El buen vivir de Juan Luis Recio

Pero, ¿hacer huelga es cosa de vagos?

29.09.10 | 15:00. Archivado en Tests
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¿Hacer huelga o no hacer huelga? ¿Y qué tal tirar por la calle de en medio? Por ejemplo, recuperar este post sobre el trabajo y la vagancia, y ver qué piensan ustedes. Trabajar hoy, pero poco...

En fin, decía Enrique Jardiel Poncela que “cuando el trabajo no constituye una diversión, hay que trabajar lo indecible para divertirse”, dando a entender que hay que disfrutar del tiempo de trabajo, como lo hacía él al escribir sus populares, divertidas e inteligentes comedias. Aunque no nos dediquemos al humor, es bueno disfrutar del tiempo de trabajo, pero no tanto hacer de él el único punto de interés de nuestra vida, ya que en este proceso podemos hasta llegar a enfermar, convertirnos en un adicto al trabajo. ¿Es este nuestro caso? ¿Trabajamos más de la cuenta, descuidando otras facetas de nuestra vida, o, por el contrario, no damos palo al agua, siendo candidatos a convertirnos en Presidentes del Club de Vagos y Maleantes de nuestro barrio?

Un camino entre el trabajo y la pereza. No deja de ser paradójico que un libro que proclama trabajar lo menos posible, como es el caso de El derecho a la pereza, haya sido escrito por Paul Lafargue, yerno de Karl Marx, acérrimo defensor del trabajo frente a la explotación del capital. En esta obra de 1880, denunciando las largas jornadas de trabajo que se exigía a los obreros en aquella época, Lafargue trata de convencer a los patronos que jornadas más cortas, como las que ya eran ley en Inglaterra (diez horas como máximo), no disminuían la productividad sino que la aumentaban, ya que un obrero menos cansado trabaja mejor. Aboga por una jornada laboral de tres horas diarias e insta a los empresarios a transformar a sus empleados en consumidores de los bienes que producen. Lejos de propugnar el derecho al trabajo, Lafargue defiende el derecho al ocio, al tiempo libre, en fin, el derecho a la pereza. Pronostica el autor que la revolución industrial irá reduciendo de modo paulatino la necesidad de mano de obra, con lo que habrá que trabajar menos para repartir el menor volumen de trabajo disponible. ¿Era Lafargue un profeta, al tratar de encontrar un camino entre el trabajo y la pereza que satisficiera a toda la sociedad?

Aunque algunas de las predicciones de Lafargue sean acertadas, no supo ver el surgimiento de auténticos acaparadores de trabajo, de personas que centrarían toda su vida en el desempeño de su actividad profesional, descuidando las restantes facetas de su vida, de modo tal que incluso podrían llegar a destruirse a ellos mismos y perjudicar a sus seres queridos. Era difícil ver entonces, cuando la lucha obrera iba encaminada a la reducción de una muy excesiva jornada laboral, el surgimiento de esta nueva especie, los adictos al trabajo, denominados internacionalmente como workaholic, en feliz expresión acuñada por el clérigo y psicólogo norteamericano Oates, que vendría a significar “alcohólicos del trabajo”, adictos que sustituyen la bebida por el trabajo incesante como enfermizo objeto de culto.

De todas formas, las personas adictas al trabajo, si no llegan a grados extremos, disfrutan de algunos valores positivos, ya que se divierten con lo que hacen, son capaces de establecer con claridad sus metas y suelen tener un buen desempeño profesional. Pese a ello, su adicción al trabajo les termina llevando a perjudicarse en su calidad de vida, incluso físicamente, padeciendo de irritabilidad, úlceras gástricas, cansancio injustificado y enfermedades coronarias.

Retrato-robot del adicto. Pero ¿cómo es el prototipo de adicto al trabajo? En principio, la sociedad entera está encauzada en la actualidad hacia la adicción al trabajo, al menos en los países más desarrollados. Tanto norteamericanos como europeos consideran en su mayoría que el trabajo es lo más importante en su vida, mucho más que el tiempo libre y de ocio. Pese a ello, actualmente se estima que el ochenta por ciento de los enfermos por adicción al trabajo son hombres, frente a un veinte por ciento de mujeres. Conforme aumente el número de mujeres en puestos de responsabilidad, la participación femenina en esta nueva patología, lógicamente, también se irá incrementando.

En estos momentos, sin embargo, el retrato robot del adicto al trabajo sería un hombre, de 35 a 40 años de edad, de clase media alta, profesional liberal con un puesto de responsabilidad y alta categoría profesional. Podría ser médico, abogado, hombre de negocios, economista, alto ejecutivo... Ello no implica que cualquier otro, en cualquier posición laboral y en cualquier grupo de edad, padezca igualmente de esta patología.

Consejos para no caer en la adicción. Para evitar convertirse en un adicto al trabajo, nada mejor que utilizar algunas medidas preventivas, entre las cuales cabe destacar las siguientes:

· Liberarse del miedo al fracaso, del temor al aburrimiento, del exceso de ambición.

· No someterse a la tiranía del reloj, a vivir la vida con una forzada aceleración.

· Hacer ejercicio físico de modo frecuente.

· Cuidar los aspectos corporales y disfrutar de las sensaciones, no vivir solo pendiente del cerebro.

· Tratar de disfrutar de la vida, divertirse, estar con niños pequeños, jugar, reírse, ir al cine.

· Decir que no, cuando sea necesario, sin temor ni remordimiento.

· Mantener un buen nivel de contacto y una relación frecuente con nuestro entorno social (pareja, hijos, familiares y amigos). Saber encontrar tiempo para todos.

· Charlar, aprender a oír a los demás.

Si practica estos consejos, conseguirá divertirse cuando trabaja, pero también en el resto de las actividades que convertirán su vida en una experiencia compleja e inigualable. Nadie podrá decir que es usted un vago, pero tampoco que es un enfermo del trabajo, alguien que como decía Jardiel “necesita trabajar lo indecible”, ya que ello implica la más absoluta ausencia de diversión, hecho por supuesto, nada recomendable.

LIBROS PARA VENCER LA ADICCIÓN AL TRABAJO O PARA NO CAER EN ELLA.

· La adicción al trabajo. Una dependencia “respetable”, de Barbara Killinger (Ediciones Paidós Ibérica, 1993): esta psicóloga clínica canadiense presenta en su obra un completo tratado sobre la adicción al trabajo, describiendo la personalidad del adicto, las claves de su adicción y, sobre todo, el camino de la recuperación, aconsejando de modo práctico el sistema más adecuado para llevar un estilo de vida más saludable tanto en el entorno laboral como en el seno del hogar. Útil por igual para los aquejados de la adicción al trabajo como para sus familiares.

· Simplifica tu vida en el trabajo, de Elaine St. James (Ediciones Oniro, 2001): la autora de toda una serie de libros de ayuda para la simplificación de la vida, que ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo, entra aquí en el ámbito laboral, explicando un sistema para cambiar la forma de trabajar y de pensar en el trabajo, de manera tal que se disponga de mayor tiempo libre. Enseña a ser más productivo y eficaz dedicando menos tiempo al trabajo. ¿Una contradicción o, más bien, una posibilidad de poner un poco de sensatez en nuestra vida?

· De Pepsi a Apple, de John Sculley (Ediciones B., 1988): ¿”Quieres pasarte el resto de tu vida vendiendo agua azucarada o quieres aprovechar una oportunidad para cambiar el mundo?”, le espetó Steve Jobs, el creador de la empresa informática Apple a John Sculley, alto ejecutivo de Pepsi Cola. Tan en serio se tomó Sculley la pregunta que dejó su empresa y se metió de lleno en Apple, trabajando sin parar hasta lograr incluso que Jobs abandonara la compañía. Después Steve volvió y presentó al poco un revolucionario ordenador iMAC con pantalla plana y carcasa de titanio semiesférica, y Sculley se ha ido ya de Apple, pero esa parte no se cuenta en el libro... ¿Se trata de dos adictos al trabajo y a la empresa o de visionarios que contribuyen a que todos tengamos un futuro mejor? Descúbralo por usted mismo.

EL PADRE DE LA ADICCIÓN AL TRABAJO.

La adicción al trabajo, en su terminología anglosajona “workaholism”, es un término muy moderno, acuñado originalmente por un clérigo estadounidense y profesor de psicología de la religión, nacido el día de San Juan de 1917 en Carolina del Sur y fallecido hace poco más de dos años: el Dr. Wayne E. Oates.

Aunque se suele dar la fecha de 1971 como la de nacimiento de esta expresión, que une las palabras inglesas “trabajo” y “alcoholismo”, dado que en dicho año Oates publicó su obra “Confesiones de un adicto al trabajo”, la primera vez que Oates dio a conocer esta palabra fue en un artículo en la revista Pastoral Psychology que data de 1968. En este artículo, titulado “Siendo un adicto al trabajo (una broma muy seria)”, Oates cuenta su propia experiencia, su progresiva adicción a la actividad laboral y los problemas que acaba acarreando, llevando en la práctica a la destrucción del adicto, si no se sabe poner remedio al problema. Oates ha dejado una ingente obra, donde mezcla la psicología con cuestiones religiosas, y un Instituto que lleva su nombre, que centra sus esfuerzos en mejorar la espiritualidad, la salud y el diálogo. Si quiere más información, visite la página web www.oates.org.

LA ADICCIÓN AL TRABAJO A LO LARGO DE LA HISTORIA.

Los esclavos que acarrearon las piedras para construir las pirámides de Egipto o los condenados a galeras que movían los barcos cargados de productos a lo largo y ancho del mundo no serían seguramente adictos al trabajo. Pero algunos ilustres personajes parecen disponer de estas características. Observe como muestra los siguientes ejemplos:

· El sultán Saladino era incapaz de estar sentado: si no tenía nada mejor que hacer se dedicaba a cocinar postres o atender a sus mascotas, ya que no concebía estar sin hacer nada.

· Algo parecido le sucedía a Suleimán el Magnífico, quien con tal de no estar inactivo, dedicaba el tiempo que le dejaban sus guerras y actividades diplomáticas y legislativas, a hacer obras de orfebrería, escribir poemas, cocinar o cuidar de su inmenso jardín.

· Pedro I de Rusia gustaba de cambiar con frecuencia de oficio, simultaneando su cargo de Zar de todas las Rusias con actividades como aprendiz de carpintero, dentista, constructor de barcos y estratega militar.

· Catalina II de Rusia tenía la costumbre de levantarse a las cinco de la mañana para comenzar a despachar documentos.

· El monarca portugués Pedro I El Severo gastaba su tiempo libre en ir de incógnito a los juzgados para verificar la correcta impartición de la justicia.

· Leonardo da Vinci solo dormía un par de horas al día para aprovechar más el tiempo.

· Mendeleiev, el científico ruso, parece que logró cuadrar la tabla periódica de los elementos mientras estaba durmiendo, hecho muy frecuente entre las personas creativas.

· Aunque dicen que a Newton se le ocurrió la ley de la gravedad viendo caer una manzana de un árbol mientras descansaba, no se debe olvidar que en aquel momento su cerebro seguía trabajando.

· Cuentan de Napoleón que solo dormía a ratos durante el día, estando entre cabezada y cabezada en una continua actividad.

· Sus tropas afirmaban que el general Patton dormía siempre de pie para no perder el tiempo. Esto es frecuente en el ejército: mi padre me confesó que dormía a veces de pie en las guardias cuando estuvo en Rusia con la División Azul.

· Otros renombrados adictos al trabajo fueron Juan Sebastián Bach, Thomas Alva Edison, los esposos Curie, Henry Ford, Luis Pasteur y Albert Einstein.

PISTAS PARA SABER SI SE ES UN ADICTO.

Según defiende la psicóloga Barbara Killinger, estas son las pistas principales para saber si una persona tiene tendencia a ser adicta al trabajo o si ya es un workaholic. Lógicamente es la intensidad en la defensa de estos factores y la influencia negativa en la vida personal, familiar y social las que deben desatar la voz de alarma. En caso de duda, debe consultarse con un especialista:

· Considerar que el trabajo es muy importante.

· Querer que las cosas sean “perfectas”.

· Tener tendencia a verlo todo blanco o negro, sin puntos intermedios.

· Querer siempre tener la razón.

· Ser excesivamente crítico con los propios errores.

· Tener miedo al fracaso.

· Derrochar una gran energía cotidianamente.

· Sentirse culpable cuando no se hace nada.

· Pensar que uno es diferente a los demás.

· Tener el tiempo excesivamente organizado, sin margen para la improvisación.

· No tomar casi nunca vacaciones.

· Trabajar con frecuencia los fines de semana o al llegar a casa por la noche.

· Mantener contactos innecesarios con la oficina cuando se está de vacaciones.

· No hacer caso o no recordar lo que le dicen los demás en el trabajo.

· Olvidar las celebraciones familiares, fiestas y aniversarios.

· Enfadarse con frecuencia, sobre todo si le interrumpen en el trabajo.

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