El buen vivir de Juan Luis Recio

¿Una barbacoa, un cóctel, una cena étnica o nos ponemos pijos?

12.07.07 | 15:40. Archivado en Generalidades, Arte, Cultura

¿Cómo invitar? ¿Qué hacer para quedar bien según las tendencias actuales? Las opciones son muchas y aquí vamos a destripar algunas de las posibilidades con las que nos devanamos los sesos últimamente todos en aras de quedar bien y no realizar, claro, esfuerzos sobrehumanos. Así que vamos a hablar un poco de protocolo en el ámbito del "buen vivir". Ya me dirán si están de acuerdo con lo que aquí digo... Doy algunos ocnsejos prácticos y comentarios al final que espero les resulten de interés.

Por ejemplo, es una práctica muy extendida en ciudades como Nueva York invitar a casa a tomar un Dry Martini para luego salir a cenar juntos fuera. Considero que es un sistema tan elegante como práctico, que permite romper el hielo (y no solo en el vaso mezclador o en la coctelera), a la vez que se ahorra el trabajo de preparar la cena, servir y recoger, propiciándose incluso el pago compartido de la factura.

Este paso previo, además, sirve para conformar de modo natural cómo se ocuparán los asientos en la cena posterior. Muchas veces, si se accede directamente a la mesa, y no hay nadie que dirija cómo sentarse, se toman posiciones aleatoriamente, lo que a veces contribuye, generalmente para mal, a que la velada no trascurra de modo agradable para todos los comensales o que de lugar a malentendidos.

También se puede limitar la invitación al aperitivo, lo que permite conocerse y estar más a gusto para hacer luego un plan común, no solo cenar, sino también ir al cine, al teatro, a un concierto… Lo que no suele quedar bien, si no se ha pactado previamente, es retirarse para ir uno a cenar por su cuenta. El anfitrión debe prever siempre la posibilidad de que el aperitivo se extienda, para lo que debe contar con la posibilidad de ampliar la comida inicialmente prevista. El aperitivo es más informal, permite charlar con personas distintas, pero las más tímidas pueden sentirse aisladas si no se les presta atención.

Pero hay otras opciones. Así, invitar a una barbacoa o fundue es una práctica muy extendida, que ofrece múltiples ventajas, desde el punto de vista práctico, pero también desde el social. La comida es muy informal, permitiéndose indumentarias de campo o sport, e incluso posibilita ampliar el círculo de relaciones, ya que está muy extendida la opción de invitar a amigos de los primeros invitados.

También se comparte el coste, aportando los invitados ocasionalmente parte de las viandas o bebidas, y el trabajo, convirtiéndose la reunión en una labor de equipo, que ayuda a la unidad familiar o del grupo de amistades convocado.

Pero, si hay algún asistente que diverja mucho del grupo y sus costumbres, puede sentirse incómodo e incluso provocar algún conflicto, por lo que el anfitrión debe dedicar parte de su atención a los más desconocidos. Usualmente es una forma también de presumir de casa o de un estilo de vida con el que uno se identifica o puede presumir (trofeos de caza y pesca, actividades deportivas).

Hay que tener en cuenta la posibilidad de que acuda algún vegetariano, teniendo previstas verduras para la parrilla. Los potajes y otros platos de cuchara han caído en desuso cuando hay invitados, relegándose a la comida familiar, aunque si se aplican fórmulas innovadoras, pueden ser muy bien recibidos en invierno, igual que las sopas frías en verano. Recuerden esas famosas lentejas en una famosa bañera...

Otra posibilidad. Lo que se ha dado en llamar comida étnica, y donde Nueva York es claramente pionera con una inmensa oferta, se ha extendido mucho en nuestro entorno, primero a través de los restaurantes, pero actualmente también en las casas privadas, debido a la mayor movilidad poblacional y a la mayor oferta de productos en el mercado.

Hoy día se puede comprar en muchos sitios, o por Internet, productos de todo el mundo, ampliándose enormemente el abanico de posibilidades. Presumir de elaborar comida india, japonesa, peruana o cajún es un “must” en muchos ambientes, sobre todo entre personas viajeras, de mediana edad o más bien jóvenes, y con cierto nivel sociocultural. Es también una forma de presumir de conocimientos, de contar los últimos viajes, y de hacer más divertida la asistencia a los invitados.

Las comidas temáticas están sujetas a muchas variaciones, pudiendo ser regionales o de otros países, pero también estar unidas en torno a un producto principal o eje por el que discurre todo el menú (setas, atún, aceite) o a un acontecimiento cultural o social (comidas históricas, menús surgidos de la literatura o el cine), etc.

También podríamos englobar en este ámbito a lo que se ha dado en llamar comida fusión, producto del mestizaje, de la movilidad de personas y la tendencia al cambio social, así como por razón de los fenómenos migratorios. Estas novedades gastronómicas también implican otorgar un mayor peso a las experiencias sensoriales novedosas, asociándose generalmente a grupos sociales o personas que buscan diferenciarse de la mayoría y dotarse o identificarse de un estilo que podría considerarse más exquisito, más refinado.

¿Refinado o pijo? No todo el mundo tiene la posibilidad, por sus conocimientos y también por sus disponibilidades en el hogar, de realizar un menú complejo y refinado elaborado por uno mismo, pero si alguien es capaz de hacerlo, será lógicamente muy bien valorado por sus invitados, siendo un lujo ser asistente a un banquete privado de estas características.

Lógicamente un menú así dice mucho de la persona y de sus valores humanos, y los invitados valorarán más el hecho en sí que los resultados, siendo condescendientes con los posibles fallos si el cocinero no es alguien profesional. Atreverse a un menú de postín en casa da idea de ser un espíritu libre, creativo y con cierto amor al riesgo, por lo que la convocatoria seguramente sea un éxito, que permitirá que el encuentro social disponga de un escenario privilegiado para que trascurra sobre unos carriles diferentes, dando lugar seguramente a nuevas situaciones, y a un nuevo acercamiento entre los conocidos que a la mesa se reencuentren.

Por cierto, hoy día, hablar de los platos, preguntar sobre su elaboración, comentar los vinos que se degusten, no solo no será de mala educación, sino un requerimiento imprescindible. Sin ser pesados, hacer comentarios sobre otras posibilidades en la elaboración de los platos o en el maridaje con los vinos pude ser igualmente un apropiado tema de conversación.

¿Y si contratamos todo el trabajo? Contratar un catering para servir una comida en la propia casa ha pasado de ser una excentricidad solo propia de millonarios a irse extendiendo como práctica social al menos en entornos urbanos, eso sí, de cierto poder adquisitivo. Hoy día es posible disponer de estos servicios para pocos comensales y a precios no excesivamente onerosos, lo que posibilita que los anfitriones atiendan más a sus invitados sin preocuparse de la cocina y el servicio, garantizando además la casi segura perfección de estos cometidos.

Es recomendable contratar también algo de personal para el servicio (a pequeña escala un solo camarero suele ser suficiente, e incluso puede ser un amigo nuestro que ocupe ese día esta función). Entrar en una casa en la que un camarero con pajarita te ofrezca una copa de champagne, es una experiencia que pocos olvidarán, aunque se trate de flor de un día.

Si se opta por esta solución, en vez de invitar directamente en un restaurante que uno en cierta medida pueda considerar como una extensión de su casa (solución que yo personalmente defiendo y practico) es, aparte de un posible ahorro (que no siempre se produce) una forma de mostrar su casa, y también de que los demás investiguen sus “intimidades”, como qué tipo de colonia usas o si eres realmente limpio… Mi consejo es dejar las pistas que uno quiera, y ocultar lo que no se quiera dar a conocer, aunque no siempre se puede engañar a todos durante todo el tiempo…

les dejo aquí algunos comentarios personales sobre este tema:

* En un restaurante, aunque el motivo del encuentro sea la comida, no hay que preocuparse de nada (sobre todo si se ha acordado todo por anticipado) y dedicarse a lo importante, a hablar o a tratar con los asistentes los temas que interesen. En casa hay que estar pendientes de todos los detalles, y a veces lo importante queda finalmente marginado.

* Ya los situacionistas hablaban hace cuarenta años de la sociedad del espectáculo y Baudrillard desveló cómo convertimos la realidad en mero simulacro de ella misma. Cómo recibo indica, no tanto cómo soy sino más bien cómo me gustaría ser, cuáles son mis metapreferencias, cómo me gustaría que los demás me percibieran y transmitieran a terceros.

* Yo creo que si se invita a alguien, aunque haya un objetivo concreto (social, personal, económico o incluso sexual) es imprescindible hacerlo con la voluntad de que los invitados se encuentren a gusto y pasen un buen rato, por lo que la ausencia de conflictos o incomodidades es clave. Hay muchos consejos concretos que se podrían dar, aunque el sentido común lo puede sustituir si tenemos en cuenta las normas básicas de educación y de respeto al prójimo.

* No creo que se nazca con buen gusto, aunque sí con unos “talentos” contados o una mano específica de la baraja como punto de partida. En nuestra mano está el mejorar, ese acaso sea el sentido de la vida, en todas las facetas de nuestro interés, y en concreto en crear nuestro propio buen gusto, que salvo en algunos aspectos básicos, no tiene que coincidir con el de al lado. Pensemos en los gustos musicales o artísticos, hay muchas posibilidades y cada escuela o tendencia tiene sus propias normas.

* Alimentar a alguien retrotrae al pasado ancestral, a los mamíferos, animales o humanos, alimentando a sus crías, y considero que seguramente esta sensación esté grabada en nuestra memoria colectiva o en el código genético. Por ello, los alimentos son considerados algo casi sagrado, y compartir la comida, la hospitalidad en general, son consideradas virtudes en todas las culturas. Tiene que ver con el amor, con el placer, y quizás hasta con el sexo y la muerte, en suma con los aspectos más esenciales de nuestra vida. Por ello, tiene una compensación: en términos generales, el hecho en sí resulta gratificante para quien invita.


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