Vanidad de vanidades: todo es vanidad. La Feria del Libro y la calavera de Hirst
02.06.07 @ 14:53:26. Archivado en Cultura y actualidad
Hace seis años que suprimieron las listas de los más vendidos en la Feria del Libro de Madrid; sin embargo, vuelven a elaborarse oficiosamente. Los libreros están dando su opinión a los periodistas que recorren la feria en busca del consabido reportaje. Los nombres que más suenan son Almudena Grandes, con El corazón helado; Antonio Gala, que acaba de publicar El pedestal de las estatuas; y Julia Navarro, autora de La sangre de los inocentes. Como se aprecia, el gusto del lector no ha cambiado mucho de unos años a esta parte. De los mencionados, sólo me gusta la obra de Gala, el autor de Los verdes campos del Edén y la escritura libertaria que acude a nuestro trasfondo histórico, literario y político.
Hay una librera que dice que los libros de María Zambrano se venden mucho. Que me lo cuenten los zambranistas, porque no me lo creo. La filosofía hace siglos que dejó de ser motivo de interés por parte de la mayoría, de modo que no me imagino a nadie en el metro leyendo Filosofía y poesía. Quizá se vuelva a poner de moda, pero la Ministra de Cultura apuesta a día de hoy por el cine español, que le gusta mucho, no por Aristóteles. Asistimos, dicen los amigos de la Feria, a un resurgir de la literatura fantástica con los libros de Laura Gallego y Stephenie Meyer. Ahora que el extravagante ¿artista? británico Damien Hirst acaba de presentar su calavera cubierta de 8.600 diamantes -ése sí que se fue “forrado” a la tumba-, ellas podrían escribir una historia acerca de la maldición de una calavera, perteneciente a un cadáver profanado entre las brumas nocturnales del cementerio por un alevoso artista del efectismo, sobre el que cayeron toda suerte de desgracias. Luego me dirán que la cultura no da dividendos.
Otras exquisiteces plásticas de mister Hirst que pueden contemplarse en Londres son las fotos de cánceres variados, las vacas troceadas, las ovejas desolladas y crucificadas -sí, sí, como lo oyen- y las instantáneas de su hijo cubierto de sangre, asomando la cabeza nada más nacer por cesárea. Yo no le dejaría pasarse por la Feria del Libro: seguro que se le ocurrirían un montón de ideas al ver sentados en las casetas, firmando ejemplares, a Gala, Grandes y Navarro. La maldición de Damien... Hirst.
A pocos metros, en la antigua Casa de Fieras que construtó Fernando VII, no sabemos si para los animales o para sus ministros, por la noche se oye aún rugir al fantasma del oso que murió dando miles de vueltas sobre sí. A mí los escritores se me antojan como animales fatigados, retenidos en las casetas tras las rejas de su propia vanidad. Los editores, guardias del zoológico literario, aplican el chasquido de su látigo y, ¡ale hop!, una firma más, y otra, y otra... Quizá dentro de cien años suceda lo mismo con el ombligismo editorial y el poco apoyo que los lectores españoles prestan a nuestros clásicos. Cientos de fantasmas se lamentarán en la noche del Buen Retiro, alineados en el Paseo de los coches. La mejor literatura tiene más de anónimo y callado esfuerzo que de exhibicionismo. Claro, que para este último se encuentra la Feria del Libro, vanidad de vanidades, en la que todo es vanidad. La única que sabe de estas cosas es la calavera de Hirst, que sigue riendo. Pregúntenselo a ella.
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