En el codo se aloja traicionero un nervio desprotegido, al que comúnmente se le llama "hueso de la risa", que no es de materia ósea ni maldita la gracia que hace cuando se golpea sin querer contra algún esquinazo, de ésos que se encuentran por la vida. El cuerpo se estremece de un dolorcillo tontorrón y le entra a uno una risa floja acompañada de un "ayayayayyyy", que suele remitir transcurridos cinco minutos, más o menos. Sin embargo, el doliente reflejo permanece más tiempo, como las penas de amores.
El húmero debería haber protegido, por evolución, ese "talón de Aquiles" del brazo, pero ahí está, cual Pepito Grillo, para recordarnos nuestra vulnerabilidad y anunciarnos otros dolores mayores que, antes o despúes, acabarán por atenazarnos. A don Francisco de Quevedo se lo ha encontrado, revolviendo en una cripta de la parroquia de San Andrés, en Villanueva de los Infantes, un equipo de forenses de la Universidad Complutense y andan dándole golpecitos: el madrileño, como sucede con la prueba del reflejo rotuliano cuando se golpea en la rodilla con el martillito, se ha revuelto, pero de risa, en la tumba.
Dejando al margen que no es cierto que no existan descendientes localizables de Quevedo para poder practicarles la prueba del ADN, me pregunto qué intención se oculta, próximas ya las elecciones municipales, tras esta exhumación y cucharada con pico y pala en los 167 cadáveres que descansaban en la ya famosa cripta de San Andrés, tan tranquilos que estaban unos abrazados a los otros, como los personajes de los Sueños., cuyo título prosigue: ... y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados del mundo. No está mal para empezar a contemplar con los quevedos de Quevedo la desorden, que dirían en su tiempo, y desfachatez de este mundo. "Eran estos en grán número [...] gran chusma y caterva de boticarios, con espátulas desenvainadas y jeringas en ristre."
En total, no pierdan la cuenta, se han reunido diez piezas honrosas cuyas médulas "han gloriosamente ardido": un húmero -el de la risa-, una clavícula, dos fémures y seis vértebras, por los que transitaron generaciones de ilustres gusanos desde el siglo XVII y que desplegaron, tras la insigne ingesta, un ingenio que admiró a las colonias de gusarapas de su tiempo. Los forenses han medido aquí y allá y han dictaminado que los fémures andan un tanto combados, a la manera cojitranca, y que la calavera ha salido corriendo, entre carcajadas.
España es un carajal barroco; lo fue en tiempos de Cervantes y lo sigue siendo hoy. Qué poco ha cambiado. Con el caldo del guiso de los húmeros se ha publicado un informe de conocida receta: restos forzosamente identificados igual a peregrinación obligada. Quien mejor lo sabe es el alcalde de Villanueva, que en la rueda de prensa se descolgó, funambulista y retozón, con una humorada (de "húmero"): que se estipule como delito tipificado en el código penal el no acudir, al menos una vez en la vida, a visitar la tumba donde yacen por fin los auténticos -según él y los doctores- restos de Quevedo. Dicen los lugareños que por la noche se ha comenzado a escuchar una risotada que parece escaparse de la cripta.
Viernes, 17 de febrero
David Felipe Arranz
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Ángel Sáez García
Paulino Toribio
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Carlos Ferrer
José Donís Català