El Cutty Sark arde como una caja de cerillas. ¡Pobre Capitán Haddock!
23.05.07 @ 00:54:08. Archivado en Cultura y actualidad
¡¡Filibusteros!! ¡¡Mandriles!! ¡¡Ectoplasmas!! Me estoy imaginando a un indignado Capitán Haddock, el amigo de Tintín, lanzando los consabidos improperios contra los pirómanos que el pasado lunes quemaron en Londres uno de los iconos de la aventura que aún se mantenía en pie: el velero Cutty Sark, construido en el siglo XIX para traer té de la lejana China; sí, el que aparece en la etiqueta amarilla de las botellas del whisky homónimo a las que tan aficionado es el Capitán Archibaldo Haddock, descendiente del caballero de Hadoque, que puso contra las cuerdas al pirata Rackham el Rojo. La ficción vuelve a darnos otra lección de tangible realidad y a mí la historia de este enternecedor marino de tebeo se me antoja infinitamente más veraz que la de los programas electorales.
Ver las imágenes del Cutty Sark carbonizado causa verdadera impresión. Todo un mundo mítico de la novela de aventuras ha sido vulnerado, ha muerto un poquito con la indigna incineración. ¿No se dan cuenta? Los pirómanos han atentado contra Joseph Conrad, Herman Melville, Jules Verne, Robert Louis Stevenson, Hemingway -del que acaban de publicarse, por cierto, sus cuentos-... es decir, contra una manera de entender la vida, una manera romántica, de doncellas que sí lo eran y de espadas que conocieron la sangre corriendo por su hoja, que a los ultramodernos les da risa, pero que me tiene enganchado. En las vacaciones de verano de 1986, mi padre me regaló un libro, La isla del tesoro, que acababa de adquirir en la Feria del Libro de Gijón. No era una de aquellas versiones adaptadas de Bruguera, sino una novela en edición íntegra, sin ilustración alguna a excepción de la portada, en la que aparecía el retrato macilento del escritor. "¿Sabes por qué tiene este aspecto? -me dijo mi padre, moviendo sus bigotes- Tenía tuberculosis". Me quedé toda la noche leyéndola y a la mañana siguiente no había forma humana de levantarme de la cama para ir a la playa. Yo ya había tenido suficiente ración de arena con los bucaneros luchando en la isla por el Cofre del Muerto. La daga que Israel Hands lanzó a Jim Hawkins me dolió a mí también. Es extraño: el rumbo que toma la vida de una persona puede depender de un hecho tan trivial como abrir las páginas de un libro. Fue mi primera noche en vela y el recuerdo permanece tenaz, resistiéndose a abandonar el salón de la memoria. Luego, al volver a casa, en septiembre, para paliar los dramáticos efectos de la "vuelta al cole", mi padre me regaló su edición de El Quijote, que a su vez había heredado del suyo. Observé con cierta incredulidad el regalo, pero me aseguró que si me había gustado La isla del tesoro, ésta me iba a divertir aún más. Mi habitación empezó a llenarse de aquellas maravillosas locuras y personajes... y aún no los he echado.
Stevenson, el gran Tusitala, el narrador de historias, murió de un derrame cerebral en Samoa en 1894: se había bebido los siete mares. Aquello me impactó porque sabía que Doc Holliday lo había pasado mal tosiendo durante toda la trama de Pasión de los fuertes y de Duelo de titanes. Siempre me imaginaba que si Wyatt Earp le hubiera convidado a un poco más de whisky, por ejemplo de Cutty Shark, las cosas le hubieran ido mejor al bueno del doctor.
Seguramente que los incendiarios gamberretes desconocen que el velero, comandado por John Willis, vivió mil peripecias en su ruta entre China y Reino Unido, con la bodega repleta de hojas de té; y después hasta Australia, a por lana; que fue el barco de su categoría más rápido del mundo, capaz de hacer 666 kilómetros en 24 horas surcando los mares. Me imagino a bordo del barco a la tenaz Freya, la de las siete islas; al Capitán Achab y a Lobo Larsen; a Benito Cereno, a Lord Jim o a Marlow. Debería existir en el código penal de todos los países un delito de "lesa literatura": prohibido atentar contra las obras de ficción bajo pena de muerte, esto es, un paseo mortal por la quilla.
Claro, que me pregunto si tenemos conciencia de que en España tenemos nuestra literatura de piratas y de marinos: la trilogía del mar de Pío Baroja o la inolvidable y realista Gran Sol, de Ignacio Aldecoa. ¿Qué son, sino una vívida y descarnada epopeya marina, los Diarios de Cristóbal Colón? Aunque más vale que nos callemos, no vaya a ser que nos encontremos una mañana las réplicas de las carabelas de Palos de la Frontera convertidas en rescoldos, que ahora parece que se lleva mucho. Igual a alguien le molesta nuestra historia y vamos a tener que llamar al Capitán Haddock para que le rompa una botella de Cutty Sark en la mollera, al viejo estilo. Que navegar por Internet, perdónenme, no es lo mismo.
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Luego dicen que si la cultura no existe, sí que está presente o al menos lo hacía en un precioso barco que ya no está entre nosotros; ahora el afamado velero se parece más a las brasas que quedan en mi barbacoa tras una jolgoriosa tarde que a el que en otro tiempo fue el icono de una bebida alcohólica. Yo no sé ustedes pero el capitán del barco estará revolviéndose en su tumba, un barco es cómo parte de tu propia historia; le hacen eso a mi precioso Talbot Horizon del 81 y....
Tu apelacion a los "valgamedioses" del capitan Hadock, es suficiente para saber que, para tener unos mínimos valores sólo es necesario ojear algún manuscrito "marvel" o "hergé". Lo que me hace pensar que, en breve, los comics serán de obligada lectura en las escuelas ante la imposibilidad de que los alumnos puedan con material mas denso. De donde el problema final reside en la educacion, que como veo esta en el resto del mundo igual que en España - suprimamos el fracaso escolar por la vía del aprobado general-. La imagen del niño escondiendo bajo el libro de lectura un ...
Como él, me he criado entre comics de Tintín, cuya llegada esperábamos ansiosamente de la mano de los "pajes" de SS.MM. cada 5 de enero por la noche y que formaban nuestro pequeño imaginario.
Es una lástima que atenten contra este tipo de símbolos, básicos para comprender el carácter de nuestros héroes...
De todos modos, es algo a que lo que mi personaje de Hergé favorito, Bianca Castafiore, ya está acostumbrada, pues se desayuna día sí y día también con las portadas de los diarios en los que aparece el robo de sus preciados diamantes.
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