Cervantes, Zapatero, Aznar y el vino
04.05.07 @ 17:41:00. Archivado en Cultura y actualidad
Está bien acordarse de don Miguel de Cervantes cuando hace falta. Viste mucho. Ayer el ex presidente del Gobierno José María Aznar lo ha citado durante la recogida la Medalla de Oro de la Academia del Vino de Castilla y León para apoyar y defender el vino. Dijo, a la manera cervantina, que su consumo moderado "ayuda a guardar secretos y mantener compromisos y promesas". Pero, hombre, ya que se utiliza al ilustre manco en un discurso político, hágase correctamente.
En el capítulo XLIII de la Segunda Parte, don Quijote, entre muchos otros consejos que le da a Sancho para el buen gobierno de la Ínsula Barataria, le dice: "Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra". Como se ve, el verdadero sentido de la mal citada frase cambia por completo: el Caballero de la Triste Figura recomendaba beber con moderación, ya que su exceso conducía a liberar la lengua más de la cuenta y a incumplir las promesas. No es que el vino ayude a guardar secretos ni a nada, como Aznar dice que dijo Cervantes, que no, sino que el demasiado vino no los guarda.
El caso es que, a comienzos de este año, el Gobierno de Zapatero había puesto en marcha un anteproyecto de Ley de Medidas Sanitarias que pretendía prevenir, entre otras cosas, el consumo de alcohol entre los menores de edad. Ahora bien, ya me contarán, incluso con la Ley aprobada, cómo pensaban hacerlo: puede que repartiendo entre los menores esparadrapos para tapar la boca a partir de las diez de la noche. Claro, que ésa es otra: lo que la ley entiende por "menor de edad", porque sé de alguna adolescente, adulta de pies a cabeza, que ha sacado a su familia adelante y se ha ayudado de su jarrillo de buen vino; y de otros merluzos, completamente alcoholizados, que dirigen los destinos de los pueblos. Basta que se prohíba algo para incitar a su consumo y disfrute. "Puedo resistirlo todo, excepto la tentación" (Óscar Wilde). Aún más inexplicable que intentar prohibir que se fume o que se beba resulta el hecho de que el vallisoletano Zapatero, nacido y criado con los caldos de la Ribera del Duero, los mejores del mundo, diera el visto bueno a que empezara la restricción vinatera. Lo convenció, al parecer, Elena Salgado, la impulsora de la Ley antitabaco que todos los fumadores se han pasado por donde la espalda pierde su casto nombre.
Resulta que hace cuatrocientos años que la dieta que recomiendan un sinnúmero de costosos facultativos a los obsesionados con el sobrepeso está escrita en el libro más famoso del mundo. El caso es que el vino, bebido con medida y si es de buena calidad, tiene propiedades benéficas que van más allá de las físicas y que ya han sido demostradas por la ciencia médica. El vino peleón y "de la casa", el que viene sin etiquetar o descorchado produce en cambio alteraciones en la psique de los individuos que, tras una comida, vuelven a la oficina y no dejan títere con cabeza porque acaban de echarse al coleto varios tragos de polvos de sulfitos disueltos en alcohol, importados de lugares ignotos. Si la mente, presumiblemente en estado sólido, termina por licuarse tras una sucesión ininterrumpida de horas entre los barrotes de los despachos, imagínense el efecto que produce su mezcla con el mejunje deletéreo que suministran en algunos restaurantes: directamente, los sesos -si alguna vez los hubo- se vaporizan y salen disparados bajo la especie gasesosa por las narices. Suministrado a los chavales para que añadan ese corrosivo de metales que es la coca cola y se preparen una repugnancia llamada "calimocho", ni les cuento. Algo parecido al Bálsamo de Fierabrás.
Cuando la política española se acerca a la cultura siempre pasa lo mismo. Mejor que ni la toque: el vino es cultura y Juan Ruiz era de la misma opinión que Alonso Quijano, puesto que arremetía contra su consumo en exceso; cuando lo bebe, ha de ser de calidad: se queja en el Libro de Buen Amor del "vino malo, agrillo e ralo" que le da la serrana. No le acabo de ver la gracia a trastornar las palabras de don Quijote que, por otro lado, al ser caballero andante, no era muy pródigo en acudir al fruto de la vid; la única vez que sabemos a ciencia cierta que lo bebió aparece en el capítulo II de la Primera Parte, cuando se lo hicieron tomar a través de una caña un ventero y dos mozas de las que entonces llamaban "del partido". Lo que no sabemos es si eran del PP o del PSOE. Seguro que algún listo ya les ha encontrado un carné en la faltriquera.
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