Ezequiel y el isótopo radioactivo
24.05.07 @ 01:57:48. Archivado en Cultura y actualidad
Les voy a proponer una adivinanza y a poner los dientes largos, a ver si adivinan de qué obra procede este fragmento: "[...] se oyó un ruido, y hubo un agitarse y un acercarse huesos a huesos. Miré y vi que vinieron nervios sobre ellos, y creció la carne y los cubrió la piel, pero no había en ellos espíritu." ¿Género fantástico? ¿De terror, quizá? Se lo revelaré al final del artículo. De momento les avanzo que hoy he pasado uno de los peores ratos de mi existencia. Imagínense la situación: uno va confiado, doliente y paticojo, muleta en ristre, a que le hagan una gammagrafía ósea en el hospital y cuando está tumbado en la silla, la enfermera le pide que se arremangue la camisa; "No, si lo que tengo lesionado es el pie; me duele la parte del empeine y..." Entonces, ella me interrumpe: "Ya, -contesta la ayudante del traumatólogo-, esto es un isótopo radioactivo que le vamos a inyectar. ¿No se lo habían advertido?".
Tras el doloroso pinchazo, recuerdo poco más, porque perdí el conocimiento en cuestión de segundos. El doctor Kubba no me había prevenido de la sorpresa la semana pasada, no sé si deliberadamente o por descuido. En alguna película de James Bond, al agente al servicio de Su Majestad británica le inyectaban algo semejante para que la organización criminal Spectra lo pudiera localizar y fulminar: siempre se trataba, inequívocamente, de una mortífera sustancia radioactiva. Los acordes de la música de John Barry para la serie de películas de 007 han estado sonando durante toda la tarde en mi cabeza. El taxista que me llevó de regreso me vio a la salida tan descompuesto que tuvo que hacer una parada de abastecimiento en un restaurante y, como no podía moverme del dolor del pie, más el brazo amoratado por el punzonazo de la aguja (la enfermera debió de torear en buenas plazas), me trajo una botella de agua de un litro. Un abrazo para él, Amado se llama, y tan querido por mí desde hoy. Porque, eso sí, los facultativos me lo acababan de dejar bien claro: "El paciente debe beber mucha agua: no debe retener el isótopo radioactivo, ha de expulsarlo a lo largo de esta tarde por la orina".
En la portada del periódico que me aprendí de memoria en la sala de espera -lo llevaba conmigo, prevenido de que sólo encontraría ejemplares atrasados de revistas del corazón; no, no sobre información cardiovascular, sino de cotilleos- declaraba el acusado de envenenar al ex espía ruso Litvinenko: "yo no fui", dice, con la culpa escrita tal vez en el rostro. Sí, el equipo de medicina nuclear (que así se llamaba el área del hospital con las puertas blasonadas con la pegatina de la radioactividad) llevaba la culpa tatuada en sus frentes. ¿Qué más da tener delante a Blofeld, el líder de Spectra, acariciando a su gato mientras mira con delectación cómo una enfermera lo inyecta en vena a uno un chutazo de radioactividad, que a un aparentemente inofensivo médico? ¿No tienen suficiente con ver las dimensiones que ha tomado mi pie, que se ha empeñado en duplicar su tamaño? No se pierdan lo mejor: con semejante tósigo pegado a los huesos no debo acercarme a las embarazadas. Sí, sí, lo que oyen. "Tenga cuidado: si está casado, podría hacer abortar a su mujer si se acerca demasiado", me dijo la practicante cuando recuperé la color. Aviso a los maridos: si os dan un chutazo de isótopo -algo que os puede ocurrir-, alejaos de vuestras esposas si están encintas: el "carrete" podría velarse. Ah, ¿que no os lo advirtieron? Eso os pasa por casaros. Bond lo hizo una vez, asesinaron a su esposa, y no repitió la hazaña. Si ése es el efecto que causa en las féminas, entre los comañeros testiculares que le hacen a uno la vida más llevadera por esos caminos perdidos... se habrá producido una hecatombe. Miles de generaciones de espermatozoides retozones y pícaros habrán sido arrasados, exterminados, fulminados. Y los hijos de sus hijos.
Bien, el pasaje que les he transcrito en primer lugar, el del acertijo, lo he vivido hace unas horas: oí un ruido y hubo un agitarse de huesos, de carne y de piel, y no había en el cuerpo espíritu alguno, pues lo agarré de milagro cuando escapaba por la puerta gritando "¡¡Isótopo!!", como Peter Pan a su sombra fullera y fugitiva. Si les dijese que se trata de unos versículos de La Biblia, se lo creerían? Uno de los libros de libros más apasionantes, con las peripecias más audaces y las hazañas épicas, románticas, fantásticas y hasta eróticas que han existido jamás en la historia de la literatura. Libro de Ezequiel, 37, 1-14. Mientras Moscú protege al asesino de Litvinenko con un niet a la extradición de Lugovoi (que así se llama el más que sospechoso agente del KGB), me distraigo escribiendo estos aventureros sucesos, entre las navajas que rebanan mi metatarsiano cada minuto y la grande orina radioactiva. Mañana será otro día.
Sin embargo, tengo encima de la mesa Las aventuras de Washington Irving (Santiago de Chile, 1946), de Claude G. Bowers, la mejor guía que existe para seguir los pasos literarios del escritor norteamericano en España. Me va a ayudar a pasar el mal trago de la madrugada. Les aseguro que esta tarde, como Rip Van Winkle cuando se metió en la cueva de los gnomos centenarios, Irving vino andando hacia mí. Pero ésta es ya otra historia... Ya lo dijo el profeta Ezequiel: "¡¡Caerá sobre ti, oh Jerusalén, un isótopo radioactivo!!"
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