Miles de personas se han echado a la calle ¿Revolución social? No, el Sevilla, bicampeón.
18.05.07 @ 12:08:41. Archivado en Cultura y actualidad
En el telediario de TVE-1 abrían anoche con esta entradilla: "La utopía hecha realidad". Se veían miles de personas gritando y alzando los brazos con gesto de felicidad infinita, unos lloraban, otros miraban al cielo, otros juntaban las manos en señal de gratitud a los dioses del Olimpo por algún favor. Niños, madres, jóvenes, abuelos, cojos, mancos, tuertos... la Corte de los Milagros de Victor Hugo entera con una algazara, grita y barahúnda que ha dado como resultado unas docenas de sordos. Por fin, piensa uno, las masas de Ortega se movilizan, se echan a la calle por una causa noble, para cambiar el rumbo de la política, para contestar las mentiras de las campañas electorales. No, que ha ganado el Sevilla, el Club de Fútbol.
Estos días ando leyendo un librito de Juan Cabal, Los héroes universales de la literatura española, editado en 1977, hace treinta años. El autor lanza en el prefacio la siguiente pregunta, refiriéndose a los personajes "inmortales" de nuestra literatura, como el Cid, Pedro Crespo, Segismundo, don Juan, etc: "¿podría encontrarse ningún español medianamente instruído que no se sintiera avergonzado de ignorar su existencia [la de nuestros héroes] o de tener de la misma una idea vacilante y confusa?". Me hubiera gustado hacer la encuesta ayer, en los alrededores del estadio Sánchez Pizjuán, y puedo aventurar que al preguntar por los héroes, me hubieran contestado todos a una, como en Fuenteovejuna: Andrés Palop. El futbolista que ha dado un "palop" al Espanyol ayer en Glasgow es el héroe indiscutible, invicto de la jornada. Ha contribuido, como decía la presentadora del telediario, a la construcción de la utopía social con una patada. Así de simple. Así que la respuesta a la pregunta del bueno de Cabal es fácil: los españoles sí conocen la existencia de sus héroes, pero han cambiado de nombre. Si antes eran idealistas caballeros andantes, príncipes trágicos o guerreros medievales, ahora son los hombres extraordinarios de la liga de las estrellas, ésos del contrato multimillonario que contribuyen a que el organismo del hombre segregue feromonas y a la mañana siguiente vaya contento a la oficina o a la fábrica, donde lo machacarán por mil euros y habrá de volver a demandar esa semana más héroes de la pelota.
Felipe II exageró cuando incoó un proceso de canonización para Rodrigo Díaz de Vivar que Roma, con toda lógica, rechazó. Ni tanto, ni tan calvo. Pero sí es cierto que la actitud del Cid ante el papel de los reyes, especialmente la del Cid de los romances, vendría bien que se diera a conocer. La actitud orgullosa de un guerrero que descendía por línea directa de uno de los dos jueces de Castilla, Laín Calvo, que no quisieron someterse al Fuero juzgo leonés. Ahora el paradigma heroico ha cambiado: el pueblo no sigue las gestas de la lucha política de sus líderes, que dan risa floja, sino de sus deportistas, cuyas hazañas enardecen a las multitudes. Sólo que, en esta ocasión, lo único que cambian son las astronómicas y deportivas cifras de sus cartillas bancarias. No me extraña que Ronaldinho enseñe los piños.
Mientras, la gestión del país sigue en manos de quienes, en la literatura clásica, nadie hubiera dudado un instante en tachar de pícaros.
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