Carlos Fuentes y las siete de la mañana
13.06.07 @ 01:07:20. Archivado en Cultura y actualidad
A muchos les puede parecer que la literatura es cosa de ponerse y ya está: las ideas fluyen a la mente con la rapidez del agua por un caño. Lejos de esa imagen sublimada de la creación literaria, a la que tan acostumbrados nos tiene el cine, el difícil oficio del escritor es, más allá de la aptitudes innatas que a muchos les he escuchado que poseen, disciplina. Créanme, detras del feliz rostro del escritor en una rueda de prensa o en una entrevista, detrás de la pose, se encuentra una férrea vida en la que no cabe la pérdida de tiempo. El mexicano Carlos Fuentes lo acaba de decir en la Fundación Santillana: se levanta a las siete de la mañana para escribir.
La región más transparente (1958) lanzó a Fuentes al escenario narrativo internacional. Es una novela excepcional que habla al lector de que tras la máscara posmoderna y tecnócrata de una cosmópoli se halla su primitivismo, siempre latente, siempre en potencia y dispuesto a emerger. Tiene su “continuación” o evolución en Terra Nostra (1975). A La región... le siguieron Las buenas conciencias (1959), Aura (1962) y La muerte de Artemio Cruz (1962): “nadie te dará más, para quitarte más, que esa mujer, la mujer que amaste con sus cuatro nombres distintos”. Si me pidieran elegir a uno de los escritores que encarnase mejor la línea que sigue la literatura hispanoamericana actual, escogería a Carlos Fuentes.
El universo de Fuentes conjuga de manera maestra la cultura prehispánica con la aventura fronteriza. Su literatura hizo al boom tanto como la de García Márquez y Vargas Llosa. Sus novelas han inspirado recientemente una excelente película dirigida por Tommy Lee Jones, Los tres entierros de Melquiades Estrada, en la que la cultura mexicana y la norteamericana se encuentran en la frontera... y se huelen los fotogramas de Sam Peckinpah y las páginas de Los de abajo de Mariano Azuela. Esa película se tenía que haber llevado el Óscar.
Hay una novela del chileno José Donoso, Donde van a morir los elefantes (1995), que vale más que todas las novelas de campus escritas por los anglosajones. El humor, el realismo y, a la vez, el absurdo con los que trata la vida en la comunidad de una universidad norteamericana son insuperables. Léanla, si la encuentran con la voraz efimeridad de la vida de que dispone un libro en las estanterías de las librerías, y luego me lo cuentan. “La literatura es siempre un estorbo para el poder”, acaba de decir Carlos Fuentes en Santillana del Mar. Créanle. Él lo constata cada día, a las siete de la mañana, al levantarse para escribir, cuando otros lo hacen para engañar a millones de personas desde una tribuna del congreso.
Y perdonen que me ría: no es la misma madrugada la de la búsqueda de la perpetuación en el poder que la de la decisiva contribución al desarrollo de la imaginación y de la inteligencia de los lectores. Aunque algunos planes de estudio de lengua y literatura, como el español, no le hagan un hueco. Nuestra lengua se habla también en América y allí la llaman, al igual que aquí, lengua española. Que un licenciado en Filología Hispánica acabe la carrera en España sin estudiar la maravillosa complejidad de Pedro Páramo de Juan Rulfo o de Rayuela de Julio Cortázar es como si a un controlador aéreo no se le exigiera en un examen que aprendiera a leer un hemisferio del radar.
Una amiga venezolana utilizó una palabra de la que no había vuelto a tener noticia desde que se la leí a Quevedo: "arrecho". Eso sí, podemos convivir con nuestros hermanos de lengua sin tener ni idea de que en sus países de origen se escribe y se hace un uso de la lengua mejor en muchos casos que el que hacemos en España: una de las mejores metáforas sobre el origen de la lengua que he leído pertenece a un hermoso poema del ecuatoriano Javier Ponce:
"cristales. vapor de agua de úlceras. vapor de gritos el
nacimiento del lenguaje"
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