Otra vez el canon
02.05.07 @ 19:38:48. Archivado en Cultura y actualidad
Varias universidades europeas acaban de elaborar un nuevo canon de la literatura por iniciativa de la Università degli studi di Roma "La Sapienza" y han seleccionado a los mejores autores y obras de la literatura de todos los tiempos. Seguimos haciendo listado de "los mejores", que yo me atrevería a llamar "los grandes desconocidos de la literatura". El ganador ha resultado, qué sorpresa, El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha de Miguel de Cervantes. Pero... ¿para qué demonios vale el canon? En otras palabras, ¿quién está detrás de ello? ¿Qui prodest?
Sencillamente, esto sólo ha podido interesar a quien o quienes hayan pretendido enmendar la plana a Harold Bloom con su anterior trabajo canónico. La teoría del canon es, por definición, insuficiente para establecer criterios de selección, toda vez que atiende a la subjetividad de un grupo de supuestos especialistas; id est, que en la teoría del canon funciona el argumento de la auctoritas. La literatura sí posee unos indicadores teóricos de literariedad, de qué texto puede acercarse al hecho literario y qué puede, por ejemplo, considerarse uno ajeno al pacto de la ficción, por ejemplo, una receta de un jarabe, las calabazas de un colegial en septiembre plasmadas en un boletín de notas, el anuario de actividades de una gran empresa o la guía de teléfonos.
No todo vale, no todo es literatura por el mero hecho de ser publicado, como me insinuaron unos profesores en cierto congreso de Literatura e hipertexto, escandalizados de que aplicara criterios de definición literaria a la blogonovela o blognovela. La desautomatización del lenguaje, la teoría del sermo ornatus, los niveles de complejidad atendiendo a la identificación de la voz narradora, la ficcionalidad, la connotación, la metaforización, los niveles narrativos, el tiempo del relato, etc., arrojan algunas pistas en el proceloso mar de la identificación literaria del hecho narrativo.
Sin embargo no veo clara la oportunidad de establecer un canon literario a estas alturas, calificando por su mayor o menor valor las obras literarias, más que nada por el peligro que corren muchas obras de perderse, de olvidarse, de quedar arrumbadas y cubiertas por el desdén del olvido. Le ha ocurrido a mucha literatura: ¿han visto alguna vez los poemas de los goliardos formando parte de algún listado? ¿O los poemas metafísicos ingleses de John Donne, por ejemplo? ¿Acaso las Coplas del provenzal, de la panadera, de Mingo Revulgo o las Danzas de la muerte fueron recuperadas para la Historia de la literatura como parte de ese todo que algunos académicos han dado en denominar "lo mejor"? ¿¿Por qué se le aplica al marqués de Sade un aborrecible criterio moral, tachando de pornográfica una obra erótica, y se le excluye de los recuentos, siendo un genial creador de mundos de ficción, dramaturgo, novelista y ensayista?? Pero, sin irnos más lejos, ahora que estoy leyendo Elisabeth, del cineasta Eric Rohmer, la incluiría si me preguntaran en un listado de las mejores novelas del siglo XX por su perfección y adecuación a la otra gran corriente narrativa de los últimos años: el cine.
Sin duda la cercanía, la lectura reciente, la oportunidad, la amistad o el capricho son criterios que se cuelan de rondón a la hora de cribar en un donoso escrutinio que entraña sus servidumbres. Si el encumbrado en este reciente canon, Cervantes, en El Quijote arrojó al fuego decenas de novelas de caballerías, estoy convencido de que muchas de ellas se podrían haber salvado. Harold Bloom en El canon occidental (1994) estableció un riguroso listado que comenzaba con "Shakespeare is the cannon", seguido de Dante, Cervantes, Tolstói, Chaucer, Montaigne, Milton, Goethe, Ibsen, Joyce y Beckett. El libro fue un éxito de ventas y por primera vez en muchos años, un ensayo literario estuvo en boca de todo el mundo porque planteaba unas lecturas recomendadas por un académico acreditado. Provocó alharaca, grita y barahúnda porque Bloom decía que Shakespeare es más grande que Cervantes.
Ahora aparece el Canon europeo, que así se llama el trabajo recientemente presentado, encabezando su lista con Cervantes y la continúa con Dante, Shakespeare, Goethe, Joyce... etc. Es decir, que a los catedráticos europeos les dolía la chinita en el zapato que había dejado Bloom hace trece años y han invertido el orden en el pódium. ¡Gran noticia! A mí me parece más significativo el hecho de que diez videojuegos hayan entrado hoy mismo en el recién creado Digital Game Canon "por su visión transformadora en términos tecnológicos y de diseño y por su relevancia histórica y cultural" y piensan guardarlos en la Biblioteca del Congreso, en Washington.
A lo mejor, a la gente, a los jóvenes, el Canon europeo les importa una higa y les apetece entrar en los mundos de entretenimiento de algunos de los canonizados, como Tetris, Super Mario Bros 3, Doom y Warcraft (Series). Mientras, unos cuantos eruditos seguirán peleándose por el puesto de llegada a la línea de meta del imbatible tándem Cervantes / Shakespeare, cuyos personajes y tramas, dicho sea de paso, los consumidores de videojuegos apenas conocen ni ganas que tienen. Eso sí, por ahí se escucha todavía el comienzo del monólogo de Hamlet del "Acto tercero", cuando algún estudiante quiere echarle unas flores a una compañera que lo mira con cara de no saber de qué va la feria. Esperemos que la amiguita no se suicide, como la pobre Ofelia; no, seguro que se escapará a echar unas partiditas a la videoconsola.
Me acuerdo de que cuando era pequeño llamábamos a los precedentes de los videojuegos "maquinitas" y mi tía me regaló una de ratones por mi cumpleaños: no he cambiado la pila y aún funciona. Pero no aguantábamos más de diez minutos con el cacharrillo entre las manos, harto de alcanzar todos los niveles de dificultad. Ahora debemos empezar desde el nivel uno en el ámbito de la lectura en las nuevas generaciones: antes hablabas con un amiguete del ruiseñor que se desangró sobre el tallo punzante de una rosa, la golfería simpática de John Silver "El Largo" o de la terrible pena que afligía al Príncipe Feliz y tenías esa reconfortante y cómplice sensación de lo familiar. Ahora Súper Mario Bros acaba de entrar en el canon de la Biblioteca de Washington y algunos todavía no nos hemos enterado muy bien de los méritos de este fontanero bajito y con bigote.
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