El buen vivir de Juan Luis Recio

Todo por la "familia"

23.05.08 | 15:02. Archivado en Cócteles, Cine y teatro
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“Ahora me gusta el vino más que nunca. Estoy bebiendo demasiado”, masculla pensativo un ya anciano Vito Corleone, a su hijo Michael, quien le contesta complaciente: “te sienta bien, papá”. Por muy saludable que un poco de vino haya demostrado ser, el viejo Padrino muere al poco en el mismo jardín en donde esta conversación se produce, heredando el título de capo de la mafia un hijo que abandona sus antiguas convicciones patrióticas para defender, en el más amplio sentido siciliano, a su “familia”. No hace falta decir que hablamos de la celebérrima película de Coppola, El Padrino, cinta de culto de mi sobrino Mario, con quien comeré mañana en Montepríncipe, junto con millones de espectadores en todo el mundo.

Un vaso de whisky y muchos cócteles. La saga de los Corleone, a lo largo de varias generaciones, se presenta siempre acompañada de mucho vino y más de un cóctel. “Sólo hay cóctel de champagne”, se comenta, por ejemplo, en una fiesta al aire libre en Nevada. “¿Cómo se llama aquí al daiquiri de banana?”, pregunta Fredo a su hermano Michael Corleone, en otra escena, en una terraza de La Habana. Luego, ya más informado del lenguaje local, ofrece a los senadores a los que ha invitado para extender el negocio del juego a Cuba, justo coincidiendo con la toma del poder por parte de Fidel Castro, “los cócteles locales, como el Cuba Libre o la Piña Colada”. Algún anisette, más de un champagne y mucho whisky, recorriendo las largas horas de rodaje: “un vaso de whisky es bueno para el catarro”, comenta como si nada uno de los hermanos Corleone.

Vino siciliano en la cocina. Y por supuesto no falta el vino, tanto en los paisajes rurales en la isla de Sicilia, donde podemos ver incluso las barricas donde se envejece, como en los diversos lugares de Nueva York donde se desarrolla gran parte de las escenas, como en los restaurantes italianos donde más de un crimen se comete. Almorzando el otro día en el restaurante mallorquín “La Cuchara”, donde demostraron las posibilidades culinarias de las bebidas alcohólicas en platos como un filete de pez de San Pedro en salsa de caracoles y Pernod, o un biscuit glacé de vainillas con frutos del bosque y Benedictine, recordaba escenas de un reciente visionado de esta mítica obra de Coppola: en concreto, la afición de uno de los mafiosos del clan Corleone por la cocina, explicando una receta de albóndigas con tomate y vino de Marsala.

Marsala, el vino siciliano por antonomasia, que se utiliza en un postre italiano muy habitual en Mallorca, el tiramisú, que tanto gusta a mi sobrina Raquel, ya con dos hijos en esta isla. Le comenté, ante su mirada incrédula, que la palabra “tiramisú” también denomina a un cóctel, ya que se podría traducir al inglés como “Pick Me Up”, un conocido cóctel de champagne, y que este postre lo tomaban antiguamente los nobles venecianos para reponerse tras sus agitadas y frecuentes relaciones amorosas.

Para reponerse, relajarse o animarse se beben muchos cócteles, como los que tomaba el clan de los Corleone en la película, o como el cóctel Godfather con el que se recuerda al Padrino, al mezclar el whisky anglosajón (en este caso, el escocés, considerado en Estados Unidos más prestigioso y elitista que el popular bourbon) con un agridulce licor italiano, el Amaretto. Un cóctel de larga sobremesa, donde meditar tranquilamente sobre cómo cuidar, sintiéndonos por un rato capos de la mafia, de nuestra “familia”.

Mañana, las fórmulas de los cócteles.


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