo yerto-/ ¿Nadie me responde?". La pátina medieval se conjuga y entrelaza con una plegaria, la misma que escribió Poe para su ciudad sumergida: “Cúpulas en forma de aguja, salones reales / pórticos, paredes de estilo babilónico, / sombrías y olvidadas glorietas / de hiedra esculpida y flores pétreas, / […]”
El telediario apenas le ha dedicado este fin de semana unos instantes, pero me estremeció la imagen de los tiempos abiertos como un libro, mostrando la desnudez herida de una vida remota hecha de piedra y de sangre y anegada en 1965; lo que antes fue pálpito y pasión ahora es un bostezo desierto a cuerpo de cal descubierto por la sorpresa del otoño. “Tanto se mezclan allí las torres y las sombras / que parecen péndulos en el aire / mientras que desde una altiva torre en la ciudad / la muerte mira hacia abajo como desde una enormidad”.
Acaso una lágrima delatora se me escapó, pensando en la ruina del antiguo esplendor, en el fin inexorable de todo esfuerzo humano: “El infierno, elevándose desde mil tronos, / le hará reverencias”. Poe también atisbó en su poema universal la ruina de Sant Romà: la ciudad bajo las aguas, perpetuo recuerdo de lo inane que resulta la lucha contra el tiempo y la muerte y de lo inmensamente valioso que puede llegar a ser cada instante, cada hálito de nuestra existencia.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/126332
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
¡Gracias! Juan A.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
autor








