Los repetidores no ablandan el ladrillo de Julio Cortázar
02.11.07 @ 13:02:21. Archivado en Cultura y actualidad
El 42% de los alumnos españoles de bachillerato de 15 años de edad repitió en el curso 2005-2006, según una encuesta reciente realizada por el Ministerio de Educación, no sabemos si por aquello del propio fustigamiento y escarnio público como modo de expiar culpas. Ahora, esos alumnos si sólo han suspendido cuatro asignaturas, una nimiedad, una fruslería, pueden promocionar al curso siguiente: es decir, ya sea por incapacidad neuronal o vagancia crónica –no creo en el suspenso porque sí, salvando las situaciones familiares aberrantes, que las hay-, los malos alumnos acompañan a sus esforzados y aplicados compañeros en la apasionante aventura del nuevo curso. Ésta es la política docente que hay que aplicar: lo demás son zarandajas. El remate del informe es que cada año el Estado emplea 1.000 millones de euros en duplicar la enseñanza para los repetidores.
Hemos retrocedido, dice el informe, a los infraniveles de 1987. De seguir así, alcanzaremos la plena posguerra educativa. Como en el primer relato de Historias de cronopios y famas (1962), de Cortázar, la docencia se asemeja más a “la tarea de ablandar el ladrillo”. Hemos conseguido que los chicos sientan, como escribió el autor de Rayuela, “La fría eficacia de un reflejo cotidiano”. Que se nieguen a soñar, porque estudiar es también soñar otros mundos: el de las Matemáticas, la Historia, la Geografía, la Física… y, por supuesto, el de la Literatura. Se lo hemos cambiado por un mundo de cristal y cemento, triste reflejo del lugar que antes ocupó la esperanza, un orbe necio en el que las cosas salen al paso de los sujetos, y no a la inversa, porque su afán de búsqueda ha desaparecido.
Allí están, en las aulas, anticipación espacial de la oficina, esperando a ser mortalmente aburridos y a odiar con todas sus fuerzas las asignaturas. O, como los componentes de aquella familia que vivía en la c/ Humboldt y se dedicaba a hacer las cosas por obligación en el relato “Simulacros” de Ocupaciones raras, cuya característica más destacada era la falta de originalidad y la repetición incesante de modelos y que terminó por construir una horca en su jardín, un patíbulo que contemplaban los vecinos a través de la verja.
Mañana el suplemento “Babelia” del diario El País publica un relato inédito de Julio Cortázar, “Ciao, Verona”, el acontecimiento literario de la prensa española más destacado de las últimas semanas. Me pregunto si sabrán quién es o si les importa un bledo. Quizá algún profesor podría atreverse a contagiarles la magia de Rayuela y proponerles un viaje por los laberintos de la imaginación de Cortázar en una de las escasas novelas que tienen vida propia. El mensaje es bien sencillo: estudiar para trabajar y trabajar por afanarse para alcanzar el encuentro con la muerte, porque como decía Cortázar de aquella familia inane de “Simulacros”, acudía “a sus respectivos empleos y ocupaciones, ya que de algo hay que morir”.
La educación española: la estéril tarea de ablandar un ladrillo. Sin Cortázar.
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