W.H. Canaway y la huida hacia el Sur
04.11.07 @ 22:09:22. Archivado en Cultura y actualidad
Desde Laurens van der Post a Selma Lagerlöf, pasando por Winston Miller o Richard Hughes, la novela iniciática supuestamente destinada a un público infantil demostró una vez más que el viaje homérico era, ante todo, una cosa de niños, por cuanto el público infantil exigía -y exige- a la ficción aventurera un avanzado nivel de verosimilitud, a diferencia de los mayores. Dos niños cruzan con la ayuda de un bosquimano el desierto del Kalahari huyendo de unos cazadores furtivos en Un lugar muy lejano (A far off place, 1974) y saben que el único medio de sobrevivir es atravesarlo como lo hace el viento: con ligereza, sin emplear un esfuerzo que les cueste la vida, adaptándose al terreno que pisan.
Un lugar muy lejano es, ni más ni menos, un traslado al ámbito de la literatura de la necesaria iniciación del niño a la vida en un entorno hostil. La hermosa odisea escrita por Van der Post de Nonnie Parker y Harry Winslow, a quienes sigue de cerca su benefactor buscándolos desesperadamente, el coronel Mopani Theron, se convierte en epígono de la vida del pícaro de la literatura inglesa y española sin el componente agresivo de la crítica social. Se trata, simplemente, de la aventura de la supervivencia y la iniciación a la vida adulta.
La semana pasada adquirí en una céntrica librería de viejo una pequeña joya que llevaba años buscando desde que vi una de las películas de aventuras supuestamente destinadas a un público infantil, Sammy, huida hacia el Sur (Sammy going South, 1963), de Alexander Mackendrick. Se trata de Sammy camina hacia el Sur (del mismo título en inglés que el filme), publicada por W.H. Canaway en 1961. La adquirí mientras esperaba a un amigo en la calle Hortaleza y a medida que abría sus páginas, sabía que aquella aventura iba a requerir toda mi atención: "Al parecer, los padres de Sammy habían estado discutiendo durante días enteros. Su padre ya no iba cada mañana a dar clases de inglés en el nuevo Liceo, sino que se quedaba en casa en bata y zapatillas, fumando continuamente, escuchando las noticias por la radio y discutiendo, discutiendo siempre con la madre de Sammy. Discutían acerca de algo llamado Crisis". Pues bien, en plena crisis matrimonial, los padres de Sammy, un niño inglés de diez años, mueren víctimas de un ataque aéreo contra Suez. El pequeño ha de dirigirse hasta Durban, donde su tía regenta un hotel, y hasta allí encamina sus pasos, solo, a través del desierto.
Se la recomiendo de todo corazón. "El mundo era un grito confuso, un martilleo en la puerta cuando todo el ser necesita ocultarse y quedarse solo". Cuando todo el ser, siente Sammy, necesita ocultarse. No creo que haya mejor definición de la autoconciencia del desvalimiento y, a la vez, el encuentro del vigor necesario para seguir adelante, porque "un leopardo no era el mundo". He manejado la traducción, excelente, de J. Flo-Queralt para Plaza y Janés de 1962. Les garantizo que cuando vean esa forma de aferrarse a la vida de Sammy con una botella de Coca-Cola en la mano que va rellenando con agua, bajo el cálido sol del desierto, incorporándose a caravanas y como acompañante de cazadores y viajeros, se darán cuenta del valor que posee la inteligencia de los niños y de lo inane y fútil que resulta la vida de los mayores: la vida de la Crisis.
En The hunter and the horns (1962), también de Canaway, el protagonista, John Parsons, pone en peligro su vida para preservar una especie, la del bello antílope órix, al que los jeques árabes dan caza por sus –creen ellos- poderes afrodisíacos; acorralado, emprende la incierta aventura de cruzar el Sahara llevando consigo una pistola con una sola bala. Parsons vuelve a ser niño, si es que no dejó de serlo alguna vez, al enfrentarse con una mirada limpia a una Naturaleza nueva, inmensa, amenazadora, fatal y también sorprendente, cuyo habitante más mortífero vuelve a ser –como decía Kipling- el hombre, el enemigo natural de la infancia. Me recuerda también al apasionante mundo de Romain Gary y Las raíces del cielo (The roots of heaven), cuya adaptación al cine nos regaló la visión del último trabajo de un romántico y desengañado Errol Flynn, borracho, al volante de un todoterreno, ajustándoles las cuentas a los cazadores de elefantes.
Mientras, sin que apenas nos demos cuenta, nuestros pequeños orientan una mirada limpia hacia las soñadas tierras meridionales, el último paraíso perdido y por ellos encontrado: el de la literatura.
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