A veces la cotidianidad nos regala pequeños tesoros: sólo hay que estar atentos, aunque nos hayan engañado asegurándonos que la prisa, la rapidez, la celeridad como sinónimo de eficacia, nos hace mejores. ¿Mejores para quién? Para los empresarios y sus beneficios, evidentemente. He tenido la oportunidad de ver recientemente -por fin- el segundo largometraje de John Frankenheimer: Su propio infierno (All Fall Down, 1962). Es de esas películas que hay que ver sin prisas, en una tarde de Navidad, con un plato en la mano lleno de castañas asadas. También nos quieren mutilar la Navidad: nos la parten en dos, como la vida. Recuerdo que, no hace mucho, era un tiempo de descanso y fraternidad sagrado. Ahora es una pata más -de las más importantes- del monstruo mercadotécnico.
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Del hecho de que Alonso Quijano era un gran aficionado a las lentejas –o lantejas, como escribió Cervantes, remedando el castellano antiguo en registro coloquial- tenemos muestra en el arranque de El Quijote, cuando se nos describe el escueto y ya conocido menú del hidalgo: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”. “Lantejas”, me encanta ese uso coloquial del siglo XVII de la legumbre tan nuestra, tan hispánica, tan hidalga.
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Ver a Su Majestad el Rey don Juan Carlos asomar de pronto su monárquica testa por entre la fila de plebeyos, romper su impasibilidad habitual y dejar al descubierto un ademán de enojo ha resultado ser toda una sorpresa; ante los continuos insultos de Chávez al ex presidente Aznar, la regia pregunta retórica fue rápida, furibunda, conminatoria: "¿Por qué no te callas?". Pero fue inútil, pues el presidente venezolano siguió su retahíla de descalificativos: "Aznar fascista, fascista, fascista". Yo me lo imagino imponiendo orden en el Palacio de la Zarzuela, mientras la numerosa prole borbónica le pone su real cabeza al rojo vivo: "¡¡Froilán de todos los Santos y los demonios!! ¿¿Por qué no te callas??", moviendo la mano izquierda, como si increpara al propio Chávez.
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La pertinaz sequía se muestra aún más sedienta en noviembre, en pleno otoño, cuando las hojas de los árboles se acumulan sobre el suelo para volver a ser humus, sombra, tierra, polvo, nada. Estos días que han seguido a las festividades de Todos los santos y Fieles difuntos ha descendido como pocas veces se ha visto el nivel del agua del Pantano de Sau del río Ter que surte de agua a Barcelona… y ha emergido de sus aguas, imponente, estremecedor, el pueblo de Sant Romà, como un aldabonazo a la conciencia dormida.
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Querido Emilio:
Finalmente, no he podido acudir a ese gran concierto de funk blues de la Chuma Segura Hot Band al que me has invitado tan amablemente en el Barrio Art Decó, pero te prometo que intentaré ir al próximo y no faltaré a la cita de la obra que protagonizas, Yepeto, de Roberto Cossa, en la que me han dicho que estás colosal. Pero sí he podido ver en DVD Los fantasmas de Goya, de Milos Forman, y me supo a poco tu papel de sacerdote consejero de Carlos IV. Tras la brutal campaña que hicieron en contra del largometraje, decidí prescindir de ella, pero mi sorpresa ha sido grande, pues no exagero si te digo que creo que se trata de una de las mejores películas de lo que llevamos de siglo y contiene el mejor papel de toda la carrera de esa niña mujer israelí llamada Natalie Portman y que nos enamoró a todos dando la réplica a Jean Reno en León, el profesional. Cada vez te vuelves más grande, más inmenso, más fuerte... Yo me acuerdo de haberme cruzado contigo en la Posada de Almagro, en 1997, cuando ibas vestido hacia el teatro con ropas del siglo XVII para representar Mucho ruido y pocas nueces, dirigido por Corazza. Entonces no nos conocíamos. La gente no entiende la vida del comediante y tú la llevas escrita en el rostro: llevas el viaje de los cómicos de la lengua que hicieron Cervantes y Rojas Villandrando y Lope...
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Desde Laurens van der Post a Selma Lagerlöf, pasando por Winston Miller o Richard Hughes, la novela iniciática supuestamente destinada a un público infantil demostró una vez más que el viaje homérico era, ante todo, una cosa de niños, por cuanto el público infantil exigía -y exige- a la ficción aventurera un avanzado nivel de verosimilitud, a diferencia de los mayores. Dos niños cruzan con la ayuda de un bosquimano el desierto del Kalahari huyendo de unos cazadores furtivos en Un lugar muy lejano (A far off place, 1974) y saben que el único medio de sobrevivir es atravesarlo como lo hace el viento: con ligereza, sin emplear un esfuerzo que les cueste la vida, adaptándose al terreno que pisan.
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El 42% de los alumnos españoles de bachillerato de 15 años de edad repitió en el curso 2005-2006, según una encuesta reciente realizada por el Ministerio de Educación, no sabemos si por aquello del propio fustigamiento y escarnio público como modo de expiar culpas. Ahora, esos alumnos si sólo han suspendido cuatro asignaturas, una nimiedad, una fruslería, pueden promocionar al curso siguiente: es decir, ya sea por incapacidad neuronal o vagancia crónica –no creo en el suspenso porque sí, salvando las situaciones familiares aberrantes, que las hay-, los malos alumnos acompañan a sus esforzados y aplicados compañeros en la apasionante aventura del nuevo curso. Ésta es la política docente que hay que aplicar: lo demás son zarandajas. El remate del informe es que cada año el Estado emplea 1.000 millones de euros en duplicar la enseñanza para los repetidores.
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