Hemos dejado atrás, demasiado atrás, el siglo XX, aquel periodo que hizo que el hombre se preguntara, a la vista de los totalitarismos, qué papel juega la razón en la aventura humana y cuál es la relación que guarda la filosofía con los hechos de la humanidad. Fue la del siglo XX una centuria comprometedora, que puso en jaque la capacidad del ser humano de alcanzar metas nobles, haciéndolo descender a los abismos más insondables del horror.
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Dicen los políticos, que son los que han inventado -entre otras cosas- el Día del libro, que Cervantes y Shakespeare, las dos figuras más sobresalientes de las letras universales, murieron el mismo día: el 23 de abril. Ni el autor de La Galatea falleció el cacareado Día del libro ni parece -aunque no está confirmado- que el creador de Hamlet lo hiciera en esa fecha: 23, 23, 23... En cualquier caso, qué mas da: ¿quién los lee en el Día del libro? En nuestros pagos es el día del pijama de rayas de John Boyle, el angelical juego de Carlos Ruiz Zafón y el templo marítimo de Ildefonso Falcones.
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Si un calificativo cabe atribuir a la noble arte de la piratería es el de “esforzada”, pues viene del étimo griego “πειραω”, que significa precisamente esforzarse, emplearse a fondo en conseguir algo. Estos días los piratas del Índico han saltado a la palestra noticiosa a propósito del abordaje bucanero del pesquero “Playa de Bakio” frente a las costas de Somalia y traen a la sobremesa de las familias el aire brumoso y salado de la aventura en alta mar, si bien en las terribles circunstancias en que se encuentra la tripulación del atunero.
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El agua, ese bien del que estamos hechos, es el último motivo de cicatería; no me refiero al quítame allá ese trasvase del Ebro que no te quiero dar –que también-, sino al anuncio de la Asociación de Hostelería de Madrid de que van a empezar a cobrar el agua del grifo. Es decir, que si sale adelante esta norma de la hostelería, si alguien pide un vaso de agua le cobrarán una cantidad, “simbólica”, ha anunciado ya el presidente de la Asociación. Si en Aragón piensan así, el Segre jamás regará Barcelona.
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No sé si llamarlo cinismo, hipocresía o ganas de calentar el horno. Que a estas alturas algunos empresarios pidan al Ministerio de Trabajo que se oficialice el Día de la diversión en el trabajo suena a chanza, a grosería, a mofa. Sería la primera vez en la infame historia social de la empresa española que algún directivo se preocupara de la salud mental de sus trabajadores, de promover –qué palabra más emputecida- sus sonrisas. ¿Interesados en la felicidad del trabajador los directivos? Vd. me toma por imbécil, oiga.
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Todos le daban por muerto aquel 16 de septiembre de 1498, tras haber enviado a la hoguera, dicen algunos historiadores, a más de 2.000 inocentes: a unos, los confesos, se les daba garrote antes de entregarlos a las llamas; a otros, los reincidentes, aquellos que no abjuraban de su fe judía, se les cocinaba vivos. El auto de fe era espectáculo que convocaba a todos los ciudadanos, una gran parafernalia -más infernalia que otra cosa- teatral donde se escenificaban los más horrendos crímenes bendecidos por el brazo secular de la ley. Se llamaba -o se llama- Tomás de Torquemada, de oficio inquisidor y de infelice memoria.
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No sé cómo se encuentran vds., pero esta mañana me invade un sentimiento de perplejidad. Más allá del resultado esperado por todos –España es, claramente, un país socialista–, creo que lo ocurrido ayer merece una urgente reflexión. Con dos diputados, Izquierda Unida desaparece como grupo independiente del Parlamento. La variedad se extingue, la simplificación actúa con fuerza imparable: cuando se borran los matices importantes, las diferencias, mal camino llevamos.
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Ahora que los planes de estudio han abolido definitivamente la asignatura de Filosofía, vamos a refrescar un poco la memoria, con los comicios a la vuelta de la esquina; vamos a molestar un poco, que no estoy muy de acuerdo con que se vayan retirando de la circulación estratégica y deliberadamente las obras del pensamiento universal, vaya. Para Platón la república era como el alma humana: dividida en tres partes, apetito, espíritu y razón, los ciudadanos engrosaban según sus calidades una u otra parte de ese ente orgánico que, a decir del filósofo, es la mejor de las formas de gobierno. Así, se refería a los reyes filósofos como aquellos gobernantes que configuraban la parte de la razón de la república.
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Se ha convertido en el ejercicio nacional y se le llama de diferentes formas; añoro la clásica “hacer zalamerías”, aunque la más extendida, en el registro coloquial, es la de “lamer culos”. Realmente es ya una plaga ésta de la langosta rastrera: apenas uno se descuida y alguien le está tirando de la levita por diferentes razones que sí vienen al caso: el afán de medro. Recuerdo que hace años era una actitud bochornosa.
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Estos días estoy sufriendo varias agresiones que me ofenden el oído. Por doquier escucho de amigos y conocidos, periodistas y gente soez y “baja canalla”, que tal o cual cosa está “detrás mía” y “delante suya”. Es decir, que confunden el lugar con la posesión; pero bueno, creo que es un mal que se extiende a otras facetas de la vida, no sólo la de la lengua. La posesión, que consiste en cosificar y convertir en valor de cambio realidades intangibles humanas, como el pensar o el amor, es algo normal hoy en día. Lo poseen a uno y ya está. Aquí paz y después gloria
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El gato, que tiene siete vidas, es un animal huidizo; dicen que, dependiendo del carácter del dueño, éste elige una mascota canina o felina: si es dependiente en el amor y necesita de una compañía solícita y servil, elegirá un dogo como compañero; si lo que le gusta es un cierto tira y afloja, una tensión -lo que los clásicos llamaban eutrapelia- necesaria para mantener viva la llama del amor, elegirá un gato para que le enseñe que las relaciones funcionan a partir de la libertad. En El gato con botas, cuento recopilado a finales del siglo XVII por Charles Perrault, el minino, al que su dueño provee de los conocidos complementos que le va solicitando, termina por corresponder su generosidad y ayudarse también a sí mismo mediante una prodigiosa inteligencia: las habilidades felinas aumentan el bienestar del humilde hijo del molinero. Ahora está colgado en ARCO junto a un compañero como premio a sus desvelos: el belga Jan Fabre lo ha disecado y suspendido del techo en la instalación 'The protestation of the dead alleycats'.
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La organización espacial en el ámbito del trabajo singulariza a los individuos. Nada es inocente y cada acción se encuentra revestida de significado: no se equivoquen. El hombre delinque hasta cuando duerme. Recurriendo a la semiótica, podemos atisbar fácilmente el sistema binario de signos que articulan las redes organizativas y culturales de los recintos laborales, esas cárceles disimuladas: como diría Foucault, en torno a las microestructuras de poder edificadas sobre el concepto de premio y castigo. Fueron las prisiones y las escuelas en el siglo XVIII las que llamaron su atención: hoy, nuestro Estado de bienestar provocaría en él un inmenso disfrute analítico… “Cuánto comportamiento patológico”, diría el autor de Las palabras y las cosas.
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