Descartes hablaba del genio maligno al referirse en las Meditaciones metafísicas (1642) a la posibilidad de que existiera una criatura tal que manipulase todo lo que percibimos y entendemos. El mundo de improvisaciones que nos toca vivir hace que cada vez que miramos un objeto del mundo, nos parezca una experiencia real, pero en realidad se trataría de una obra ilusoria del genio maligno. ¿Certezas? Ninguna. ¿Incertidumbres? Todas las que vd. quiera.
Siete zulos, media tonelada de explosivos, bombas lapa, quince pistolas y un hedor a odio y muerte que lo impregnaba todo: la policía ha descubierto en Montpellier otro nido de ese escorpión encapuchado que rasga la carne de los ciudadanos por detrás. El mundo estéril de los terroristas al descubierto, gracias a la colaboración de los gendarmes franceses. Me recuerda al mundo atrofiado del nazismo retratado por el novelista norteamericano John Hawkes en la desconocida The Cannibal; porque eso, y no otra cosa, practican los asesinos de ETA: el canibalismo.
No deja de parecer curioso que la literatura clásica tome al asalto las portadas de los periódicos. Ningún director de rotativos en su sano juicio haría aparecer hoy las efigies de nuestros clásicos en la primera plana… si no es por una razón más pragmática, acorde con los usos de nuestro siglo XXI y la demanda de los lectores, que parece haberse alejado mucho más que cuatro siglos del XVII. El honor, la justicia, la valentía, el sentido de comunidad, el deseo y la voluntad de frenar los desmanes de los poderosos y, si me apuran, el amor, son temas que hoy parecen extraídos del baúl de los recuerdos. Imagínense a los lectores de nuestros principales diarios corriendo a su librería más próxima a adquirir Fuenteovejuna, El alcalde de Zalamea, Peribáñez y el comendador de Ocaña o El caballero de Olmedo. No: en España no. Imposible tal estampa o, si acaso, es fruto de una mala digestión de verano.
Vivía en Neverland, aquella tierra inventada por James M. Barrie, y se rodeaba de juguetes, agarrado a perpetuidad a la tabla de salvamento infantil de Peter Pan; dicen que su infancia, alimentada desde niño por la música, la truncó un padre despiadado y explotador que ahora concede entrevistas bien pagadas a los medios. Acusado por el dedo de la opinión pública y los intereses económicos de quienes ahora se inculpan en el show televisivo y lloran su muerte, Michael Jackson murió por sobredosis de fármacos en ese difícil ejercicio de adaptación que ha supuesto para muchos artistas el cambio de siglo.
Porque el cuerpo humano es un milagro y rige su propio destino; porque el respeto a la vida ha de anteponerse a todos los demás; porque la mente humana es el organismo más complejo y maravilloso que existe; porque nadie es dueño de la vida ajena; porque ... los partidarios de la eutanasia deben empezar a practicarla con ellos mismos, empezando, por ejemplo, por sus nalgas. O que les den un lingotazo de morfina cuando caigan al suelo y se queden inconscientes, tendidos en el asfalto. Los amigos del eufemismo que hablan de la muerte asistida, que lo llamen mejor asesinato.
¡Oh, estupidez de estupideces! Todo es estupidez. Quiere este hombre del siglo XXI, de la sociedad globalizada --"mi nieta, cuando crezca, será ya una globalizada... e incluso mi nuera lo es ya", me comentaba hoy mi amigo Juan--, pergeñar la performance de los hechos más trágicos de la existencia. La anormalidad del ser actual, extraño cruce de individualismo e indiferencia ensombrecida por el ansia y la rutina, lleva a la aceptación colectiva de la institucionalización del espectáculo incluso de hechos tan espantosos como un accidente. ¿Se imaginan un tiovivo hecho de aviones caídos en la II Guerra Mundial? ¿O un tren de la bruja compuesto de vagones estrellados en un accidente en cualquier lugar del mundo en el que murieron decenas de personas? ¿Y un parque de atracciones en el que se exponen los juguetes encontrados en la pista de Barajas tras el accidente del avión de Spanair?
Francis Pisani, gurú de las TIC nacido en París y ciudadano cosmopolita donde los haya, acaba de publicar un libro, escrito junto a Dominique Piotet, titulado La alquimia de las multitudes (Barcelona, Paidós, 2009). En él, Pisani y Piotet reflexionan sobre los nuevos retos sociales a los que nos hace enfrentarnos la vertiginosa evolución de la Red de redes y las tecnologías, ya no nuevas, sino simplemente (y nada menos que) tecnologías de la información y de la comunicación. Afirma Pisani que las multitudes son capaces de producir el "oro" de los nuevos tiempos y que el sumatorio de las inteligencias individuales conlleva el logro de los avances sociales.
Llamo retroceso social a que en España se haya fraguado durante años una red de cerca de dos centenares de pederastas, que se dice pronto, y ¿nadie? se haya dado cuenta; llamo retroceso social a que haya movilizaciones masivas y simultáneas en todas las ciudades españolas para manifestarse contra el terrorismo y que las multitudes no salgan a la calle para denunciar esta abominable realidad que se acaba de destapar, salpicándolo todo de vileza; llamo retroceso social a que la justicia no tenga mano dura con los pederastas y que salgan a la calle con permisos penitenciarios y atenuación de la pena por buena conducta; llamo retroceso social a la prontitud con que la sociedad olvida que un niño indefenso ha sido violado y torturado, dejándolo herido y roto por dentro para toda su vida.
"Odio a España desde siempre", acaba de afirmar Rafael Sánchez Ferlosio, quizá el escritor vivo, junto a Miguel Delibes y Juan Goytisolo, más importante de nuestra lengua. Es, para decirlo con firmeza, el autor con vida más representativo de la literatura escrita en lengua española. El Jarama (1955) es otro Quijote, textos deturpados y masacrados por profesores incompetentes y sin vocación en las clases de lengua y literatura de la enseñanza primaria y secundaria porque aparecen como lectura obligatoria en los planes de estudio. Nada más. Es lógico que Ferlosio, en la reciente presentación de su último trabajo, God & Gun. Apuntes de polemología, odie a España, tanto como han hecho abominar de su obra a generaciones de jóvenes lectores, que no han llegado a comprender el alcance y la importancia de este concienzudo aldabonazo a las clases urbanitas.
“Todo lo que no es tradición es plagio”, sentenció Eugenio D’Ors convirtiendo así esta opinión en un referente a la hora de hablar del plagio y la intertextualidad. Hoy han aparecido en la prensa dos noticias que acusan de plagiarios al director Steven Spielberg y al cantautor Enrique Bunbury; y a ninguno de los dos se les podría calificar -afortunadamente- de guardianes de la tradición.
Son falsas a todas luces las seguridades que se ha creado la sociedad del conocimiento, acaso la más vulnerable, sujeta quizá a un apagón tecnológico mundial o a una catástrofe nuclear. La sociedad potencialmente catastrófica –que no catastrofista, al contrario– piensa globalmente y su dolor se ve intensificado al comprobar que las negligencias se pagan más caras que nunca. Somos enanos a hombros de gigantes, decía un adagio medieval: en plena era de la información, nos sentimos más indefensos y pequeños que nunca. Heridos en nuestro orgullo tecnológico, hemos visto cómo la vida de 154 personas se nos ha escapado entre los dedos en el interior de un “milagro” aeronáutico al que se le restaba presupuesto.
El entusiasmo colectivo en una sociedad desilusionada, la agrupación bajo una bandera en un tiempo de individualismos y no de colectividades, la simplificación lingüística del periodismo deportivo –“igualó la mejor marca de la historia”, “segundo oro español”, “le toca al tenis vivir su gran día”, “disputar la final”—, la retransmisión de una emoción impostada que se hace grito en las ondas… El olimpismo estival y festivalero invade las horas a través de los medios.
Miércoles, 10 de febrero
David Felipe Arranz
Peio Sánchez Rodríguez
Marie-José Martin Delic Karavelic
Ángel Sáez García
Alfonso Agís
Carlos Ferrer
Julio César Izquierdo
Juan Luis Recio
Chris Gonzalez -Mora
Juan Fernandez Krohn
Juan Granados
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes